Hay una criatura que plañe en la oscuridad.
Yo la oigo sollozar en mitad de la noche, cuando las horas son inciertas y el mundo se pone en ralentí.
Pero nadie más.
Quizá esta ha sido la tragicomedia más breve que se ha escrito jamás. Esta vez he estado yo sola en el inmenso auditorio vacío, sentada en una butaca de terciopelo rojo, sin más público que me rodease, sin aplausos ni sollozos en los momentos más tristes. Pero esta vez he contemplado la función en lugar de representarla. Probablemente me sabía tan bien el guion, con cada punto y cada coma, que me escapé de mí misma y floté por encima del polvo de estrellas y la ceniza.
Total, ¿qué más da? Es la misma historia de siempre. Un vodevil que vuelve a empezar en el instante en el que acaba.
Se abre el telón, eternamente blanco. En el primer acto hay flores. Sobre el escenario se abre un abanico de camelias rosas. Hay casitas pintorescas, que parecen de cuento de hadas.
En el segundo acto comienza a nevar, y la ventisca marchita sin piedad todo lo bello que había brotado. Llueven cristales rotos, trozos de figuras de porcelana de vivos colores, y esquirlas rojas de algo indefinido que podrían ser corazones. El escenario empieza a arder, y una suave música comienza a sonar en el momento en que las llamas empiezan a lamerlo todo a su paso.
Tercer acto: ya no queda nada. La música se ha ido por donde vino y el silencio envuelve el escenario como un manto de frío y rubíes. La Ceniza hace una reverencia ante el público.
Cuarto acto: Lázaro irrumpe en escena. Le entrega a la Ceniza un ramo de camelias rosas. Ella le planta en la mejilla un casto beso con sus labios negros y le coge del brazo.
Salen de escena y la obra llega a su fin. El telón blanco tapa el escenario y cubre el destrozo y la miseria.
No aplaudo, nadie aplaude. Ni siquiera lloro; no me da la gana.
El telón se mueve de nuevo y la obra vuelve a empezar. Seguirá siendo idéntica, una y otra vez.
Las flores que mueran hoy, mañana volverán a nacer. Ya no quiero que haya pájaros anidando bajo mi ventana.
(me seguirán rompiendo el corazón, y yo seguiré llevando en mi cara el frío de las 6 de la mañana.)
sábado, 30 de mayo de 2020
miércoles, 18 de marzo de 2020
Pobre la primavera
Pobre la primavera sin nadie que la contemple.
(No te podemos apreciar, primavera, estamos ocupadas.)
Las rosas ya se han abierto en un abanico de esplendor de
cálidos colores. Pero no hay nadie para admirarlas y acariciar sus suaves
pétalos, tersos como la seda.
Robándole tiempo al tiempo (suplicándoles una tregua a las
arañas negras que trepaban por mis paredes) y burlando al buitre que vuela
trazando círculos sobre nuestras cabezas (o quizá el mismo buitre ya estaba
burlándome a mí), escapé de la cárcel de almohadones descolgándome por una
ventana y deambulé de puntillas por unas calles desiertas y extrañas, como si
alguien las hubiera puesto recientemente, llevándose aquellas que tan bien
conocía.
Y pasé al lado de las rosas sin tocarlas. Me limité a mirarlas
desde una distancia prudencial, como todo en este momento. Las margaritas
salvajes también reclamaban mi atención. En circunstancias normales habría cogido
alguna y me la habría puesto en el pelo, como hago siempre. Pero no. Hay que
guardar la distancia de seguridad, y no tocar nada. Como en un cuento donde la
bruja ha envenenado el bosque entero y los árboles se convierten en trampas mortales.
Algo así caracteriza los días. Pero la diferencia es que no es un cuento, ni el
argumento de una película. Es real, aunque no podamos creerlo.
Duna tiraba de mí, queriendo reanudar el camino. Pasearla
era la justificación; salir al exterior y tomar cuantas bocanadas de aire
fresco fueran posibles, el verdadero motivo. El parque, vacío, aguardaba tras
los barrotes que lo custodiaban. No lo decía –no podía decirlo- pero yo sabía
que extrañaba a los niños y niñas que cada tarde jugaban en él. Ya no había
nadie que pudiera correr o saltar, nadie que se subiera a los columpios o se
deslizase por el tobogán. Sólo los gatos que caminaban lánguidamente por allí, observando
un mundo prácticamente desierto, como amos y señores de un parque que ahora les
pertenecía por completo.
