jueves, 27 de marzo de 2014

La Naturaleza quiso hablarme,y yo la escuché con gusto.

No sabría decir por qué, pero el insomnio y un imperioso deseo de escapar me habían llevado de madrugada a caminar por las calles fantasmas, a pasar por delante del cementerio donde los muertos dormían o se despertaban, a atravesar el bosque en penumbra y alcanzar mi lugar secreto en medio de aquella frondosa inmensidad. Era una piedra enorme y plana, en un pequeño claro, desde donde se podía ver, unos metros más abajo, un pequeño riachuelo de aguas heladas y cristalinas.
Soplaba un viento fresco que mecía los árboles y hacía que me estremeciera. Me tumbé con las manos en la cabeza, a modo de almohada. La roca aún conservaba algo de calor. Era agosto y me encontraba en un pueblo perdido en mitad de las montañas, pero algo de sol podía llegar a cogerse.
Sólo llevaba puesto un vestido fino de algodón, pero en realidad estaba tapada y arropada por un tupido manto de estrellas. Si algo amaba del pueblo, era poder ver por la noche el cielo salpicado de astros. Cuando volvía al caos y al estrés de la ciudad, los echaba mucho de menos. Parece que las estrellas, con el ajetreo, se asustan y huyen. O tan solo  están tan asqueadas por cómo nos encargamos de destruir lo que un día fue naturaleza y belleza, que se niegan a dejarse ver. O puede que tan solo sea por la contaminación lumínica. Una mezcla.
Adoraba ser testigo de tanta belleza. Ansiaba memorizar el mapa galáctico en mi memoria, pero no era lo mismo. Bajo aquel inmenso firmamento me sentía insignificantemente pequeña, pero a la vez, una parte del universo. Todas aquellas estrellas habían estado millones de años antes de mi nacimiento, y lo seguirían estando tras mi muerte. Eran algo así como las pequeñas, brillantes y casi eternas testigos de la Historia. ¿Cuántas desgracias habrían presenciado a través de los siglos? ¿Cuánta gente habría quedado embelesada apreciándolas y se había sentido maravillosamente infinita, justamente como yo lo estaba haciendo? Millones. Muchos millones.
Desde mi zona podía ver el lago, asomándose tímidamente entre los árboles. No sabía qué hora era y realmente poco me importaba, así que me acerqué, con pasos lentos y suaves. Al principio pensaba que estaba sola, pero me equivocaba. El bosque a aquellas altas horas de la noche estaba muy lleno de vida. Numerosos pares de ojillos, pertenecientes a pequeñas aves nocturnas, me observaban fijamente desde las ramas de los árboles. Se oía el correteo de los conejos y las liebres y el crujir de las hojas a su paso, e incluso pude ver de lejos un zorro moviéndose en silencio, con elegancia, entre zarzas.
Si en ese momento pudiera haberme enamorado perdidamente del lago, lo hubiera hecho. Adoraba aquel estanque durante el día, pero por la noche era algo parecido a un paraíso terrenal. Parecía sacado de alguna novela de fantasía, y daba la impresión de que, de un momento a otro, un grupo de ninfas hermosas de piel blanca y tersa y larga cabellera rubia iban a emerger de las aguas claras y me iban a invitar a nadar junto a ellas. Estaba tan quieto el lago, en calma, tan imperturbable, que parecía de hielo o cristal. La luna llena se reflejaba justo en el medio; blanca, brillante, espléndida. En la lejanía se oyeron de repente varios aullidos de una manada de lobos que le rendían devoción y le declaraban su amor, ellos también habían caído rendidos ante semejante belleza.
El lago era enorme, y en la otra punta apreció un ciervo entre la maleza. Era esbelto y hermoso, con una gran cornamenta. Se acercó a la orilla y bebió, con unos movimientos extremadamente delicados, parecidos a los de una bailarina de ballet. Me acerqué en silencio a donde el agua y la arenilla se fundían, pero debí de hacer demasiado ruido, porque el ciervo me oyó y salió despavorido. Toqué el agua con la punta del pie. No estaba demasiado fría. Metí los dos pies. Me apetecía bañarme, pero no llevaba ropa de baño, tan solo mi vestido. Por alguna extraña razón, por simple pudor o por la sensación de no estar sola no me apetecía quedarme en ropa interior. ¿Qué diría mi madre si aparecía en casa de mi abuela a las tantas de la madrugada y con el vestido empapado? Lo pensé de otra forma. Era verano. Quería hacer locuras, cosas que se salieran de la línea, correr riesgos, sentir la adrenalina correr por mis venas y hacer latir mi corazón con fuerza. Sin pensármelo dos veces, trepé por una roca elevada, conté hasta tres, y me lancé al agua.
¡Sí, sí estaba fría! Un latigazo helado me sacudió de la cabeza a los pies y tuve que ahogar un grito. Morir de hipotermia no entraba en mis planes, así que empecé a nadar para entrar en calor.
Tenía tanta suerte de todo aquello. Me sentía tan afortunada de que la madre Naturaleza me dejase formar parte de todo aquel secreto.
Cuando hube perdido la sensación de frío nadé hasta el centro del lago, justo donde la luna se reflejaba, e hice el muerto boca arriba, flotando como un tronco.

