miércoles, 25 de abril de 2018

Palomas negras y cuervos blancos


Corría el verano de 1919, caluroso como las llamas que parecían salir del asfalto recalentado tras muchas horas de exposición solar. Connor pedaleaba cuesta arriba, casi sin resuello, en la vieja bicicleta prestada, que definitivamente había conocido tiempos mejores. No dejaba de emitir chirridos extraños y la cadena se le soltaba cada dos por tres. Pero era el único medio de transporte del que disponía; ese, o tener que hacer las entregas a pie, y esa no era una opción viable.
La empinada subida se le antojaba interminable, como si en vez de dirigirse a una mansión, estuviese intentando subir al cielo cual torre de Babel. La camisa del uniforme se le pegaba a la espalda, empapada de sudor, y sus piernas protestaban, sobrepasadas por el esfuerzo. Connor era un chico joven, pero le costó pensar que, a partir de ahora, debería sufrir semejante martirio cada vez que debiera entregar alguna carta o paquete al dueño de la estrafalaria casa. El chico llevaba tan sólo un par de semanas en el puesto de trabajo, pero, hasta el momento, no había tenidp que ir a la mansión que se erigía, imponente y majestuosa, en aquella elevada colina que parecía alzarse y contemplar al pueblo desde las alturas.

Había encontrado trabajo gracias a un anuncio en el periódico. Tras la Gran Guerra, la población joven de Inglaterra había mermado considerablemente. Connor se libró de ir, debido a que era demasiado joven, pero ya había alcanzado la mayoría de edad y había llegado el momento de abandonar el nido y empezar a ganarse el pan por sí solo. Cuando vio el anuncio de una vacante como ayudante en la oficina de Correos, no dudó en trasladarse desde Abbotsbury, donde se había criado, hasta Huddersfield, el pueblo donde ahora se encontraba. Acudió sin avisar, sin mandar carta antes, y, en definitiva, sin la certeza de si iban a darle el empleo o, por el contrario, darle un portazo en la cara y mandarle de vuelta a casa. Pero la suerte hizo que el puesto fuese suyo casi en el momento en que puso un pie en la oficina. Por lo que le contaron, habían llegado muchos muchachos en los últimos meses que se habían acabado marchando. Pero Connor estaba decidido a quedarse, pues el pueblo le parecía bonito, el trabajo no era demasiado duro (salvo cuando le tocaba dejarse el alma salvando pendientes en bicicleta) y, aunque su sueldo no era elevado, era suyo y le bastaba para vivir y ser independiente.

Cabe decir que no se esperaba el recibimiento que obtuvo. Había oído que la gente del norte era cerrada, pero no se imaginaba hasta qué punto esa frase era cierta. Allá donde iba, sólo encontraba miradas que no le resultaban agradables: unas de recelo, y otras, temerosas. Allí se sentía más extraño que en ningún otro lugar, como si nadie le quisiera en el pueblo y debiera darse media vuelta y marcharse bien lejos. Connor lo atribuyó al carácter huraño de los lugareños y prefirió no darle demasiada importancia; ya se acostumbrarían a ver su bermeja cabellera y su cara pecosa recorriendo las callejuelas de Huddersfield.

Finalmente alcanzó la cima de la loma, y avanzó, ligero como la brisa marítima, por el camino de gravilla, hacia el gran portón que, como boca de lobo, daba paso a una monumental edificación de estilo victoriano. Connor sólo había visto el caserón a lo lejos, y ya le había parecido impresionante, pero tuvo que reconocer que cuando estuvo ante él, no pudo sino sentirse intimidado. No parecía real, no parecía que fuese un lugar donde realmente pudiera vivir alguien, sino más bien una mansión sacada de una novela de Edgar Allan Poe. Parecía que en cualquier momento se iba a abrir una ventana e iba a salir volando una bandada de murciélagos, aleteando sus alas negras y formando un batiburrillo de silbidos desagradables. Connor se rió ante semejante ocurrencia, y se reprendió a sí mismo por pensar algo así. Sus padres y sus maestros siempre le habían censurado ese aspecto de su personalidad. Trataban de hacerle poner los pies en la tierra, mas era un chico que vivía en las nubes, que era como un pajarillo de alas rojas.