Cuando regresábamos a casa, se abrió sobre nosotras el telón
de nubes, revelando un atardecer de acuarela en tonos pastel. Pobres los cielos
de pintura antigua, contemplados ahora desde ventanas y balcones. Puede que el
atardecer hubiera sido siempre así de bello y yo no hubiera sido capaz de apreciarlo.
Pero cuando lo divisé, volviendo de aquel paseo breve y escueto, me pareció una
de las cosas más bonitas que he tenido la oportunidad de ver. Hubiera hecho las
delicias de cualquier impresionista. Invitaba a pasear y envolverse de todos los
aromas que flotaban en la calle como cientos de perfumes tenues; invitaba al
amor, a cogerse de la mano, al abrazo y la caricia (pero no, no se puede. Los
besos están prohibidos y es impensable tocarse). Imaginé el mismo cielo tras la
Alhambra, en el Paseo de los Tristes. La Alhambra está vacía, por fin la hemos
dejado en paz. Sólo alberga el silencio y la naturaleza casi indómita que
desborda sus jardines y nadie puede contemplar.
Espera, primavera. Quizá no muy tarde podamos salir.
Quizá cuando salgamos tú todavía sigas aquí.
Espera, por favor. No te vayas. Espera, primavera…
martes, 26 de noviembre de 2019
No se me olvida
No se me olvida que en esta casa vacía una vez hubo niños correteando, desfiles de moda con la ropa vieja que mi prima y yo nos encontrábamos en los armarios y muchas tardes de frío extremo. La mejor forma de combatir dicho frío era haciendo palomitas de microondas y apalancándonos todos frente a un televisor que nunca se apagaba.
No se me olvida que por estas escaleras me caí con 11 años y me partí la pierna, o que en esa habitación tan gélida antes el fuego ardía en el hogar, y nos apiñábamos alrededor porque no teníamos nada que hacer. A mí me gustaba tirar papeles a la chimenea y contemplarlos arder. Pero a mi abuela le molestaba y siempre me regañaba por ello.
No se me olvida que por las mismas calles en las que hoy no se ve ni un alma, los niños y niñas del pueblo nos tirábamos las noches jugando. Ni las batallas campales con globos de agua que mis primos y yo librábamos los días de verano en la plaza. Nos hacía falta muy poco para convertir cualquier rincón del pueblo en un parque de juegos. Era increíble lo mucho que se desbordaba la imaginación y la creatividad de cualquiera que fuera allí.
No se me olvidan las dos onzas de chocolate con almendras que mi abuela sacaba del cajón y me daba cada vez que yo se lo pedía. O de esos rosquillos interminables que siempre guardaba en la alacena y siempre ofrecía a cualquiera que pasara por su casa. La puerta estaba invariablemente abierta, a la manera tan tradicionalmente típica de los pueblos que hoy ya no se ve. En este pueblo las puertas ya se han cerrado.
No se me olvidan las excursiones al Barrio, que no era un barrio, sino una parte del bosque. Nunca entendí por qué todo el mundo lo llamaba, pero así era. Cuando venía el calor, metíamos los pies en el agua gélida (cuando había cauce en el río, que no siempre). En primavera, correteábamos entre los árboles y trepábamos por las piedras mientras nuestras madres recogían collejas en un bancal cercano. A veces, rebaños de ovejas irrumpían súbitamente y en un parpadeo invadían la zona. No nos hacían ni caso, pues iban a beber a un abrevadero que había, pero nos asustábamos igualmente.
A veces, cuando volvíamos de allí, mi prima y yo nos adentrábamos en el cementerio y recogíamos los ramos de flores que yacían tirados y abandonados en el camino. Nos las llevábamos a casa de la abuela y a ella no le gustaba nada. La verdad es que la comprendo, y no entiendo en qué estaba pensando, pero para justificarme diré que tenía unos 7 añitos. Supongo que siempre he tenido un lado un poco tétrico, no me escondo.