Momentáneamente, todo se paró. No existía el mundo, no existía nadie más, tan sólo éramos la luna, el lago y yo. Conecté con la naturaleza, y me llenó de energía. Sentí una paz infinita… que poco a poco me relajó, y mis músculos se tranquilizaron…el lago me mecía, y mis párpados se cerraban…por mucho que lo deseara, si me quedaba acabaría dormida….así que avancé a brazadas hacia la orilla y salí. Busqué las sandalias que me quité al entrar, pero no estaban donde las había dejado. Sin embargo, esto no me infundió miedo, me importó bien poco. Volvería descalza, pisando hierba, tierra y piedras, prolongando un poco más mi contacto directo con la natura. El vestido se me pegaba incómodamente y ya estaba muy cansada, así que emprendí el camino de vuelta a casa, abandonando aquel paraíso secreto y a sus moradores, mientras el ciervo, la luna y demás criaturas observaban curiosos mis pasos.

lunes, 17 de marzo de 2014

El fin del principio, el comienzo del final.

Creo que no hace falta que diga mi nombre.
Todo el mundo sabe cómo soy, y cómo me llamo. Todo el mundo me ha visto alguna vez.
Pero cuando camino entre la gente, nadie me mira. No sienten mi presencia, no estoy ahí.
Caminan estresados con sus prisas y agobios y me pegan empujones al pasar, como si saco de boxeo, o algo que se tuviera que golpear.
Soy invisible.
Ya me he acostumbrado a ello, no me es tan incómodo.
Solo busco a la gente cuando me es necesario.
No me gustaba quedarme mucho tiempo en un mismo sitio, y siempre andaba viajando sin parar, de un lugar a otro, visitando gente y lugares nuevos. Soy un ser errante, un puñado de arena en el viento, una nómada.
La gente se empeña en decir que soy mala, malvada. Esos calificativos al principio me dolían y me herían, pero con el tiempo me acabaron haciendo gracia. Cuando me miro al espejo, solo veo dos pozos de enigma remarcados con un toque de cansancio –estoy siempre trabajando-. Mi pelo es largo, larguísimo, y negro como el azabache. Soy muy huesuda,mis costillas forman una jaula de pájaros muertos, mis pómulos están tan marcados que parece que se me van a escapar, y mis piernas son dos enclenques pilares que sujetan la estructura total de mi cuerpo. Suelen decir que soy un esqueleto,pero yo me veo bien.Igualmente, mi físico no me preocupa. Nadie se fija en él.
Siempre me acompaña un olor. No sé cómo es, pues yo no puedo notarlo,pero ellos sí. Y se apartan. Y tienen miedo. Así que supongo que el olor será asqueroso o desagradable.
Todo iba bien, era feliz con mi existencia sin rumbo fijo. Hasta ese día.
Nunca voy a poder olvidar ese día. Cuando le vi por primera vez.
Yo vagaba por una calle cualquiera de una ciudad cualquiera, cuando le vi.
Tan guapo, tan sonriente, tan despreocupado. Tan vivo.
Por supuesto, no me vio. ¿Cómo iba alguien como él a fijarse en alguien como yo? Pues claro que no.
A mí me encandiló al instante, y no pude sino quedarme congelada en el sitio admirando su figura perfecta, la luz de su mirada, su forma de caminar. Físicamente parecía una figura de mármol,
Esculpida a cincel y pluma,pero fue su aura lo que me hipnotizó. Un alma pura,es lo que era.
Deseaba que ese muchacho fuera mío,fusionarme con él,tomar juntos el camino…besarle…
Sí, sé lo que me vais a decir. Me había obsesionado tontamente,lo reconozco. Pero en ese momento no era consciente de ello. Lo único que sabía es que ese chico iba a ser mío y no iba a esperar.
Igualmente, aparcando a un lado mis rabiosas ganas de él, yo no podía hacer nada. Yo era invisible y no me podía acercar. Simplemente, no podía.
Así que le seguí, y acabé descubriendo muchas cosas. Descubrí dónde vivía, y que iba todos los días a una facultad de la zona.
Me había enamorado, me había enamorado y no podía hacer más que amarlo desde lejos.
Cada día, durante mucho, y cuando el trabajo me lo permitía, me sentaba en un banco cercano su facultad a verlo cuando salía de clase.  Pasaron los meses, y él parecía cada vez más lejano a mí.
Todo había sido una estúpida fantasía mía. ¿Cómo me había dejado llevar de esa manera? Ya no era una cría para pensar en todas esas tonterías. No recordaba la última vez que había llorado. Por eso a lo mejor mis lágrimas me supieron tan amargas y dolorosas al resbalarse por mis mejillas.
Una chica caminaba a su lado, cogida dulcemente de su brazo. Hablaban de cualquier tema banal y estúpido, y se miraban embelesados a los ojos. Unos gestos tan normales y corrientes,tan bonitos como patéticos, empapados de una empalagosidad que roza la náusea. Y sin embargo, era algo inalcanzable a mi mano.