Así que trató de comportarse como un adulto responsable. Bajó de la bicicleta, y la dejó apoyada en un arbusto. Sacó de su bolsa de piel el pequeño paquete que debía entregar. En el destinatario no figuraba ningún nombre, tan sólo unas iniciales: FFF. No había remitente. Aunque no era muy grande, la caja pesaba bastante. La sacudió ligeramente, y emitió un sonido raro, como si estuviera agitando un sonajero de bebé. Fuera lo que fuese, no era asunto suto, así que se metió la camisa por debajo de los pantalones, se alisó ese cabello enmarañado que difícilmente se dejaba domar, y asió la aldaba metálica que coronaba el portón de madera, dando tres golpecitos que, aunque leves, crearon un eco que pareció crecer y crecer en medio de aquel silencio.

Esperó unos instantes, y a no recibir respuesta, volvió a tocar. Nadie abrió, pero tenía la extraña sensación de que había alguien en la casa, así que reculó sobre sus propios pasos, sintiéndose observado. Porque, en efecto, al dirigir la mirada hacia las ventanas, divisó una joven mirándole fijamente. Pero no era una mirada hostil como la del resto de vecinos, sino una reconfortante y cálida, acompañada de una sonrisa dulce como la mermelada de su abuela. La chica le hizo señas a Connor para que entrase. Connor le dijo a su vez que la puerta estaba cerrada, y la chica repitió el mismo gesto, como si no se hubiera enterado. El muchacho se acercó a la puerta, y cuál fue su sorpresa al ver que ésta cedía fácilmente bajo sus dedos, y se abría con el crujido típico de las cosas viejas.
De entre todos los escenarios posibles que Connor hubiera sido capaz de reproducir en su desbocada imaginación, el que vio ante sí, hubiera sido el último que hubiera podido pensar. Cuando abrió la puerta, casi estaba seguro de que iba a encontrarse entre tinieblas, rodeado de telarañas y con un mayordomo-esqueleto dándole la bienvenida, portando una cabeza cercenada –con una manzana en la boca- servida en una bandeja reluciente de plata. Nada más lejos de la realidad. Un amplísimo vestíbulo color púrpura parecía darle la bienvenida, cuyo techo parecía alzarse hacia el cielo y llegar hasta el infinito. Una especie de lámpara de araña pendía de él, y presidía solemnemente la estancia. Connor la contempló con curiosidad, estirando el cuello todo lo que su fisionomía le permitía, y se dio cuenta de que no era una lámpara de araña, sino una suerte de móvil compuesto de muchos, muchísimos planetas y astros. Reconoció algunos, los que le habían enseñado en la escuela, pero en el curioso mecanismo había más, seguramente, de otras galaxias.

El suelo era de baldosas de mármol, que, como pudo constatar, formaban formas que se extendían por todo el vestíbulo, componiendo un extraño símbolo que el chico desconocía. Los pasos tímidos del joven repiqueteaban en un soniquete que la magnitud de la estancia no hacía sino ampliar.
-¿Hola?- dijo Connor.- No recibió más respuesta que el eco de su propia voz. -¿Hay alguien?-volvió a preguntar, mas volvió a ser en vano.

En el centro del vestíbulo había una pesada mesa de roble estilo Luis XIV. Sobre ella descansaba un jarrón rebosante de unas hermosas flores azules. Connor se planteó depositar el paquete allí y marcharse, pero, por otra parte, consideraba muy maleducado entrar e irse sin decir nada. Además, sentía un extraño deseo de conocer el dueño o dueña de aquella estrafalaria vivienda, de ver si era la chica que había avistado por la ventana, o de si allí había alguien más. Parecía un espacio demasiado grande para una sola persona.

Percibió una tenue música proviniendo del piso superior, así que se encaminó hacia la amplia escalinata, que le recordó a las imágenes que había visto de la que tenía el Titanic. Esto le hizo estremecerse. El pasamanos de la escalera estaba tallado en madera, de manera que parecía que una serpiente interminable se enroscaba por él. Miró hacia arriba y vio numerosos sujetavelas, que portaban velas blancas, negras y rojas. Algunas emitían un tenue resplandor, que reconfortó al chico casi instantáneamente. Una vez hubo subido al piso superior, un larguísimo pasillo se extendía frente a él. Numerosos cuadros de hombres y mujeres con estrambóticas túnicas parecían contemplarle desde las paredes. Connor avanzó hasta el lugar de donde parecía venir la música. Asió el pomo de la puerta, que era una especie de figura de cristral morado, y entró en la habitación.

