Naturaleza gastada. Naturaleza aburrida. Naturaleza muerta.
Naturaleza que dejó de ser naturaleza hace ya tiempo. Y llora, la naturaleza llora, aunque no queramos darnos cuenta. Bueno, a veces llora, y a veces se enrabieta y destroza, ahoga, asfixia, mata.
Entonces, sí nos quejamos. Nos lamentamos cuando la naturaleza nos hace ver que nunca lograremos dominarla; cuando nos demuestra que la Tierra es su elemento y no el nuestro; sollozamos cuando la Madre Natura se enfada y nos pega y nos regaña por lo mal que nos hemos portado.
En ese momento sí la vemos, deja de ser algo invisible y la colocamos bajo el foco. Pero sólo el tiempo que nos dura la llantina, o hasta que florezcan de nuevo nuestras ganas de exprimirle el corazón al planeta.
El planeta se está quedando desnudo. Le arrancamos a bocados ansiosos su vestido verde de hojas.
Tiene frío.
Y los animales se van. Los estamos echando de un lugar que es tan suyo como nuestro. Los cazamos y nos vanagloriamos de ello, presumimos de ser los causantes de la extinción de cada vez más especies. Matamos por gusto, para exhibir como trofeos pedazos mutilados de animales exóticos, sin pensar en esa especie ni en su peligro de extinción, tan sólo, en lo bonito que es el marfil de los animales o en las utilidades de la piel de un cocodrilo.
El mundo se está volviendo loco, está precipitándose al vacío de cabeza, si no la ha perdido ya. Y nosotros, en vez de intentar frenar esa caída, empujamos al mundo a su perdición, le contagiamos nuestra locura, tan sólo somos otros desquiciados en medio de un baile vertiginoso sin final.
Ya nadie baila bajo la lluvia ni vive en el olor que permanece después.
Ya nadie hace caso a los primeros tulipanes de la primavera, ni saluda a las amapolas que se abren paso por una tierra cada vez más hostil.
El canto de los pájaros ya es ruido, en vez de música, y los días están perdiendo el color.
Ya no brillamos al amanecer, ni sonreímos cuando viene un nuevo día. y tampoco se nos queda la boca abierta al contemplar una puesta de sol.
Parece que la naturaleza ya no es de nuestro interés. Y es cierto.
Vamos corriendo,vamos corriendo, vamos corriendo, vamoscorriendoycadavezmásdeprisa y no nos detenemos para nada, aunque nos falte el aire, ni para celebrar la vida. Somos las víctimas de un mundo que vive siempre con prisa.
Y así, poco a poco,
gota a gota,
le quitamos la vida
al planeta que nos la dio.
jueves, 19 de marzo de 2015
jueves, 19 de febrero de 2015
Como fresas pochas.
Que tire la primera piedra aquel o aquella que no se ha sentido
como una fresa pocha alguna vez en su vida.
Pocha. Po. Cha. Podría utilizar algún sinónimo que
estéticamente embelleciera el texto o quedara mejor. Pero no. La palabra pocha
está pocha, por eso precisamente la estoy utilizando.
Creo que me explico bien cuando me refiero a una fresa pocha,
pero, por si acaso a alguien le queda alguna duda, defino su significado.
La fresa pocha es esa
última fresa que queda en la cesta, y nadie reúne el valor suficiente
para osar comérsela, pues su estado es tan lamentable, que ni recortando las
partes podridas (esas partes negras y reblandecidas que rezuman un jugo
sospechoso), su sabor sería mínimamente decente, y que ni el perro querría
probar. Entonces, nuestra fresa está condenada a una vida de soledad y miseria,
en la que será devorada viva por el moho. La fresa permanecerá en el frutero,
agonizando, mientras ve a la familia pasar e ignorarla, o dirigirle sólo alguna
que otra mirada de asco, hasta que alguien se de cuenta del estado de
nauseabunda putrefacción en que se encuentra la pequeña fruta y la tire a la
basura.
La fresa no ha hecho nada para ganarse tal destino. Quizá,
haber caído la primera al frutero, siendo sepultada por las demás. A lo mejor,
ser más grande, o más enana, o más madura que las otras fresas.
“¿Adónde quiere llegar con toda esta historia de la fresa
podrida?”, te preguntarás, seguramente.
No lo sé. A lo mejor todo está empezando a oler de forma
diferente, a saber de forma diferente. La noche brilla y el día oculta, esa es la respuesta, por si alguien te
pregunta.
Es como salir a correr y a bailar bajo la tormenta, y
sentirte viva, y esconderte de los rayos del sol porque te queman y te matan.
¿Sentido? Bueno. ¿A mí me lo preguntas? No se lo busques, si
quieres mi consejo. Hay cosas que es mejor no entender.