Cuánta rabia. Cuánto odio. Cuánta repulsión.
Recogí mi dignidad y mi orgullo destrozados del suelo (¡menos mal que nadie se había dado cuenta!) y enfilé calle abajo, hacia donde el viento me llevara, en busca de un nuevo destino.
Tuvo que pasar mucho tiempo para que yo volviera a pensar en él. Cuando has vivido lo que yo y hayas sido testigo de los horrores de los que he sido yo, te das cuenta de que la vida no es sino un suspiro, y sería egoísta (¡y tanto!) por mi parte tomar su mano y hacerlo venir junto a mí.
Qué costumbre tan estúpida y mundana aquella de medir el tiempo. Qué más dará. Para mí todo es igual,independientemente de si es lunes o sábado, enero o agosto, un año u otro. Siempre igual.
Puedes pensar que es alguna macabra maldición,pero yo me lo paso muy bien.
Un día (¡qué maravilloso día!) mi suerte cambió.
Yo me hallaba contemplando desde un alto puente el horizonte neblinoso y el río gris. O a lo mejor no estaba allí. A lo mejor me lo imaginaba todo y nunca me separé de él, puede que estuviera rondándole todo ese tiempo. Quién sabe.
El caso es que el gris de la superficie me recordó a sus ojos, grises como guijarros. Fue un recuerdo doloroso, como derramar sal en una herida abierta. Y dolió. Ya creo que dolió.
La cabeza empezó a latirme dolorosamente, como si fuera una naranja que una mano de hierro hubiera estrujado. Cuando el dolor se desvaneció,ya no estaba contemplando el río desde aquel alto puente. Me encontraba en un lugar que me resultaba vagamente familiar. Pasaron un par de segundos para caer en la cuenta de dónde estaba. ¡Estaba cerca de la facultad de aquel chaval del que me encapriché tan estúpidamente! Lo que no entendía era qué me había llevado hacia allí.
No me hizo falta investigar mucho. En mitad de la calle había formado un gallinero incesante de personas histéricas y asustadas, que, sumadas al estruendo de ambulancias y sirenas de policía, delataban a los hechos por sí solos. No tuve que preguntarle a nadie, pues su magnetismo me llamaba. Él estaba dentro de la ambulancia. Había sido atropellado de forma muy violenta y se lo llevaban al hospital, a intentar patéticamente salvar su vida.
Mi querido Romeo, atropellado. Debía estar junto a él. Sin embargo, no estaba asustada. Todo iba a salir bien.
Avancé serena hacia el vehículo y me colé justo cuando iban a cerrar la puerta. Allí estaba él, inconsciente, conectado a infinidad de tubos, y siendo trasteado y toqueteado por un puñado de médicos que intentaban maniobras para mantenerle atado a la vida y que, por supuesto, no repararon en mi presencia. Pobrecito, mi pequeño. Aún así seguía siendo hermoso.
No me gustaba verlo así, era angustioso. Quería ahorrarle el sufrimiento.
Me hice un hueco entre los técnicos, que se apartaron un poco (quizá de lo asqueroso de mi olor) y le tomé suavemente la mano ensangrentada. Él abrió los ojos súbitamente, como si hubiera sido poseído por algo o alguien, y me miró. Su mirada rebosaba terror.
Independientemente de eso, ¡podía verme! ¡Él me podía ver, había dejado de ser invisible, al fin! Una sensación tibia de gloria y felicidad brotó en mi interior. ¡Podríamos ser felices al fin!
-¿Qué…es…lo…que...quieres?- me preguntó con voz débil y entrecortada. Los médicos pensaban que comenzaba a delirar y se gritaron órdenes más frenéticamente. –Quiero que no lo pases mal. Quiero que seas mío- le respondí, con voz dulce, y acaricié su mano. Podía sentir su pulso, acelerado, como un caballo que galopa desbocado.
Me agaché, situándome a su lado, y le tomé el mentón con la punta de mis dedos. Por fin, después de tanto tiempo, lo besé. Fue un beso largo,pude saborear la suavidez de sus labios y su dulce sabor a miel. Pude notar cómo el dolor abandonaba su cuerpo, su frecuencia cardiaca se acompasaba, sus músculos se relajaban, y cuando me incorporé para mirarlo, sus ojos estaban limpios de miedo y pesar. Los médicos chillaban desesperados e intentaban todo cuanto podían. Mi amado era ajeno a todo este espectáculo. –¿Quién….eres?- me preguntó, esta vez con curiosidad en vez de miedo. –Soy tu dama. Has pensado en mí muchas veces. Estamos hechos para estar juntos. Te amo, desde hace mucho tiempo. Yo soy tu final y tu principio. Yo soy….-titubeé un poco, siempre es difícil decir esto- la Muerte.

