miércoles, 31 de julio de 2019

Pictures of you (la noche en que se abrió la caja de Pandora)

¿Qué hubiera pasado si yo hubiera dicho las palabras adecuadas en el momento adecuado?

(Era la eterna pregunta que tanto me hice. Nunca acababa de desaparecer de mi mente. Se repetía una y otra vez. Siempre volvía en el momento menos pensado.)

¿Qué hubiera pasado?

Absolutamente nada.

Tardé tanto en llegar a esa conclusión, que parecía hasta ridículo. ¿Cómo podía no haber visto con claridad algo que era tan sencillo, tan ovio, y que había tenido tan a la vista?

No lo sé. Lo único que tuve claro es que yo no tenía, ni había tenido nunca, una varita mágica que pudiera arreglar lo que ya estaba más que tocado y hundido de un tiempo a esa parte.









La noche en que se abrió la caja de Pandora, yo llevaba un vestido gris. Nunca pensé que algo de color gris pudiera resultar bonito o favorecedor. Y sin embargo, ese vestido me quitaba todas las dudas, derramándose sobre mis hombros en delicadas olas de encaje y ciñéndose a mi cintura.

Esa noche estaba bonita, pero más importante aún: me sentía bonita. El día había estado envuelto en una brisa fresca y el verano aún se antojaba largo y lleno de sorpresas, que titilaban como luciérnagas en el horizonte.
Subí al último autobús para volver a casa, como una princesita volviendo a su castillo, y me senté en el primer asiento, el de siempre. Coloqué mi bolso en el regazo (qué raro se me hace esto de usar bolso) y las manos enguantadas de encaje negro encima.

Y entonces entraste tú.

La noche en que se abrió la caja de Pandora, yo me quedé petrificada, como si hubiera visto a todos los fantasmas del mundo corriendo en tropel para robarme el alma. No recuerdo si pestañeé, seguramente no. Como por arte de magia, numerosos engranajes empezaron a correr y a girar dentro de mí, activando un mecanismo que ya daba por obsoleto.  Mil cosas se me pasaron por la cabeza. Y ninguna de ellas era girarme y mirarte.

Al pasar al lado mía, me miraste. Dos veces. Yo seguí con la mirada fija al frente, como si el coche que estaba aparcado delante del autobús fuera la cosa más importante del mundo. O como si en ese momento me hallara inmersa en complejas meditaciones sobre el origen del universo.
Cualquier invento menos pensar en que acababa de entrar en el bus la única persona que alguna vez me  había roto el corazón.

(Dos veces.)

Y la caja de Pandora se abrió y se desparramaron fotos viejas y pañuelos bordados, canciones prohibidas y sentimientos atrapados en frascos con etiquetas que han amarilleado con el paso del tiempo. El polvo de estrellas se quedó flotando en el aire. Y sobre mi vestido gris, igual que aquel vestido azul, se derramó el perfume de los recuerdos que se acumulan en los áticos de las casas antiguas.

Cuántas cosas te hubiera dicho si no hubiera sido por el hecho de que tú y yo ahora hablamos idiomas distintos.

Rato después, cuando por fin llegué a mi destino y me apeé del autobús, noté que me mirabas otra vez. Y ni siquiera te dirigí la mirada cuando empecé a caminar por la acera, antes de que el bus arrancara de nuevo. Puede que pensaras que ni siquiera fui consciente de que estabas ahí. A decir verdad, creo que lo prefiero así.

Lo único que importaba era que la caja de Pandora había sido abierta de nuevo.

Y a ver quién era la persona bienaventurada que la conseguía volver a cerrar.

viernes, 31 de mayo de 2019

Rojo sobre blanco


Te recuerdo cada vez que paso frente al escaparate de la floristería, la que hay frente al hospital. No sé cómo se llama, nunca me he fijado en el rótulo. Tan sólo en los arreglos florales y las rosas; cuando me da por fantasear y pienso en las personas que recibirán dichas flores o en quién las entregará. Las flores siempre me han parecido una muestra de amor preciosa.

Soy demasiado cursi. Qué le voy a hacer.

(Absolutamente nada)

Hace 4 años yo entré en esa floristería. Era un día frío y sombrío, acorde con las circunstancias; de enero o principios de febrero, si no me falla la memoria. Mi madre me dejó en la esquina y me dio algo de dinero. No sabía muy bien qué quería llevarte. Me acabé decidiendo por dos rosas: una roja y una blanca. De alguna manera creo que ese contraste nos definía a la perfección: cuando tú eras energía pura y la luz que nos alumbraba a todas, yo permanecía tranquila, sosegada, y admirándote desde un rincón. Y cuando yo me encendía y me convertía en un huracán que escupía chispas y lo destrozaba todo a su paso, tú siempre sabías cómo calmarme.
Una vez tuve las flores, emprendí el camino de nuevo, y recorrí con paso inseguro los pocos metros que separaban la floristería del hospital. Estaba tan nerviosa que temía que el corazón fuera a salírseme por la boca. No sabía qué estampa me iba a encontrar cuando subiese a la planta y llamase a tu puerta. Tú no sabías nada sobre mi visita. Me habían chivado el número de tu cuarto en un susurro furtivo, como si se tratara de información de Estado.

