Pero la gran diferencia de esa noche fue que en vez de llorar empecé a bailar, y me sacudí la tristeza a través de la danza, y no en forma de la tormenta tan amarga y tan salada que en otras ocasiones hubiera anegado mi casa y me hubiera arrastrado consigo como un torrente de ira fría. Empujándome hasta el fondo de un mar oscuro y llenando mis pulmones de agua negra.
Pero no. Esa vez no. Me negué a emprenderla conmigo misma. Y me empeñé en agarrar el timón del barco aunque tuviese las manos llenas de heridas. Y me negué a escuchar los cantos de las sirenas. Me negué a escuchar todo lo que me decían. En su lugar, sólo oía la música. Aquella que me llevaba de la mano por los senderos de la calma. Esos por donde la lluvia no llegaba y el suelo no estaba mojado.
Y bailé hasta que el cielo se despejó, esa sombra que rondaba mis horas se aclaró, y aquello que me tamborileaba la caja torácica dejó de hacerlo, devolviendo a mi corazón su ritmo normal.
Esa noche fue una gran victoria. Porque la sangre no llegó al río, y el parte de daños se saldó con ninguna víctima. Los campos de batalla no se tiñeron de escarlata. Y las flores que habían crecido en ellos permanecieron ajenas a la casi-contienda, aguardando al rocío del alba y el baño diario del rayo solar que aseguraba nuevas generaciones de flores, y así sucesivamente.
Fue una victoria luchada sin luchar. Y precisamente por eso lo fue. Porque me protegí a mí misma con el coraje de una madre que defiende a su cría indefensa. Con la rebeldía de aquella cuya única certeza es resistir. De dónde había surgido ese coraje es algo que no sé. Pero sí tenía claro que no iba a dejarlo ir. Me encadenaría a él como a algún árbol milenario que una poderosa empresa planea talar para construir un centro comercial.
Mientras, seguía sonando la música. Así seguiría para siempre. Como esa llamita que había empezado a alumbrarme el corazón. Como una luz que nunca se apaga.
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