Y dicho esto me llevé su alma de la mano, mientras los electrocardiogramas dibujaban líneas rectas infinitas y un estallido de pitidos tomaba el pequeño espacio de la ambulancia, y nos alejamos, lejos de allí, cada vez más lejos, lejos para siempre…

jueves, 13 de marzo de 2014

Las manos.

Me abruma la belleza del cuerpo humano,
la profundidad del iris,
el sedoso cabello
la espalda arqueada y suave
sus curvas eran olas, su cuerpo en sí un mar
yo solo el náufrago o quizá el capitán
que quería conquistarlo entero.
Pero no había parte más bonita en ella
que bonitas eran sus manos.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Aquel 24 de diciembre.

Paseábamos en silencio, pero no resultaba incómodo, más bien al contrario, encuentro muy confortable poder estar con alguien sin mediar palabra y que el resultado no sea un sosiego incómodo que pida ser rellenado con tonterías, así que yo, estaba como pez en el agua.
Faltaban tan solo unas pocas horas para la Nochebuena y el centro de la ciudad estaba vacío, desierto, fantasma; era como si fuera solo nuestro, y nosotras dos fuéramos las dos únicas habitantes de aquel lugar sólo por unas horas. Bueno, nosotras, y un par de melancólicos que salieron a deambular por las solitarias calles, escapando un poco del bullicio de estas fechas, porque no tienen nada que celebrar, o porque preferían pasarlo a solas consigo mismos.
Le conté muchas cosas. Me gustaba hacerla guardiana de secretos que nadie más conocía. Le hablé de cómo el día me había parecido tímido aquella mañana. Tímido, expliqué, porque no estaba muy nublado, se adivinaba luz entre las nubes claras, pero era como si el sol no se atreviera a salir completamente. Era el tipo de día calmado que precedía o presagiaba una tormenta. Un día, que cualquiera hubiera calificado simplemente como "poco nublado", sin pararse a mirar un poco el horizonte y todas las emociones que este encerraba.
Le gustó mi comparación, y a mí me encantó que le gustara.
Y me leyó un cuento suyo, y deseé que, si algún día llego a ser madre, consiguiera hacer volar la imaginación de mis hijos con relatos así.
Me encantaba pasar las tardes con ella. Podía sentir su energía, su fuerza. Era un alma alegre y vibrante, era amor, y sobretodo, vida. Por eso, cuando se te acercaba, podías notarte más ligera, cómo tu sangre fluía mejor, cómo sonreías sin darte cuenta.
Hablaba, y te hacía feliz. Te animaba, y veías cómo tu futuro se teñía un poco del color verde de la esperanza, en vez de negro o gris.
Era una llama que nunca se apagaba, una luz que nunca se iba, y así brillaba, relucía, y nos deslumbraba a todos con su esplendor.

jueves, 21 de noviembre de 2013

El escondite.