Lo primero que vio fueron dos ojos de aspecto diabólico mirándole fijamente. Connor ahogó un grito, antes de darse cuenta de que esos ojos eran de piedra, y pertenecían a una gárgola de una criatura extraña. De hecho, toda la habitación estaba repleta de ellas; aquello parecía el estudio de un escultor. No tenían nada de envidiar a las de la catedral de Notre Dame. Se paseó por la estancia, fijándose en las figuras, y se dio cuenta de que no había dos iguales. Cada una tenía algo que la diferenciaba del resto. Y todas parecían mirarle, y querer saltar sobre él, si no estuvieran presas de sus cárceles de piedra. Anexa al estudio había otra habitación, a la que el chico accedió atravesando un arco apuntado. Esta sala era más grande, y estaba envuelta en luces de colores, pues las ventanas habían sido sustituidas por vidrieras. Allí había numerosas mesas y encimeras repletas de artilugios que el chico desconocía, así como vasijas y recipientes de múltiples tamaños, que contenían líquidos coloridos, así como instrumentos medidores y otros aparatejos. Eso debía ser un laboratorio. Pero el laboratorio más raro que jamás hubiera visto.

Connor se dio la vuelta y regresó por donde había entrado, tratando de esquivar la mirada de las gárgolas. De vuelta en el corredor, intentó volver a seguir el rastro de la melodía, pero no percibió más que un silencio sepulcral. Sopesó empezar a atravesar las distintas puertas (y tan distintas, pues cada una estaba rematadas por un arco de un estilo arquitectónico diferente) repartidas por todo el pasillo, hasta que algo captó instantáneamente su atención. Al final del pasillo, una gran puerta negra rezaba lo siguiente: Biblioteca.

No pudo resistirse. Los libros eran su perdición. Y a lo mejor el dueño de la casa se encontraba dentro. Avanzó, casi en estado de hipnosis, y abrió la puerta. La biblioteca era enorme, hecho que no le extrañó, pues todo en aquella casa parecía ser grande, o extraño. Las estanterías se extendían a lo largo y ancho del lugar, casi tocando el techo. Connor sintió, repentinamente, que no estaba solo allí. Alzó la voz, y, una vez más, volvió a no recibir respuesta. La biblioteca estaba en semi penumbra, pero su vista se acostumbró rápidamente a la falta de luz.

Tres gatos negros le observaban agazapados en un estante, y al acercarse él, salieron corriendo y atravesaron la puerta, que se cerró de golpe. Casi en el momento en que la puerta quedó cerrada, empezó a oír una especie de voces, que provenían del sitio donde los gatos estaban escondidos. Se acercó al lugar, escuchándolas más claramente a medida que se aproximaba. Allí había otra figura, esta vez, de un gato blanco. Empezó a fijarse en los libros que había en los estantes. En sus lomos y en sus portadas no había títulos, tan sólo nombres. A Connor, dichos nombres le sonaban vagamente, aunque era incapaz de recordar en qué momento o lugar los podía haber visto antes. En cuanto tomaba un volumen en sus manos, era como si este le hablase en un idioma incomprensible; como si este fuese un ente con vida propia, pues todos los libros estaban cálidos, como órganos vivos. El chico pensó que eran imaginaciones suyas, que el aura peculiar y el ambiente cargado de la biblioteca debían estar trastocándole los sentidos y provocándole tener visiones. Un maullido le devolvió a la realidad, y se dio cuenta de que el gato blanco estaba vivo. Saltó de lo alto de la balda donde se encontraba, como un vigía, y se dirigió al fondo de la sala. Connor lo siguió, como un barco perdido siguiendo la luz de un faro en mitad del crepúsculo. El gato se encaramó ágilmente de un salto a una mesa blanca y maciza, que descansaba contra la pared (sea quien fuere el propietario de la mansión, definitivamente tenía preferencia por el mobiliario ostentoso). Encima de la mesa había varias velas y unos cuantos periódicos y papeles. Connor ya había perdido cualquier sentimiento de vergüenza o recato, y le traía sin cuidado que le pillasen curioseando, así que empezó a husmear entre los folios.

Uno de ellos era una lista de nombres. En la oficina de Correos había una copia exacta de aquel documento; era una especia de registro de todos los ayudantes que habían pasado por su puesto de trabajo antes que él. Empezó a notar un nudo en el estómago. Los nombres coincidían con los que rezaban los libros que acababa de ver. Por eso dichos nombres le eran familiares, y no podía recordar por qué.