Es como ese gato que se arrastra cojeando por la calle, y
nadie lo mira, nadie lo ve. Le duele mucho la pata, pero no grita. Es que los
gatos NO saben gritan, tampoco saben hablar para decirle a alguien que lo lleve
al veterinario. Tan sólo pueden maullar, e, igualmente, este minino no lo hace.
Es demasiado orgulloso.
Es como esa zapatilla sola, sucia y rota que lleva 5 años
descomponiéndose al sol en un solar, y otros 5 seguirá, seguramente muchos más,
hasta que se deshaga completamente. Tanto tiempo al sol le ha dejado la memoria
trastocada, y ya no recuerda nada; ni cómo llegó hasta allí, a su propia tumba
al aire libre, ni quién la abandonó, ni por qué. Algún día ella fue querida, y
tuvo una compañera, y se sintió útil, pero ya no más, pues el viento se encargó
de borrar todo eso.
Las muñecas rotas. O todavía peor. Los trozos minúsculos de
las muñecas de porcelana rotas, que saltan y saltan hasta refugiarse debajo de
la cama, del armario, o de algún mueble pesado, donde no pueden ser barridas y
no llega el cepillo, y permanecen allí por los siglos de los siglos, hasta que
los planetas se alinean y a alguien se le ocurre mover el mueble y barrer,
encontrando una masa negra no identificada que repugna a cualquiera.
Pienso que ahora me he explicado un poco mejor.
A veces nos sentimos como un puñado de arena bailando en
mitad de una corriente de aire, como una zapatilla rota, un gato cojo, o una
fresa pocha. Sin voz, sin ojos, sin piernas. Como si te hubieras quedado
congelado o congelada en el tiempo y fueras una figura de cera, sin poder hacer
nada, mientras las agujas del reloj corren y con ella el resto de la humanidad.
Pero tú siguieras ahí. Sin poder moverte.
Como si el mundo nos diera la espalda y sólo se dirigiera a
nosotros para abofetearnos la cara o reírse de ella.
Y si alguien no se ha sentido así nunca, que me deje vestir
su ropa y ponerme sus zapatos.
Aunque sea por unas pocas horas.
sábado, 10 de enero de 2015
Locus amoenus.
Abrí los ojos despacio, lentamente, como intentando en vano
parar el tiempo, volver a dormirme, y, tal vez, retomar el sueño en el que
estaba inmersa.
En él, me encontraba en el fondo del mar,convertida en un
ser acuático, con agallas y aletas, y exploraba las profundidades oceánicas, y
miraba y me miraban con curiosidad animales de todo tipo y tamaño. Alargadas y
finas morenas de gesto hosco y ojillos brillantes se deslizaban serpenteando a
mi vera. Tiburones blanco de dientes puntiagudos y afilados como cuchillos
vigilaban la zona, al acecho de alguna presa.
Podía tocar las anémonas, sin peligro alguno por el veneno, y observar a
los peces payaso jugueteando entre sus tentáculos.
Yo nadaba libre, completa y totalmente libre, sin cansarme,
sin ahogarme, sin parar, y sin tampoco desearlo.
Pero me había despertado. Me había despertado y el sueño se
había esfumado de la misma manera en que había venido. La burbuja de aquella
fantasía había explotado, y yo ahora tenía la cara llena de los restos del
jabón.
Nunca sueño; estos huyen de mí como si me temieran. ¿Por qué
tengo que despertar cuando, por una vez, tengo la suerte de ser compensada con
uno?
Retiré las sábanas de algodón blanco con un tirón
malhumorado. Tan molesta estaba, que ni siquiera me detuve para cubrirme los
brazos con una rebeca. Corrí las cortinas que tapaban la ventana, y mi mal humor quedó completamente
disipado en cuanto los tenues rayos del sol de la mañana bañaron el dormitorio,
y me acariciaron la cara.
Había llegado a aquella habitación a altas horas de la noche
anterior, y me encontraba tan cansada que no reparé en la decoración; tampoco
estaba de ánimo.
Parecía que estaba en el escenario de algún cuento de hadas.
Las paredes estaban hechas de madera, de una madera oscura de roble. Había, en
una de las paredes, una estantería alta repleta de libros. Me acerqué a ella
con curiosidad, avanzando lentamente, deslizando mis pies descalzos sobre el
suave parquet.
Tras un vistazo a algunos títulos, seguí barriendo con la
mirada la estancia.
La cama donde había dormido era grande, de madera y con
cuatro postes, de sábanas inmaculadas y mullidas almohadas de pluma.
A los pies de la cama descansaba un baúl grande de madera,
sellado por un candado viejo de cobre. Parecía el cofre del tesoro de un
pirata.
En la pared de encima de la cama había colgados dos cuadros
pequeños, situados a la misma altura.