La casa de mi abuela era grande, era un caserón lleno de corrientes de aire que silbaban amenazadoramente. Y además de enorme, era una construcción bastente antigua, con unas instalaciones eléctricas bastantes simples y rudimentarias, que solían fallar con bastante frecuencia. A pesar de todos estos pequeños defectos, mi abuela amaba su casa. Y yo amaba a mi abuela, por tanto, yo sentía esa iviendo como si fuera mi propio hogar. Mis padres, cuando yo era pequeña,tenían ambos trabajos muy importantes, por lo que no tenían apenas tiempo para mí. Por eso, yo siempre estaba en casa de mi abuela y allí me crié, en aquella edificación que me vio crecer, con mi abuela como segunda madre y con sus deliciosas tazas de chocolate amargo como mayor satisfacción en las tardes frías de invierno.
Como he mencionado antes, la luz de su casa se iba de forma frecuente y repentina, y mi abuela, para que no tuviera miedo a la oscuridad, me enseñó el juego del escondite. Cuando las luces se apagaban, yo tenía que ir corriendo a esconderme mientras ella contaba hasta 100.Luego, mi abuela recorría toda la casa hasta que daba conmigo. Solía tardar en encontrarme, pero si me hallaba antes de que la luz volviera, me cogía en brazos y me llevaba en volandas a sentarnos enfrente de la chimenea, donde nos quedábamos abrazadas hasta que se hiciera de nuevo la luz. Me sentaba en su regazo y me acariciaba el pelo, y a veces me sumía en un dulce sueño a causa de sus caricias, y del suave calor del fuego. Cuando abría los ojos, la luz había vuelto, y un delicioso olor a chocolate caliente inundaba la estancia.
Al principio, cuando tan solo era una renacuaja, me aterraban esas partidas de escondite, y solía entrarme el pánico y me quedaba paralizada en medio de un ataque de miedo, pero con el tiempo fui cogiéndoles el gusto, y el miedo se desvanecía al pensar en el dulce final que los oscuros episodios solían tener. Cada vez me buscaba lugares más recónditos y enrevesados de la casa para esconderme y era capaz de recorrer todos los pasillos, moverme por las habitaciones y subir y bajar escaleras en la más absoluta oscuridad sin hacer ni el menor ruido, ya que mis ojos se acostumbraron a ver en la negrura y acabé memorizándome los caminos a base de la costumbre de jugar. La abuela no me prohibía entrar a ningún cuarto, por lo que su hogar no tenía secretos para mí. Había muchísimas habitaciones. Algunas eran acogedoras. Otras olían a antiguo y estaban llenas de muebles cubiertos de polvo y sábanas blancas que ya empezaban a amarillear. Recuerdo que en un par de cuartos no había nada. Yo pensaba con frecuencia que estaban llenas de fantasmas y que por eso no había muebles. Aún con todo esto, yo no dejaba que ninguna habitación me atemorizara, y me escondía en todas. Mi favorita era una del tercer piso. Siempre que me escondía ahí, la abuela tardaba más que de costumbre en encontrarme, porque no le gustaba nada subir allí. Pero nunca me dijo el por qué. La abuela era una mujer alegre, de felicidad contagiosa, con la que se podía hablar horas y horas. Sin embarho, por el propio bien, era mejor no mencionarle algunos temas, porque se cerraba totalmente en banda, y si insistías, te mandaba al dormitorio, y si se iba la luz, no había juego, y eso sí que era escalofriante.
El hecho que marcaría mi vida para siempre ocurrió cuando yo acababa de cumplir 8 años. Mis padres tenían que acudir a una importante cena de negocios una noche, por lo que me llevaron en coche a la casa de la abuela, como era normal. Cuando bajamos del vehículo, la abuela os estaba esperando en el porche. Su postura era extraña y rígida, y tenía la mirada perdida. Se la notaba ausente, como si estuviera lejos, en otra parte. Cuando me acerqué a ella me abrazó y fingió que todo estaba bien, para que yo no me diera cuenta, pero ya era tarde.
Papá y mamá se fueron, y yo me quedé a solas con ella. Yo, que disfrutaba y guardaba cada segundo con mi abuela como si fuera un tesoro, era presa de un mal presentimiendo, una mala sensación que me incitaba a echar a correr y no quedarme aquella noche. Pero me convencí a mí misma de que tan solo eran tonterías mías. Apenas hablamos, tan solo estábamos sentadas en el fuego, en compañía de un silencio sepulcral, solo interrumpido de vez en cuando por el crepitar de la madera al arder.