Se fijó en el periódico. Databa de un mes antes, y era justamente el mismo ejemplar en que había encontrado el anuncio del puesto vacante.

Notó la sangre evaporándose de sus venas. A punto estuvo de desplomarse, y para evitarlo, se apoyó con las dos manos sobre la mesa. Ante él había un pesado libro abierto, en el que no había reparado antes. Era muy viejo; tanto, que las hojas se habían vuelto casi translúcidas. Estaba escrito en latín.
Para su desgracia, Connor dominaba ese idioma a la perfección. Era el problema de haber estudiado toda su vida en un colegio religioso.

El agujero que tenía en las entrañas se hacía más y más profundo conforme avanzaba en la lectura. Conjuros, encantamientos, y hechizos de la magia más oscura que pueda imaginarse nadie recorrían las páginas de aquel manual de nigromancia, enseñando al lector cómo extraer el alma de un ser vivo, cómo transformarla a gusto del brujo o bruja en cuestión, y cómo contenerla en todo tipo de objetos, desde estatuas instrumentos…o libros.

De modo, que, ciertamente, allí Connor no estaba solo.

Repentinamente, la puerta de la biblioteca se abrió de par en par, con un estruendo que provocó que algunos libros se desprendiesen de sus estanterías.
Lo último que Connor alcanzó a ver fue una silueta negra recortada a contraluz.

Y un par de ojos rojos.


Fuera, un cuervo emprendió el vuelo, y surcó el cielo emitiendo un graznido.

sábado, 21 de abril de 2018

Escribir sobre escribir

A veces no hay nada que me de más miedo, que sentarme en silencio frente a un folio en blanco.
Aparentemente sólo me enfrento a un trozo de papel vacío, pero en el fondo sé que se trata de mucho más, que ojalá sólo fuera eso.

Porque el papel no hace daño a nadie,
pero las inseguridades sí.

Suelo pasar temporadas sin escribir, sin tocar un bolígrafo ni acercarme a las hojas que me aguardan impacientes. No me atrevo, no quiero, no me apetece -me digo a mí misma-. Y si soy honesta con lo que siento, soy consciente de que no es que no esté inspirada, no es que me falten ideas (ya que, al mismo tiempo, lleno páginas de mis cuadernos con ideas que nunca llego a desarrollar), no es que no me apetezca escribir. Lo que no me apetece es colocarme bajo mis propios focos, pasar por mis propios escáneres, tumbarme en una cama de operaciones hecha de metal congelado en la cual la cirujana Helena me abrirá en canal con toda clase de artilugios y aparatejos que me harán sufrir, buscando fallos y fallas y un no se qué en no sé dónde.

Porque, cuando hay un folio en blanco encima de la mesa, contra lo que me enfrento realmente es contra mí. Contra mi exigencia. Contra mis propias expectativas. Contra todo lo que quiero ser y no soy. Contra todo lo que soy y no quiero ser. Juego mi propio partido, y soy una árbitra tan injusta, que la mayoría de ocasiones salgo perdiendo.

Y me gusta escribir. Después de tantos años, finalmente soy capaz de admitirlo. Durante mucho tiempo estaba férreamente convencida de que no era cuestión de que me gustara o no, sino que era algo que tenía que hacer; una especie de cuestión vital para mí.

Pero no; me gusta. Jugar con las palabras es mi juego favorito. Las moldeo como si fuesen arcilla, con ellas hago pájaros de barro que echo a volar, o las guardo y creo un bosque de palomas disecadas donde sólo estoy yo, perdiéndome y encontrándome una y otra vez.

Hoy estoy inspirada: bailo ligera entre cortinas de raso blanco, descalza sobre la tierra sintiendo el mundo bajo mis pies.  No estoy aquí; estoy flotando entre nubes de letras, bañándome en ríos de tinta, mientras construyo barquitos de papel y sueño con las grandes travesías que me gustaría que llevasen a cabo.
Precisamente cuando más inspirada estoy, es cuando menos lo parece; cuando camino errante con la mirada perdida, como un ser sin alma ni conciencia. Supongo que estoy tan concentrada que me abstraigo completamente y me olvido de cualquier otra cosa que no sean las telarañas de palabras que en ese momento tejo en mi desastrosa cabeza verde.