Quería darte una sorpresa.

Era viernes y el hospital se hallaba vacío. Ese aire de abandono, y el hecho de no encontrarme a nadie, me inquietaron más de lo que ya estaba.  Aunque en el fondo agradecí no haberme cruzado con ninguna persona. Iba hecha un cromo. Sabía que te encantaba cuando me arreglaba, así que me puse lo más estrafalaria posible, con mi abrigo largo y mis zapatos de plataforma. Supongo que no era la indumentaria más ortodoxa para ir de visita al hospital, pero si te conseguía sacar una sonrisa, para mí supondría una victoria.
Finalmente, el ascensor se abrió y me planté frente a la puerta del cuartito que te cobijaba. Golpeé con los nudillos una vez y no abriste. Golpeé de nuevo (¿abrías salido? ¿estarías acompañada?) y cuando había empezado a desandar, desalentada, el camino hacia el ascensor, abrió la puerta una carita blanca y ojerosa cuyos ojos estuvieron a punto de salirse de sus cuencas al contemplarme. Parecía que te hubieras encontrado un fantasma pululando por los pasillos del hospital.

Guardo la alegría tuya de esa tarde al verme allí en un botecito dentro de un cofre, y vuelvo a ella cuando me siento triste. Es como una luciérnaga que vive eternamente y nunca se cansa de iluminar hasta el rincón más oscuro.

Me hiciste pasar, y nos sentamos en la inmensa cama de blancas sábanas. Entonces cogí la gran bolsa de papel que portaba y te d todo lo que había preparado con todo el amor del mundo: libros, una carta con las palabras más azucaradas que mi bolígrafo fue capaz de trazar, corazones de papiroflexia y un peluche al que había echado unas gotitas de mi perfume.

Todo muy ñoño. Todo muy yo. Contigo me permitía no tener filtros. Tenía la seguridad y la certeza de que cualquier muestra de amor iba a ser cuidada y protegida, como a una criatura diminuta y delicada.

Y por supuesto, las rosas. Aun a día de hoy pienso en ellas.

Fue una de las tardes más maravillosas y extrañas que soy capaz de recordar. La pasamos entera sentadas en tu cama, hablando de lo divino y lo profano como si nada. Como dos amigas charlando y comiendo pipas en un banco del parque. Como si no fuéramos conscientes de que estábamos en un sitio horrible que desprendía un tufo permanente a lejía, enfermedad y cosas inertes.
Prácticamente me acabaron echando las enfermeras al final de la tarde. E incluso cuando salí de la habitación, tú te escapaste corriendo para darme un último abrazo.

Ese abrazo también lo llevo siempre guardado, y me lo pongo cuando siento frío.

Pero el tiempo no pasa en vano, y cuatro años dan para mucho. Desde entonces, nos hemos dedicado a navegar en un pequeño barco, surcando los mares y descubriendo paraísos perdidos. Convertidas a veces en marineras –cuando nos sentíamos más tranquilas y las aguas estaban en calma- y otras, en piratas, cuando la ocasión merecía que sacásemos nuestra garra y nuestro fuego a pasear.

Quizá las corrientes nos arrastraron a lugares que no aparecían en nuestros mapas. Quizá, simplemente, pasó que ni tú ni yo somos las mismas.

Y nos encontramos en órbitas opuestamente distintas.

Hace cuatro años te llevé una rosa roja y una rosa blanca al hospital.

Y cuatro años más tarde, fingí no haberte visto sentada en una terraza de la calle cuando pasé a tu vera. Creo que no había nada que hubiera podido decirte en ese momento. Creo que cualquier posible palabra que hubiera podido abandonar mis labios, se había dicho ya.

(Después de eso estuve llorando hasta que me venció el cansancio. Pero es ya es otra historia).

sábado, 11 de mayo de 2019

No esta vez (contención y el abrazo)

Pero la gran diferencia de esa noche fue que en vez de llorar empecé a bailar, y me sacudí la tristeza a través de la danza, y no en forma de la tormenta tan amarga y tan salada que en otras ocasiones hubiera anegado mi casa y me hubiera arrastrado consigo como un torrente de ira fría. Empujándome hasta el fondo de un mar oscuro y llenando mis pulmones de agua negra.