En uno de ellos se representaba a un
pájaro blanco y delicado, seguramente una paloma de la paz, con las alas
extendidas y una ramita de olivo en el pico.
La paloma tenía una actitud de triunfo, de serenidad, de sabiduría.
Los pájaros no pueden sonreír, pero esa paloma, sin embargo,
parecía estar haciéndolo; era como, si de alguna forma, estuviera riendo con
los ojos.
El otro cuadro, sin embargo, no podía ser más diferente al
primero. En este se podía ver un pájaro
negro y grande, con un pico gigantesco. No me considero una experta en aves,
pero creo que era un cuervo. Tenía la cabeza girada, mirando directamente al
artista, o al espectador. Más que mirar, parecía intentar escanear a cualquiera
que contemplase la pintura. Su mirada era fría y amenazadora. Más que un ave,
parecía una pequeña porción de peligro con alitas y pico.
¿Qué significaba el contraste entre las dos pinturas? ¿El ying
y el yang? ¿La guerra y la paz? ¿El amor y el odio?
Me hallaba inmersa en esa reflexión, cuando me interrumpió
un delicioso y dulce aroma que se colaba silenciosamente por la rendija de la
puerta, que estaba entreabierta. Olía a chocolate, a chocolate caliente, bien
espeso, un olor que irremediablemente me transportaba a mi infancia unos
cuantos años atrás, cuando mi abuela fundía gruesas tabletas de cacao en una
olla para preparar aquel brebaje dulzón y denso que hacía las delicias de
todos, y sabía a felicidad, a amor, y a calor.
Decidí acabar de curiosear por el dormitorio antes de ir a
investigar cuál era el origen de tan rico olor.
En la pared opuesta a la librería había un armario. No pude
resistirme a abrirlo, y encontré su interior vacío, salvo por un gran oso de
peluche. Era gigantesco, casi tan grande como yo, y, al abrazarlo, hundí la
nariz en la textura esponjosa y blanda de su cabeza.
No olía a viejo, pero tampoco a nuevo. Emanaba un perfume
raro, como de…naranja.
Pero no naranja normal. El osito (u osazo) olía a naranja
ácida.
Lo dejé con delicadeza sobre la cama, y lo tapé con las
sábanas.
No quería que pillase un constipado.
Lo único que quedaba en la habitación, era una mesa de
escritorio, y una silla, ambas de madera, como casi todo lo que había allí.
Sobre la mesa había un jarrón de tulipanes rojos, un detalle
que había pasado por alto antes. Las flores eran frescas, lo que significaba que
alguien las había colocado allí hacía relativamente poco.
La ventana. La ventana me estaba mirando fijamente,
pidiéndome silenciosamente a gritos que la abriera, que dejara que corriera el
aire y aquello se ventilara.
Me costó bastante trabajo, pues el mecanismo de abertura de
la ventana era antiguo y estaba algo oxidado.
Nunca había contemplado nada igual.
Nunca antes mis ojos habían sido testigos de tanta belleza.
Había visto fotos de infinidad de lugares preciosos.
Pero claro. No era lo mismo.
Sin embargo, todo aquello era real y lo estaba viendo con
mis propios ojos, podía sentir el viento frío en la cara, y aspirar el perfume
de los pinos mezclado con el de las flores silvestres que crecían por todas
partes.
Estaba en una diminuta cabaña de madera, en mitad de un
bosque.
Mi dormitorio me ofrecía una panorámica que me dejaba sin
aliento. Podía ver, desplegados a mis pies, como si de una bella alfombra de
naturaleza se tratara, centenares de pinos, álamos, y otros árboles que no
sabría identificar, meciendo sus ramas con la corriente, como saludándome y
dándome los buenos días.
Llegaba hasta mis oídos un rumor tímido de agua, lo que
significaba que debía haber un riachuelo corriendo cerca.
Todo aquel paisaje me producía unas ganas salvajes y casi
irrefrenables de saltar por la ventana,
sin importarme cuántos metros pudieran haber de caída, y bucear en aquel
océano verde, perderme, correr hasta perder el conocimiento, sentirme libre.
Quería sentirme en aquella inmensidad tan libre como se
sentía la paloma del cuadro al llevar aquella rama de olivo y surcar el cielo
azul batiendo sus alas blancas, o como se sentían los delfines que jugaban
saltando sobre las olas en aquel sueño que me fue arrebatado.
Quería ser completamente libre,
y completamente mía.
Respiré profundamente, llenando mis pulmones de aire puro de
montaña.
Regresó a mí el aroma placentero del chocolate, y una
desagradable sensación de hambre me retorció el estómago, así que seguí el
rastro del olor, que me condujo hasta una pequeña cocina de piedra.
En una hornilla, había una olla de humeante chocolate recién
hecho.