Cuando escribo soy yo. Cuando no soy capaz de hacerlo, también.
Aunque quizá un poquito menos.


miércoles, 4 de abril de 2018

Aufwiedersehen

Llegó trayendo el atardecer en los ojos,
y me miró como si fuese la última cosa que fuera a hacer en el mundo.
Llevaba el pelo repleto de flores, siguiendo esa manía tenue que desarrollaba cuando llegaba la primavera. Me gustaba así; siendo toda ella una flor llena de flores.

Nos envolvió un silencio triste que empezó a cernirse sobre nosotros, amenazando con robarnos el aire. La miré a través del frío y ella, al dirigir su vista hacia mi, me dijo, casi a borbotones, y sin romper ese silencio asfixiante, todas las palabras que en todo este tiempo no nos había dado tiempo a decir en voz alta. Sin embargo, no pude evitar sentir que algunas se escaparon, como mariposas huyendo de una red, y ahora agonizasen en algún rincón olvidado sin nadie que las velase.

Le tomé una mano, y me sorprendió cuán pequeñas, pálidas y frías las tenía, como criaturas gélidas de algún lugar remoto. Pero me sorprendió aún más mi propia sorpresa, y darme cuenta que se debía a que nunca antes le había cogido las manos. Mis manos y las suyas eran completas desconocidas; nunca se habían asido con fuerza en momentos de flaqueza. Nunca se habían explorado. Nunca habían sentido que sin la otra estaban vacías. Y nunca lo harían.

Ella, en todo momento parecía estar batallando. Quizá contra sí misma, contra su tristeza, o quizá contra algo más profundo y complejo adonde yo nunca podría llegar.

Por fin se rindió a aquello contra lo que estaba decidida a no sentir y se lanzó a abrazarme.Se rindió ante sí misma y se rindió ante mí, se rindió en mis brazos y yo la sostuve con cautela y con un poco de miedo también, como si sostuviera una figura de cristal que pudiera romperse en cualquier momento.Me recordó a un diminuto barco naufragando. En mis brazos parecía más pequeña todavía.

Qué etérea la noté. Ella era la vida, y yo me abrazaba a ella con miedo, sabiéndome derrotado al querer congelar el momento, congelarme en su abrazo y no irme nunca de allí. No sé cuánto tiempo pasamos así. Sólo sé que la abracé hasta que no pude abrazarla más. Porque cuando quise darme cuenta, en mis brazos ya no había nada. Sólo un poco de ceniza y quizá lágrimas secas. Ella ya no estaba.

Yo tampoco.


martes, 20 de marzo de 2018

Dance of the knights


La luna alcanzó el cénit del cielo, y se alzó, como una reina engalanada en un majestuoso vestido color plata, en medio de una noche oscura sin estrellas ni mirlos negros que cantasen a horas intempestivas.

Dentro de la monstruosa catedral, silencio sepulcral. Ni siquiera las campanas se atrevieron a repicar, al alcanzar el reloj las doce en punto. Todo parecía contener la respiración aquella madrugada.
La luz de la impresionante luna se colaba, osada, a través de las enormes vidrieras de colores repartidas por las paredes de todo el templo, creando un cierto ambiente fantasmal.

Silencio. Silencio inquietante. Como el de instantes antes de que se desencadene una tormenta. Un silencio que le provocaría ansiedad hasta a la persona más serena.

Como un rayo que partiera el ocaso en dos, ambas puertas de la catedral se abrieron con sendos portazos que hicieron retumbar los gruesos tabiques de piedra.

Por la puerta principal entró una horda de caballeros ataviados con armaduras de hierro negro. Uno de ellos portaba un estandarte con una bandera de color azul y blanco. Todos ellos llevaban el casco puesto y el yelmo bajado, por lo que era imposible ver sus rostros. Además, tenían espadas, no desenvainadas, pero con las manos en el cinto. Caminaban rítmicamente, sin adelantarse, sin dar un paso más del debido, como si fueran androides que hubiesen sido creados todos idénticos y programados para comportarse de la misma manera. Sus botas de metal contra el suelo de granito creaban eco, que se extendía por toda la catedral.

Caminaron como un ejército de androides de metal sin alma hasta llegar al centro de la nave principal, donde se detuvieron.