Pero no. Esa vez no. Me negué a emprenderla conmigo misma. Y me empeñé en agarrar el timón del barco aunque tuviese las manos llenas de heridas. Y me negué a escuchar los cantos de las sirenas. Me negué a escuchar todo lo que me decían. En su lugar, sólo oía la música. Aquella que me llevaba de la mano por los senderos de la calma. Esos por donde la lluvia no llegaba y el suelo no estaba mojado.

Y bailé hasta que el cielo se despejó, esa sombra que rondaba mis horas se aclaró, y aquello que me tamborileaba la caja torácica dejó de hacerlo, devolviendo a mi corazón su ritmo normal.

Esa noche fue una gran victoria. Porque la sangre no llegó al río, y el parte de daños se saldó con ninguna víctima. Los campos de batalla no se tiñeron de escarlata. Y las flores que habían crecido en ellos permanecieron ajenas a la casi-contienda, aguardando al rocío del alba y el baño diario del rayo solar que aseguraba nuevas generaciones de flores, y así sucesivamente.

Fue una victoria luchada sin luchar. Y precisamente por eso lo fue. Porque me protegí a mí misma con el coraje de una madre que defiende a su cría indefensa. Con la rebeldía de aquella cuya única certeza es resistir. De dónde había surgido ese coraje es algo que no sé. Pero sí tenía claro que no iba a dejarlo ir. Me encadenaría a él como a algún árbol milenario que una poderosa empresa planea talar para construir un centro comercial.

Mientras, seguía sonando la música. Así seguiría para siempre. Como esa llamita que había empezado a alumbrarme el corazón. Como una luz que nunca se apaga.

jueves, 2 de mayo de 2019

Vistazo al subconsciente

Quizá todo aquello no era más que un anticipo de todo lo que vendría, pero no nos quedaba otra que resignarnos y contemplar las tardes de verano alejarse veloces y desvanecerse, como dos gotitas de tinta precipitándose por el desagüe y dejando una estela de color pardo sobre la porcelana blanca.

De matar el tiempo botando piedras en jornadas eternas sobre la superficie del río, pasaríamos a morirnos de frío en habitaciones grises cuando llegase el invierno y ya no recordáramos ni nuestros nombres.

Tú, el silencio y yo.

A pesar de todo,yo seguiría escribiendo y tejiendo mantos de tinta a las cuatro de la madrugada, cuando ya no cantan ni los mirlos, cuando el mundo no está ni puesto, y en ese momento en el que floto en algún punto inconcreto de mi propia inmensidad, y estoy tan cansada que me apoyo en la almohada, porque no me apetece ir a la mesa para poder escribir.

Y al final me callaría como me callo siempre, y haría como que no pasa nada, porque pasarían muchas cosas, y ninguna sería conveniente.

(Qué maravilla el inspirarse otra vez. Qué magia, qué fantasía, qué dulce alegría el notarse a una viva, vivita y coleando, y capaz de trazar palabras donde alguna vez sólo hubo silencio y frío, desolación y páginas en blanco que aplastaban y asfixiaban, partiendo la espina dorsal.)

(Viva la vida, joder.)

lunes, 22 de abril de 2019

¿Y ahora qué?

Los cristales estaban arañados y yo ya no podría ver nada. Me perdería el amanecer con su lucero despuntando al alba. Me perdería las lluvias y los granizos, las noches sin luna y aquellas mágicas en las que las estrellas fugaces visten con su estela el ocaso oscuro.

Por no querer ver nada, me lo perdería todo. Y por perder, había perdido hasta las ganas de contemplar algo más que las paredes que me cobijaban y las musarañas negras que me observaban desde lo alto del cuarto donde me atrincheré la última vez que tuve tanto miedo de la vida que me renegué a seguir viviéndola.

Sola y exiliada, me construí en mitad de ninguna parte un castillo con todas las dudas y las preguntas que revoloteaban por mi cabeza como pajarracos molestos, y elevé tanto sus muros, que nadie sería capaz de flanquearlos.

Ese era el problema.

Pero, ¿qué otra opción me quedaba? ¿Cuál era la alternativa, si ya me había desangrado por contemplo y ya no era más que la carcasa de algo que una vez contuvo vida, y ya he sostenido en mis manos temblorosas un corazón que pendía de una cuerda floja entre los dos mundos?

Sólo quiero estar sola y pasearme por todas estas salas inmensamente vacías, y que ni mi propia sombra ni el eco de mi voz me hagan compañía.

Ese era el problema.
Otra de tantas fisuras en la madera de esta casa vieja.