Pero no había nadie.
Quizá estaba siendo una completa descerebrada y una ingenua,
pero la casa no me transmitía malas vibraciones. No tenía pinta de que nadie
quisiera envenenarme con una taza de cacao caliente, así que busqué un tazón en
los aparadores, me serví un poco, y regresé al dormitorio.
Con cuidado, me encaramé a la ventana, y me senté en el
alféizar, con el tazón de chocolate en el regazo y los pies colgando,
balanceándose con la brisa, con el sol, con el susurro del agua, los murmullos
lejanos de los animales, la paloma, el cuervo, las morenas, el olor a naranja
ácida, el chocolate, la madera, las sábanas blancas, y todo lo que había sido
el mobiliario de un despertar que no recuerdo bien si fue real o un sueño
dentro de otro.
martes, 9 de diciembre de 2014
El pájaro echó a volar.
La fiesta esta tocando los últimos acordes de una canción que había durado toda la noche, una noche que yo había saboreado larga y corta, efímera e infinita, al mismo tiempo.
Pero ya había acabado y parece que al mismo tiempo que las vidas y la energía de los que todavía estábamos presentes,apenas cuatro gatos que nos apagábamos como cigarros abandonados en algún cenicero, y más o menos, eso nos pasaba: andábamos por allí olvidados, sin un motivo ni alguna persona que nos hubiera sacado antes.
La última persona que hubiera esperado encontrarme en las brasas de aquel crepúsculo neblinoso, era ella. Había bailado toda la noche, para deleite suyo y de paso, mío también, como si hubiera estado sola y no rodeada de tantas personas en ese minúsculo salón, como si esa hubiera sido la última noche que le quedaba en este mundo, como si se hubiera convertido en una pequeña y viva llama danzando en medio de una hoguera, quemando todo a su paso, y dejándonos a todos ciegos con su luz.
Pero ya no. Se había quitado el traje de supernova y ahora más bien parecía una muñeca a la que le hubieran cortado los hilos, estaba sentada (más bien, parecía que se hubiera dejado caer en el suelo) con la cabeza dulcemente apoyada en las manos y la mirada perdida en algún lugar recóndito del infinito. Ni sé si ella estaba mirando al infinito, o era el infinito el que la estaba mirando a ella.
El cansancio, o quizá fue una pequeña chispa de valentía que comenzó a abrasarme por dentro, me empujó a acercarme a ella, cosa que no me había atrevido a hacer en toda la noche: ella era un planeta, y yo tan sólo un pequeño satélite que orbitaba a su alrededor; soy su sombra, el silencio que sigue sus suspiros y esas miradas furtivas cazadas que se sonrojan de vergüenza.
Le rocé suavemente el hombro, y ella me miró, sonriéndome con los ojos.
Tenía la carita pintada de sueño, y exactamente eso parecía, un sueño.
Todavía había música de fondo, y en ese momento sonaba una canción lenta, una balada que parecía sacada de algún baile de instituto americano.
No entendía muy bien por qué seguía sonando música, pues no quedaba ya nadie que bailase a su son. Era una canción solitaria, una nana de borrachos que servía para acunar en su suelo a los infelices que había por allí durmiendo la mona de cualquier manera.
Sin pensarlo apenas, le tendí la mano, invitándola a bailar conmigo. Seguramente si no me hubiera dejado llevar por la atmósfera y por lo que sentía ese momento y lo hubiese pensado en frío, no se me hubiera ocurrido nunca lanzarme de esa manera, pero estaba bajo un hechizo, su hechizo, uno poderoso e hipnótico que me impedía alejarme de ella o dejar de mirarla.
No esperaba que aceptase mi invitación, pero ya no me quedaba nada que perder, pues todo lo que ansiaba era ella y estaba al años luz de mí.
Miró mi mano y sonrió, esta vez con una sonrisa pura y verdadera,dejándome ver el cielo por unos instantes.
La ayudé a levantarse, y se puso en pie con un saltitos. Me pidió que la esperase un momento, y se quitó los dolorosos zapatos de tacón de aguja que llevaba puestos. En cuanto se hubo liberado de aquella armadura, me pareció más dulce, más niña, más...ella.
Me cogió de la mano y avanzamos hasta más o menos el centro del salón,ella caminando lentamente y yo flotando en el séptimo cielo.
En ese momento el miedo me alcanzó y a punto estuvo de asfixiarme. Yo no sabia bailar, y ella era toda una experta. ¿Y si le pisaba los pies? ¿Y si pensaba que estaba haciendo el ridículo?
No tuve tiempo de ahogarme ni de pensar más, porque ella apoyo su cabeza en mi pecho. Rodeé su cintura torpemente con mis brazos, y empezamos a movernos lentamente al son de esa canción, en esa habitación que ahora era enorme y parecía estar observándonos.