Por el otro extremo penetró de la misma manera otra caterva de caballeros. Estos vestían una armadura dorada, que emitía un resplandor a pesar de la semioscuridad del lugar. Al igual que el otro grupo, uno de estos portaba una bandera color negro y verde. Dichos ejércitos parecían clonados, pues los últimos también llevaban los yelmos bajados y caminaban igual, como si se dirigiesen a la guerra, a la muerte, a un fin que sabían y llevaban asumido, como si hubiesen sido creados para eso.
Se dirigieron al centro de la catedral, colocándose en frente de los caballeros negros, apenas separados por unos pocos metros.

Ambos grupos se encontraban cara a cara. Pero, al mismo tiempo, parecían no mirarse, no respirar. No saber por qué se encontraban allí, pero llevar a cabo una misión, un fin que debían cumplir. Un asunto de vida o muerte.

Varios minutos discurrieron así, sin que nadie moviera un dedo, ni ninguna espada cayera al suelo ni fuera desenvainada. Sin que nadie respirase.

De repente, un cuervo se adentró en el santuario por una de las ventanas. Sobrevoló la catedral, casi atravesándola, y graznando con unos sonidos crujientos que, más que disolver el sonido, lo arañaban, como unas uñas sobre una pizarra. Trazó varios círculos en su vuelo, hasta alcanzar uno de los extremos de la cruz del altar mayor. En el preciso instante en que sus pequeñas patas se posaron sobre el frío metal, los caballeros desenvainaron sus espadas en un rápido movimiento, más veloz que un parpadeo.

Casi coreográficamente, ambos grupos se enzarzaron en una batalla que, más que una batalla, parecía una danza previamente ensayada. Las armas blancas chocaban, los caballeros negros avanzaban ante un ejército dorado que luchaba con tesón. Debido a estar tan perfectamente protegidos, no había un solo caballero que resultase herido, ni siquiera que gimiese de dolor o se detuviese a tomar aliento. En los suelos de la catedral no había ni una gota de sangre, ni de sudor, ni de lágrimas. Se encontraban tan impolutos como los habían dejado los religiosos un par de horas antes.
Sólo rompían el silencio los sonidos metálicos de las espadas al entrechocar. 

Durante horas, los guerreros batallaban sin cansarse, sin desfallecer. La batalla parecía no estar decidida; la balanza no se inclinaba hacia ninguno de los dos bandos. ¿Qué ocurriría si la lucha no llegaba a su fin, si al día siguiente llegaba el arzobispo y su séquito y se encontraban ante semejante panorama?

Cuando el reloj alcanzó las 5 de la madrugada, el cuervo levantó la mirada de la marabunta de cuerpos que combatían, dispersos por toda la catedral. Decidió que la hora había llegado. Alzó el vuelo de nuevo, batiendo, majestuosamente, sus enormes alas azabache, como si se exhibiese ante los caballeros que, por supuesto, no le estaban mirando. Como una exhalación, salió por el mismo lugar por donde se había introducido. Voló cielo arriba hasta llegar al punto más álgido de la catedral, rodeando la torre, y posándose en la punta del pararrayos que coronaba la estructura.

En el mismo momento en que el ave alcanzó la punta, los dos portones de madera se cerraron de un portazo.

Todo ocurrió al unísono, como si formase parte de un mecanismo que el ave hubiese accionado. De la misma manera que un efecto mariposa, pero ligeramente más macabro.

Inmediatamente después de que las puertas se cerraran, los caballeros empezaron a desplomarse. Uno a uno, como a marionetas a las que les hubieran cortado las cuerdas, cayeron contra el suelo de piedra, hasta que no quedó uno en pie (o no quedó títere con cabeza, como se suele decir).

Los yelmos rodaron. Los penachos quedaron tendidos, como caparazones de tortuga huecos. Las manoplas de los dos bandos se mezclaron. Los quijotes estaban esparcidos, sin nadie que los llevase. Las espadas parecían muertas, resplandeciendo bajo la luz de colores que aún se introducía por las vidrieras.

La lucha había acabado. Así, sin más.

Y sin ningún cadáver necesitado de sepultura.



(no se puede matar lo que ya está muerto.)

jueves, 15 de marzo de 2018

Steppenwolf

Tras un indefinido periodo de agoniosa sequía, finalmente, y casi como un ultimátum, comenzó a llover.

Como si una sinfonía de la madre Gaia se tratase, la tímida llovizna del principio aumentó, en crescendo, hasta convertirse en un desatado tifón que anegaba, con furia, todo a su paso.