En mis jardines ya no hay flores y las fuentes se han secado. En la mansión ya no quedan más que fantasmas. Bailan entre ellos a través de los corredores y algunas noches los oigo cantar. A veces me traen flores y me las dejan encima de la mesa, pero me agota su presencia aquí y lo único que pido es paz y un poco de silencio de vez en cuando.

domingo, 10 de marzo de 2019

hielo para dos

(había arañazos en las ventanas)

Estuvimos jugando aquella endemoniada partida de ajedrez durante horas. Y al final acabamos declarando el juego en tablas y dejando el tablero sobre la mesa, con las piezas congeladas y condenadas a acumular polvo y partículas por los siglos de los siglos.

Amén.

Amen.

Ámense.

Menuda tontería. Tú te reíste, y tu risa llegó a todos los rincones de esa habitación tan rara, cálida y hostil. Yo, tan única como siempre, ni siquiera me digné a darme la vuelta y mirarte. No me hacía gracia. Pocas cosas llegan a hacerme reír, ya lo sabes. 

Seguí mirando por la gran ventana. Fuera continuaba nevando. Llevaba nevando toda la noche y todo el día. Las montañas, a lo lejos, lucían majestuosamente coronadas por un manto blanco. El lago estaba completamente congelado. 

-Estoy aburrida.-te dije.-Creo que voy a salir a patinar.-¿Ahora? ¿Con la que está cayendo?-me preguntaste, atónito. -Sí, ahora.Ahora mismo.Prefiero morirme de frío que de aburrimiento.-te respondí, encaminándome hacia la puerta.No dijiste nada más, y al no sentir tus pasos tras los míos supuse que preferías seguir refugiado al calor de la chimenea. 
Mis patines estaban en el vestíbulo. Los cogí y abrí la puerta. Una bocanada de aire gélido penetró en la estancia, arañándome la cara. Salí al exterior dejando la puerta abierta, y me encaminé hacia el lago con paso enérgico, sintiendo la nieve crujir bajo mis botas. Alcancé la linde del lago, justo el lugar en el que, cuando llega el verano, tanto me gusta quedarme parada durante horas, matando el tiempo botando piedras en la superficie y contemplando mi reflejo, como si fuera un moderno Narciso. 

Me quité las botas y me anudé los patines, apretándolos hasta que no pude más. Con gracia, salté a la superficie congelada del lago. Durante una fracción de segundo, por mi mente cruzó la posibilidad de que el hielo no fuera lo suficientemente grueso como para soportar mi peso. Pero afortunadamente no fue así. Comencé a patinar, al principio con cierta torpeza, debido al entumecimiento de mis miembros por el frío. Pero no tardé en entrar en calor, y poco después ya me sentía volar sobre el hielo. El cielo estaba completamente blanco sobre mí, y el lago helado se extendía tan inmenso ante mis ojos, que parecía que el universo estaba tendiéndome la mano, esperándome para ser conquistado. Tras coger impulso, comencé a girar sobre mí misma, sintiendo cómo aumentaba la velocidad con cada giro. En mitad de la pirueta, alcé mi pierna izquierda, sujetándola con mis dos manos. Me sentía como una de esas muñequitas de las cajas de música, que empiezan a girar en cuanto la caja se abre. 

Continué patinando con la elegancia propia de un cisne, vestida de blanco y con el cabello al viento, ondeando como una bandera. Involuntariamente, mi mirada se dirigió hacia la casa, que flanqueaba el lago como un incansable guardián, para descubrir una silueta recortada en la ventana. Era muy típico de ti observarme cuando pensabas que no me iba a dar cuenta. Pero yo me daba cuenta siempre. 

Decidí olvidarme de todo lo que no fuera lo que estaba sintiendo en ese momento, del movimiento de mi cuerpo y las cuchillas de mis patines deslizándose sobre la superficie congelada del lago. Me alejé tanto, que la casa pasó a ser un puntito incierto en la distancia. Salté, giré, y patiné con tanta velocidad, que mis pulmones acabaron protestando por la falta de aire.

Y perdí la noción del tiempo. No supe con exactitud cuánto llevaba allí. Pero sí supe algo, casi instintivamente: cuando volviese a la casa, tú ya no ibas a estar allí. Ni lo estarías nunca más. Y, sinceramente, no fue algo que me entristeciera especialmente. Hay cosas que no pueden ser de otra manera. Igual que hay aves que emigran lejos cuando cambian las estaciones. Quizá nos volviéramos a encontrar en el lugar menos pensado. Dios quisiera que no. Ni tú ni yo queríamos tropezarnos con la misma piedra mil veces, ¿cierto?

(mentira)

Bosquejo a medianoche

Huí de ti en una noche oscura sin estrellas. El mismo juego, la misma historia, la misma pantomima representada cien mil veces. Me fui corriendo y me quedé enredada en el rocío del ocaso.

Se fue, y el bosque quedó vacío. No se oía ni el susurro de las ramas de los árboles cuando el viento las acaricia.