Ella parecía dormida, y nunca la había visto así de hermosa. No estaba tan hermosa ni cuando caminaba haciendo temblar el mundo entero, ni cuando luchaba por lo que quería y se convertía en una dura guerrera.
Ahora estaba bonita porque no lo pretendía, y no podía estarlo más porque ella no sabía que la estaba mirando.
Entre las muchas cosas que no sabía esa noche, estaba el no saber qué pasaría después. Tal vez luego ocurriera algo más, pero tal vez aquello no pasara de un baile. Igualmente yo sentía que iba a morir de felicidad y de dicha, pues ella me estaba dedicando lo mas valioso que te puede dar alguien: su tiempo.
Y en ese momento, sentía que todo estaba en orden, que el universo estaba en mí, y que la paz lo inundaba todo; que el sol había salido aunque fueran las 3 y media de la madrugada y que por fin había encontrado la pieza perdida que completaba el rompecabezas.
Yo creía estar abrazando un ángel y no a ella, con su cabello largo y suave y su piel de porcelana. Apoyaba mis manos en su cintura con delicadeza, pero al mismo tiempo, me daban ganas de fundirme en ella; era fuego y hielo, quería correr hacia ella y a la vez alejarme.
La canción que parecía no terminar nunca llegó a su fin y nos dijo adiós, y con ella se rompió nuestro momento en mil pedacitos de cristal que quedaron desperdigados por el suelo.
Le pedí disculpas y salí a la calle, me estaba ahogando y necesitaba que una buena bocanada de aire me despejara los pulmones. El cielo estaba pintado de estrellas y la luna parecía guiñarme el ojo.
Cuando volví a entrar, ya reinaba el silencio (tan sólo interrumpido por, de vez en cuando, algún ronquido), y ella ya no estaba; este pájaro había volado, el lago en el que me había bañado se había evaporado y se había convertido en el espíritu de la música cubierta de silencio.
Yo me quedé allí, plantado en mitad de aquel antro, con el desasosiego creciendo en mis entrañas y una sensación agridulce de no saber si tan sólo había sido un sueño.
Pero ya había acabado y parece que al mismo tiempo que las vidas y la energía de los que todavía estábamos presentes,apenas cuatro gatos que nos apagábamos como cigarros abandonados en algún cenicero, y más o menos, eso nos pasaba: andábamos por allí olvidados, sin un motivo ni alguna persona que nos hubiera sacado antes.
La última persona que hubiera esperado encontrarme en las brasas de aquel crepúsculo neblinoso, era ella. Había bailado toda la noche, para deleite suyo y de paso, mío también, como si hubiera estado sola y no rodeada de tantas personas en ese minúsculo salón, como si esa hubiera sido la última noche que le quedaba en este mundo, como si se hubiera convertido en una pequeña y viva llama danzando en medio de una hoguera, quemando todo a su paso, y dejándonos a todos ciegos con su luz.
Pero ya no. Se había quitado el traje de supernova y ahora más bien parecía una muñeca a la que le hubieran cortado los hilos, estaba sentada (más bien, parecía que se hubiera dejado caer en el suelo) con la cabeza dulcemente apoyada en las manos y la mirada perdida en algún lugar recóndito del infinito. Ni sé si ella estaba mirando al infinito, o era el infinito el que la estaba mirando a ella.
El cansancio, o quizá fue una pequeña chispa de valentía que comenzó a abrasarme por dentro, me empujó a acercarme a ella, cosa que no me había atrevido a hacer en toda la noche: ella era un planeta, y yo tan sólo un pequeño satélite que orbitaba a su alrededor; soy su sombra, el silencio que sigue sus suspiros y esas miradas furtivas cazadas que se sonrojan de vergüenza.
Le rocé suavemente el hombro, y ella me miró, sonriéndome con los ojos.
Tenía la carita pintada de sueño, y exactamente eso parecía, un sueño.
Todavía había música de fondo, y en ese momento sonaba una canción lenta, una balada que parecía sacada de algún baile de instituto americano.
No entendía muy bien por qué seguía sonando música, pues no quedaba ya nadie que bailase a su son. Era una canción solitaria, una nana de borrachos que servía para acunar en su suelo a los infelices que había por allí durmiendo la mona de cualquier manera.
Sin pensarlo apenas, le tendí la mano, invitándola a bailar conmigo. Seguramente si no me hubiera dejado llevar por la atmósfera y por lo que sentía ese momento y lo hubiese pensado en frío, no se me hubiera ocurrido nunca lanzarme de esa manera, pero estaba bajo un hechizo, su hechizo, uno poderoso e hipnótico que me impedía alejarme de ella o dejar de mirarla.