Llegué a casa con prisa, como si me hallase participando en una carrera a contrarreloj que supiera de antemano que ya había perdido. Apenas podía contener la sangre que me goteaba a través del hueco de las costillas. Trataba de no llorar, batallando con unas ganas y un ansia de romperme que me devoraban viva. Me había convertido, en décimas de segundo, en una bomba de relojería, y la amenaza de provocar un desastre era inminente.

Conseguí alcanzar mi espacio seguro y por fin me permití implosionar. Me deshice, en medio de un torbellino de delicadeza e ira encendida, en una lluvia negra de sangre y lágrimas; la loba esteparia se había transformado en un volcán y arrojaba sin cesar trozos de cristal y tristeza mal apagada, emociones que se habían hecho una bola y no fui capaz de digerir.

Lloré y lloré en lágrimas de tinta, y me deshice junto a la lluvia sobre páginas mojadas de papel color ceniza. Lloví hasta que las letras se hicieron ilegibles, y las emociones quedaron reducidas a meros charcos que me empapaban los pies.

Qué sorprendente descubrir que, pese a lo que yo pensaba, aún tenía corazón. Quizá congelado, quizá en un estado catatónico crítico; todavía, en algún lugar profundo de mi reducido ser, había un corazón que latía de vez en cuando, ¡que incluso seguía siendo capaz de sentir!

Qué sorprendente.
Y qué doloroso.

Recordar que, por muy marmórea que me creyese, seguía siendo humana. Que por muchas corazas de acero, en el fondo era frágil como una figura de porcelana. Y que los muros de mi fortaleza no eran tan altos como yo había estimado.

Qué sorpresa.
Y qué rabia.

Finalmente, cuando el alma se me secó por completo y en el cielo no quedaban más que tres o cuatro nubes difuminadas, procedí a aquella suerte de ritual que tocaba cada vez que el espíritu se me desperdigaba en mil esquirlas por todas partes. Cogí mis bovinas de hilo de plata fina y mis agujas y me dispuse, con pulso de cirujano y paciencia de santo, a reconstruirme pieza a pieza; a enmendar los destrozos que el temporal había causado y a coserme el corazón de nuevo.

Procedí sola, lentamente y casi como una fugitiva, en mitad del silencio de la noche. Una vez más, como una loba esteparia. El resultado no fue idéntico que al principio. Ocurre siempre cuando tratas de arreglar cualquier cosa rota. Pero al menos latía, aunque algo mecánicamente, y me podía mover, pese a que mis movimientos recordasen más al hombre de hojalata del Mago de Öz, que a los de una persona normal.

Con cierta dificultad deslicé el yelmo sobre mi cabeza y acaricié mi espada. Abrí la ventana y contemplé el horizonte.

Vuelta a empezar.

lunes, 19 de febrero de 2018

Yo

Y nunca nadie me va a cuidar mejor que yo.

Y nunca nadie me va a querer mejor que yo.

Y nunca nadie me va a entender mejor que yo.

Y nunca nadie me va a necesitar más que yo.

Y nunca nadie me va a mimar mejor que yo.

Y nunca nadie me va a empoderar más que yo.

Y nunca nadie me va a motivar más que yo.

Y nunca nadie me va a frustrar más que yo.

Y nunca nadie me va a cabrear más que yo.

Y nunca nadie me va a machacar más que yo.

Y nunca nadie me va a hundir más que yo.

Y nunca nadie me va a desmotivar más que yo.

Y nunca nadie me va a romper más que yo.

Y nunca nadie me va a anular más que yo.

Y nunca nadie, absolutamente nadie, podrá hacerme más daño,
que yo.

viernes, 2 de febrero de 2018

El adiós a las armas

Hace muchos años yo me fui a la guerra.

Sin saber cómo ni por qué, me enfundé en un traje entallado de odio y cólera, y me revestí de una beligerancia espartana, una furia visigoda y una brutalidad que hasta los mismos bárbaros hubieran envidiado.

Cargué a mi espalda fusil y bayoneta, y hasta una ballesta con un carcaj repleto de flechas. Todo parecía insuficiente.

Cuando estuve lista, y sin saber muy bien cuándo lo estaba, emprendí mi camino.

Tras mucho andar, llegué al campo de batalla.

Cuál fue mi sorpresa al comprobar que allí no había nadie.

Ni personas de mi bando, ni enemigos contra los que debiera proteger mi vida.

Estaba sola.

Pero la verdad,
no necesitaba a nadie:

Todos estaban dentro de mí.

(y la guerra comenzó)