Finalmente, el momento que yo llevaba temiendo llegó, y la luz se fue. Primero yo no me moví del sofá,porque pensaba que a la abuela no le iba a apetecer jugar ese día, pero cuando no me vio levantarme ni echar a correr, me increpó con voz nerviosa que fuera rápido a esconderme. Inquieta, empecé a moverme en la oscuridad. Estaba tan inquieta, que no pensaba con claridad, y no sabía adónde me dirigía. Acabé en la habitación vacía del tercer piso. Cuando entré por la puerta, dejé de tener miedo, como si hubiera un filtro que atrapase el temor al entrar allí. Me senté en el suelo y me dispuse a esperar a que me encontraran.
No sé cuánto tiempo aguardé. Al cabo de un buen rato caí en la cuenta de que me encontraba en el cuarto que nunca pisaba la abuela, y que sería difícil que me encontrara allí. Asomé la cabeza por la puerta para comprobar si seguía contando, porque yo había perdido la noción del tiempo. No oí su voz, pero si oí pasos, pasos que se acercaban, y al mismo tiempo, el terror me paralizaba los sentidos. Volví corriendo adentro mientras pegaba un portazo, y de nuevo la misma sensación de calma hizo que me tranquilizara y que me adormeciera lentamente. En ese momento no controlaba lo que estaba haciendo, estaba a merced de algo extraño y no era consciente de lo que podía pasar. El sueño finalmente me venció y me acurruqué, quedándome profundamente dormida.
Me despertó a la mañana siguiente mi madre, en medio de un ataque de ansiedad. Nunca la había visto tan asustada. Me preguntó dónde estaba la abuela y yo le conté lo de la noche anterior. Papá también estaba muy nervioso. Y la abuela no estaba. Por aquel entonces supuse que se había cansado de buscarme, y que por la mañana temprano se había ido a misa o al mercado o algo así. Rápidamente, me llevaron a casa en coche. En el camino, ninguno hablaba. No respondían a mis preguntas. Seguramente no me estaban escuchando. Mamá llevaba puestas unas gafas oscuras muy grandes y papá conducía sin apenas pestañear, con los ojos muy fijos en la carretera. Me dejaron en casa de la señora García, la vecina, y volvieron a irse. La señora García era una mujer medio portuguesa, ya entrada en años, que tenía una casa continua a la nuestra y que olía siempre a col hervida. La señora García estaba enterada de las cosas, porque me trataba con mucha dulzura. Pero yo no. Supongo que hay cosas que no se le cuentan a una niña de ocho años. Recuerdo que pasé mucho tiempo en compañía de la señora García, porque apenas veía a mis padres. Al cabo de algunos meses, por fin me contaron lo que había sucedido. Mi abuela había desaparecido la noche en que dormí en su casa, tiempo atrás. No la habían encontrado. No faltaba ninguno de sus objetos personales. Tampoco habían hallado pistas de que alguien hubiera entrado por la noche en la casa o la hubiera secuestrado o matado. Así que era un misterio sin resolver.
Pasaron los años, y no volví a pisar la casa de mi abuela. Mi personalidad cambió mucho. Me volví una niña solitaria y taciturna, que nadaba constantemente en sus propias lágrimas y no salía ni al tranco de la puerta. Desarrollé también un profunda fobia a la oscuridad, por lo que tenía que dormir por la noche con lamparitas y luces infantiles. Por suerte, conseguí superar ese miedo gracias al psicólogo y a las infinitas sesiones.
Una noche, mis padres debían asistir a un congreso, así que me quedé sola, en mi cuarto, leyendo un libro muy interesante que acababa de empezar. De repente, la luz empezó a parpadear, y se apagó. Aunque guardaba un trauma desde la desaparición de mi abuela, las citas con el psicólogo me habían enseñado a no dejarme dominar por el pánico, así que me tranquilicé, y fui a comprobar la caja de los plomos. Efectivamente, estaban bajados, así que los subí, pero las luces seguían sin encenderse. Volví a mi dormitorio a por algo para alumbrarme, y encendí una vela. Cuando la mecha prendió, descubrí encima de mi libro una nota. La nota, escrita con letra muy rudimentaria, rezaba: "Ya te he entontrado, mi niña, ahora te toca a tí." Lejos de asustarme, una sensación de paz interior que me resultaba vagamente familiar empezó a crecer en mi interior, y sentí como si una fuerza invisible tiraba de mí y me obligaba a cerrar los ojos. Lo último que noté, antes de desmayarme completamente, fue como la vela se apagaba y unos pasos se acercaban a la puerta de mi habitación.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Carpe diem.