No esperaba que aceptase mi invitación, pero ya no me quedaba nada que perder, pues todo lo que ansiaba era ella y estaba al años luz de mí.
Miró mi mano y sonrió, esta vez con una sonrisa pura y verdadera,dejándome ver el cielo por unos instantes.
La ayudé a levantarse, y se puso en pie con un saltitos. Me pidió que la esperase un momento, y se quitó los dolorosos zapatos de tacón de aguja que llevaba puestos. En cuanto se hubo liberado de aquella armadura, me pareció más dulce, más niña, más...ella.
Me cogió de la mano y avanzamos hasta más o menos el centro del salón,ella caminando lentamente y yo flotando en el séptimo cielo.
En ese momento el miedo me alcanzó y a punto estuvo de asfixiarme. Yo no sabia bailar, y ella era toda una experta. ¿Y si le pisaba los pies? ¿Y si pensaba que estaba haciendo el ridículo?
No tuve tiempo de ahogarme ni de pensar más, porque ella apoyo su cabeza en mi pecho. Rodeé su cintura torpemente con mis brazos, y empezamos a movernos lentamente al son de esa canción, en esa habitación que ahora era enorme y parecía estar observándonos.
Ella parecía dormida, y nunca la había visto así de hermosa. No estaba tan hermosa ni cuando caminaba haciendo temblar el mundo entero, ni cuando luchaba por lo que quería y se convertía en una dura guerrera.
Ahora estaba bonita porque no lo pretendía, y no podía estarlo más porque ella no sabía que la estaba mirando.
Entre las muchas cosas que no sabía esa noche, estaba el no saber qué pasaría después. Tal vez luego ocurriera algo más, pero tal vez aquello no pasara de un baile. Igualmente yo sentía que iba a morir de felicidad y de dicha, pues ella me estaba dedicando lo mas valioso que te puede dar alguien: su tiempo.
Y en ese momento, sentía que todo estaba en orden, que el universo estaba en mí, y que la paz lo inundaba todo; que el sol había salido aunque fueran las 3 y media de la madrugada y que por fin había encontrado la pieza perdida que completaba el rompecabezas.
Yo creía estar abrazando un ángel y no a ella, con su cabello largo y suave y su piel de porcelana. Apoyaba mis manos en su cintura con delicadeza, pero al mismo tiempo, me daban ganas de fundirme en ella; era fuego y hielo, quería correr hacia ella y a la vez alejarme.
La canción que parecía no terminar nunca llegó a su fin y nos dijo adiós, y con ella se rompió nuestro momento en mil pedacitos de cristal que quedaron desperdigados por el suelo.
Le pedí disculpas y salí a la calle, me estaba ahogando y necesitaba que una buena bocanada de aire me despejara los pulmones. El cielo estaba pintado de estrellas y la luna parecía guiñarme el ojo.
Cuando volví a entrar, ya reinaba el silencio (tan sólo interrumpido por, de vez en cuando, algún ronquido), y ella ya no estaba; este pájaro había volado, el lago en el que me había bañado se había evaporado y se había convertido en el espíritu de la música cubierta de silencio.
Yo me quedé allí, plantado en mitad de aquel antro, con el desasosiego creciendo en mis entrañas y una sensación agridulce de no saber si tan sólo había sido un sueño.
miércoles, 3 de diciembre de 2014
"Parecía estar a punto de echarse a llorar.."
Tenía que salir a la calle. No porque quisiera (en ese
momento, nada deseaba más que permanecer al resguardo del calor del hogar,
escondida bajo un par de mantas), sino porque era lo que tocaba. Debía hacerlo.
Respiré profundamente, saboreando mis últimos segundos de
temperatura agradable, abrí la puerta y me zambullí en aquella tempestad que
iba a ser el nuevo día. Al instante en que dejé atrás mi casa, noté el doloroso
mordisco del frío en mis mejillas, una dentellada seca y helada.
Alcé la mirada, para intentar adivinar el estado anímico en
que se encontraba el cielo en aquella jornada que acaba de comenzar. El día
había amanecido gris y encapotado de nubes, parecía que estaba a punto de
echarse a llorar. Me preguntaba qué le había ocurrido al cielo para estar así
de triste. El firmamento no estaba tímido, con sus nubes tenues tapando a
medias una bóveda pintada en delicados tonos pastel, ni estaba furioso ni
descargaba su ira sobre nosotros, con esos truenos que querían gritar y esos
relámpagos resplandecientes de rabia. Tampoco estaba feliz y alegre, cuando se
vestía de azul celeste y nos alumbraba a todos con su sonrisa (una sonrisa tan
deslumbrante, ¡que ni podías mirarla directamente!) invitando a la vida y a
sonreír, devolviendo la sonrisa a aquella que nos miraba desde arriba.
A veces, el cielo se mostraba receptivo y te dejaba hablar
con él. Si había alguna nubecilla ocultando la gran estrella, hacía soplar un
viento fuerte y te permitía ser acariciado por las cálidas manos del Sol, por
ejemplo.
Pero aquella mañana no. El firmamento no estaba receptivo,
sino apático y apagado.
Le pedí una respuesta, y al final, la obtuve.
Empezó a llover. Primero lentamente, con pequeñas gotas que
parecían tener miedo a estrellarse contra el suelo, y luego comenzó a caer un
violento aguacero. El cielo estaba llorando, no sé el motivo, pero no podía
cesar en su llanto. Yo sentí sobre mi rostro las frías gotas y las saladas
lágrimas, que, de una forma u otra, también intentaban tocarme, acariciarme.
A lo mejor el cielo quería que notase su dolor así, porque
no encontraba otra manera.
El chaparrón no duró mucho, pero continuó nublado el resto del
día. Era como si aquella mañana el cielo no hubiera querido despertarse, y
hubiese preferido quedarse en la cama.
Por eso me dejé hacer y me dejé llevar.
Porque lo entendía.
domingo, 9 de noviembre de 2014
El sol del día de mañana.
"¿Y tú, cómo vuelas?',me preguntó.
Yo no entendí la pregunta.
Que yo supiera,
no tenía alas.
-A lo mejor las tenía escondidas,
quién sabe-
Y no le supe dar respuesta.
"¡Inocente criatura!", me llamó,
"¡cuánto te queda por aprender!"
"Te escucho pues", le dije,
"enséñame a surcar el cielo."
"Tú sola aprenderás y tú sola puedes volar,
yo no puedo enseñarte.
Piensa en ello y encuentra tus vías
y sé libre,
aunque sea por un rato."
Y se marchó.
Horas y horas dediqué a pensar en aquello. ¿Volar?
Cuanto más pensaba en ello, más estúpido me resultaba.
Pero un día,
lo comprendí.
No me hacían falta alas para volar. Yo volaba con la tinta y el papel, y me marchaba lejos, muy lejos, donde nada me podía hacer daño y todo era de color blanco, blanco de paz, blanco de nieve, pero una nieve que no estaba fría, y no quemaba...
Tampoco me hacían falta zapatos para bailar. Descubrí que podía hacerlo sin moverme del sitio, cuando mi alma se soltaba y danzaba libre como el viento, y fuerte, y poderosa, y...
Los pajaritos cantaban alegres,
celebrando algo,
quizá sólo la vida,
quizá sólo el día,
aunque fuera nublado y gris.
El viento mecía la hierba,
la acariciaba,
suavemente.
El viento también intentaba acariciarme a mí
pero yo no lo agradecía.
Yo no cantaba alegre
tampoco celebraba el día
más bien
lo estaba maldiciendo.
Maldiciendo no poder
ser un pajarillo de esos
y cantar alegre y celebrar el día
y volar
lejos.
Pero el atardecer era bonito y yo me bebí la puesta de sol que se abrió entre las nubes, y me manché los labios de esperanza y desazón.
Quería irme,
no podía esperar a volar,
y escribo esto mientras bato mis alas,
y me empaño los ojos con el té hirviendo y la sal y el azúcar,
porque soy frío y soy hielo
y me quiero derretir
con el sol del día de mañana.
Yo no entendí la pregunta.
Que yo supiera,
no tenía alas.
-A lo mejor las tenía escondidas,
quién sabe-
Y no le supe dar respuesta.
"¡Inocente criatura!", me llamó,
"¡cuánto te queda por aprender!"
"Te escucho pues", le dije,
"enséñame a surcar el cielo."
"Tú sola aprenderás y tú sola puedes volar,
yo no puedo enseñarte.
Piensa en ello y encuentra tus vías
y sé libre,
aunque sea por un rato."
Y se marchó.
Horas y horas dediqué a pensar en aquello. ¿Volar?
Cuanto más pensaba en ello, más estúpido me resultaba.
Pero un día,
lo comprendí.
No me hacían falta alas para volar. Yo volaba con la tinta y el papel, y me marchaba lejos, muy lejos, donde nada me podía hacer daño y todo era de color blanco, blanco de paz, blanco de nieve, pero una nieve que no estaba fría, y no quemaba...
Tampoco me hacían falta zapatos para bailar. Descubrí que podía hacerlo sin moverme del sitio, cuando mi alma se soltaba y danzaba libre como el viento, y fuerte, y poderosa, y...
Los pajaritos cantaban alegres,
celebrando algo,
quizá sólo la vida,
quizá sólo el día,
aunque fuera nublado y gris.
El viento mecía la hierba,
la acariciaba,
suavemente.