Hablo de princesas que se hartaron de estar encerradas en torreones y salieron a batallar como fieras guerreras; de cuadros que se aburrieron de estar día tras día colgados, de libros que se cansaron de permanecer cerrados durante largas eternidades y de muchachos que no aguantaron más con la máscara de dureza puesta, que se rompió cual cascarón de huevo, ¡ellos también lloran!
Me refiero a estatuas que, tras muchos años, acabaron encontrando tedioso el hecho de ser simple mobiliario urbano y que los transeúntes pasaran al lado suya sin pararse a pensar cómo ni por qué fueron levantadas, Tan solo, que están ahí.
También puedo mencionar las amistades que en su momento juraron ser eternas, así como los amores, y hoy no son más que viejas uniones entre desconocidos, cuyos nombres y caras apenas recuerdan ya.
Bailarinas que acabaron deprimidas por no poder hacer otra cosa que dar vueltas en su cajita por el resto de sus vidas sin que nadie apreciara la delicadeza de sus movimientos ni la belleza de sus formas, o fotografías que acababan volviéndose amarillas a causa del paso del tiempo o de tantas miradas indiferentes que recibieron desde que fueron impresas; impresas para informar, alegrar, o entretener, y fueron perdiendo esa ilusión, al no recibir más que miradas indiferentes, carentes de emoción.
Lo que quiero decir con todo esto, no es sino que el tiempo pasará y hará mella en nosotros, lo queramos o no, pero lo que sí está a nuestra elección es si debemos aprovecharlo o no, ya que solo nosotros podemos hacer de un día corriente el mejor de nuestra vida, o solo un día más del calendario.

viernes, 2 de agosto de 2013

Cuando quieres gritar pero algo ahoga tu voz.