El viento también intentaba acariciarme a mí
pero yo no lo agradecía.
Yo no cantaba alegre
tampoco celebraba el día
más bien
lo estaba maldiciendo.
Maldiciendo no poder
ser un pajarillo de esos
y cantar alegre y celebrar el día
y volar
lejos.
Pero el atardecer era bonito y yo me bebí la puesta de sol que se abrió entre las nubes, y me manché los labios de esperanza y desazón.
Quería irme,
no podía esperar a volar,
y escribo esto mientras bato mis alas,
y me empaño los ojos con el té hirviendo y la sal y el azúcar,
porque soy frío y soy hielo
y me quiero derretir
con el sol del día de mañana.
martes, 28 de octubre de 2014
Cuando no me miras.
Me gusta observarte en silencio.
Me gusta mirarte cuando no te das cuenta, y no interpretas ningún papel, y eres solamente tú.
Cuando te concentras y lo das todo, cuando te esfuerzas y se nota, cuando bailas y es como si liberas tu alma y no hay nada más, la música y tú, fundiéndoos en una sola cosa.
Me encanta verte sonreír, pero cuando tu sonrisa es genuina y sincera, cuando algo te hace reír de verdad o cuando eres simplemente feliz, no esas sonrisas edulcoradas que a veces te crees que regalas.
Y créeme, se nota la diferencia.
También soy capaz de leer tu tristeza cuando algo no va bien, y tus ojos reflejan tu pesar, y aunque no lloren, me cuentan qué te pasa.
Y dormir, qué no daría por verte dormir, y contemplar tu rostro limpio y vacío de cualquier preocupación, imperturbable y sereno, en paz, una calma que sólo consigues encontrar en el Reino de los Sueños.
No me temas, yo tan sólo soy una mera espectadora de esta obra, esta vida, este universo que eres tú.
Y nunca me cansaría, pues eres tan grande que cada vez que te veo eres algo nuevo y diferente, busco comprenderte pero no puedo, y quiero.
Pero, no esperes cazarme, no lo esperes, no te creas que vas a pillarme mirándote ni observándote brillar, porque yo no busco eso, las máscaras no te quedan bien, te tapan los ojos y te esconden la cara.
Y si supieras, ¡si sólo supieras!, la luz que emites y cómo irradias vida, si tan sólo te dieras cuenta, dejarías de ocultarte y de talarte, y empezarías a ser un poquito más tú.
No sólo he visto tu cara, sino también tus miedos, porque se te ven, cuando eres pureza.
Lo he comprobado y sé lo que vales, sé lo fuerte que eres, y todo eso, siendo sólo tú.
Tú deberías mirar, te daría mis ojos si pudiera, para que tú puedas mirarte, descubrirte, admirarte.
Yo ya lo he hecho, ahora te toca a tí.
Me gusta mirarte cuando no te das cuenta, y no interpretas ningún papel, y eres solamente tú.
Cuando te concentras y lo das todo, cuando te esfuerzas y se nota, cuando bailas y es como si liberas tu alma y no hay nada más, la música y tú, fundiéndoos en una sola cosa.
Me encanta verte sonreír, pero cuando tu sonrisa es genuina y sincera, cuando algo te hace reír de verdad o cuando eres simplemente feliz, no esas sonrisas edulcoradas que a veces te crees que regalas.
Y créeme, se nota la diferencia.
También soy capaz de leer tu tristeza cuando algo no va bien, y tus ojos reflejan tu pesar, y aunque no lloren, me cuentan qué te pasa.
Y dormir, qué no daría por verte dormir, y contemplar tu rostro limpio y vacío de cualquier preocupación, imperturbable y sereno, en paz, una calma que sólo consigues encontrar en el Reino de los Sueños.
No me temas, yo tan sólo soy una mera espectadora de esta obra, esta vida, este universo que eres tú.
Y nunca me cansaría, pues eres tan grande que cada vez que te veo eres algo nuevo y diferente, busco comprenderte pero no puedo, y quiero.
Pero, no esperes cazarme, no lo esperes, no te creas que vas a pillarme mirándote ni observándote brillar, porque yo no busco eso, las máscaras no te quedan bien, te tapan los ojos y te esconden la cara.
Y si supieras, ¡si sólo supieras!, la luz que emites y cómo irradias vida, si tan sólo te dieras cuenta, dejarías de ocultarte y de talarte, y empezarías a ser un poquito más tú.
No sólo he visto tu cara, sino también tus miedos, porque se te ven, cuando eres pureza.
Lo he comprobado y sé lo que vales, sé lo fuerte que eres, y todo eso, siendo sólo tú.
Tú deberías mirar, te daría mis ojos si pudiera, para que tú puedas mirarte, descubrirte, admirarte.
Yo ya lo he hecho, ahora te toca a tí.
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