Son altas horas en la madrugada, tu recuerdo me había mantenido despierta, hasta que llega el momento en el que el sueño empieza a acogerme en sus brazos, y decido entregarme a él.
Pero era tal el calor que sentía y la sed que me consumía que decidí deambular por última vez en la oscuridad que envolvía mi casa, que quise salir a por algo de agua para refrescarme y saciar mi seca garganta.
Salí al corredor, lóbrego y amenazador, pero, dado mi mala costumbre a los paseos nocturnos que he desarrollado en lo que va de verano, no consigue asustarme. Dirijo la mirada a la habitación donde mi padre duerme plácidamente y escucho, con tranquilidad, sus ronquidos.
Al instante, el eco de algo inquietante contrasta con el sonido de la respiración de mi padre: un golpe en el armario, pasos, como si mi padre hubiera despertado de sopetón. Pero sigue resoplando en sueños, y mi primera reacción, empapada en pánico, es huir silenciosamente a mi dormitorio, ya que sabía que no debía dejarme dominar por el miedo, las consecuencias podrían ser peores.
Cierro la puerta suavemente, me dejo caer en la cama, diciéndome a mí misma que todo habían sido imaginaciones mías, que bien mi padre podría haber golpeado la mesilla de noche o algo, que no pasaba nada, que no había nadie más que él y yo en la casa. Casi acorde iba pensando esas cosas, un sonido nuevo me llega que reconozco fácilmente: la puerta de la cocina cerrándose de un portazo. “Seguro que es el viento, cálmate”, insisto, me niego a pensar que hay alguien o algo más, no quiero creerlo, la simple idea hace que el miedo me cale hasta los huesos.
Con el acelerado bombeo de mi corazón bloqueando mis pensamientos, noto como me dejo dominar por el terror ante la continuación inminente de los sonidos sospechosos.  Mi falta de fuerza, de coraje y de algún objeto con lo que defenderme juegan en mi contra, y no me queda otra que permanecer asustada en mi habitación, esperando, deseando, que sea lo que sea el elemento, o elementos que han causado el ruido cesen, que si ha sido una macabra broma de mi subsconsciente, ya haya sido suficiente.
Quiero salir a explorar, pero, ¿y si fuera la última vez que cruzase la puerta de mi dormitorio? ¿Y si no regresase? Parece una idea tan lejana y estrambótica que no llego a planteármela realmente.  No sé que me hace temblar más, si la idea de algún extraño que ha entrado a mi hogar en busca de dinero u objetos de valor, o alguna presencia más…sobrenatural.
Con el corazón en un puño y cruzando los dedos con la otra mano, salgo al pasillo y prendo la luz, con la idea de que algo de ayuda me proporcione la valentía y seguridad que me faltan.Utilizando mi teléfono como linterna, penetro en el dormitorio de mi padre mientras noto como un sudor frío me empapa la espalda. Con placidez, compruebo que mi progenitor sigue descansando y no hay nadie más, así que, algo intranquila, regreso a mi habitación. No me arriesgo a bajar al piso de abajo, así que ahí termina mi simple inspección, si podemos llamarla así.
Quiero gritar, despertar a mi padre de su sueño, decirle que he oído algo o a alguien, pero, ¿qué haría él sino enojarse conmigo o quizá, burlarse?
Supongo que ahora lo que debo hacer es intentar calmar a mi corazón, que palpita desbocado, como si él también intuyese el peligro, y autoconvencerme  de que todo ha sido un mero producto de mi imaginación, que no será mi última noche, y que duerma sin miedo.

Decirlo será fácil, realizarlo, no creo. Dulces pesadillas.