No se me olvida la voz de mi abuela Carmen, los rulos rosas que se ponía o cómo se arreglaba cuando cada año llegaban las fiestas patronales. Del "¿y tú de quién eres?", y de verla rodeada de las vecinas y otras señoras, sentadas en el banco de su puerta las noches estivales. Ahora ese banco está vacío y nadie ha vuelto a llamarme "prenda" desde entonces.
No se me olvida el día en que mi tía nos llevó a mi prima y a mí al pueblo minero abandonado. Tengo un recuerdo muy lejano y borroso de aquello, pero lo conservo en un lugar muy preciado de mi ser. No he podido volver desde entonces, pero el querer visitarlo es una idea que me obsesiona. Tampoco se me olvida aquella tarde de otoño, pateándonos el monte en busca de níscalos. Llenamos varios cubos, pero la tierra estaba húmeda y resbaladiza y me vi varias veces rodando ladera abajo. Cuando fuimos a venderlas, no las quisieron por estar estropeadas, y yo me pillé un berrinche descomunal. Tanto fue así, que no probé los níscalos ni volví a salir en busca de setas hasta el año pasado, que en una temporada muy prolífica de setas mi madre consiguió arrastrarme con ella al monte para que buscáramos níscalos. Fue un momento mágico, a solas ella, la montaña y yo. El silencio nos envolvió como un manto. Pareció que en ese instante el mundo se detuvo y no existió nada más.
No se me olvidan las tardes de toros, que eran los días grandes de las fiestas de septiembre. Yo odiaba asistir a aquello y me sentía totalmente fuera de lugar (por mucho que tuviera que ir todos los años), pero me gustaba el ambiente festivo, los pasodobles que tocaba la banda municipal y sentarme al lado de mi tía abuela Encarna. Siempre he adorado a esa señora, que decía que yo era una muñeca de porcelana china y me lo sigue diciendo ahora, que la visito con 21 años. Cuando era pequeña, iba a su casa y nos tirábamos la tarde en el brasero, viendo Juan y Medio. Merendaba galletas maría con colacao, y tenía una perra a la que yo misma puse nombre con 6 años, Negri. El día que me enteré que Negri había muerto (ya tenía yo los 17), no pude evitar sentir que el capítulo de mi infancia finalmente se cerraba.
No se me olvidan todas esas cosas, ni tantas otras que guardo en el tintero y en rincones desperdigados de la memoria. Y es por eso que cada vez que vuelvo a Lanteira, siento que retrocedo en el tiempo y hago silenciosamente un recorrido por mis recuerdos con la nostalgia asida a mi brazo. Y me pongo triste y feliz a la vez. Supongo que rememorar siempre conlleva ese tipo de efectos.
No se me olvida, no. Nunca podría.
No se me olvida que por estas escaleras me caí con 11 años y me partí la pierna, o que en esa habitación tan gélida antes el fuego ardía en el hogar, y nos apiñábamos alrededor porque no teníamos nada que hacer. A mí me gustaba tirar papeles a la chimenea y contemplarlos arder. Pero a mi abuela le molestaba y siempre me regañaba por ello.
No se me olvida que por las mismas calles en las que hoy no se ve ni un alma, los niños y niñas del pueblo nos tirábamos las noches jugando. Ni las batallas campales con globos de agua que mis primos y yo librábamos los días de verano en la plaza. Nos hacía falta muy poco para convertir cualquier rincón del pueblo en un parque de juegos. Era increíble lo mucho que se desbordaba la imaginación y la creatividad de cualquiera que fuera allí.
No se me olvidan las dos onzas de chocolate con almendras que mi abuela sacaba del cajón y me daba cada vez que yo se lo pedía. O de esos rosquillos interminables que siempre guardaba en la alacena y siempre ofrecía a cualquiera que pasara por su casa. La puerta estaba invariablemente abierta, a la manera tan tradicionalmente típica de los pueblos que hoy ya no se ve. En este pueblo las puertas ya se han cerrado.
No se me olvidan las excursiones al Barrio, que no era un barrio, sino una parte del bosque. Nunca entendí por qué todo el mundo lo llamaba, pero así era. Cuando venía el calor, metíamos los pies en el agua gélida (cuando había cauce en el río, que no siempre). En primavera, correteábamos entre los árboles y trepábamos por las piedras mientras nuestras madres recogían collejas en un bancal cercano. A veces, rebaños de ovejas irrumpían súbitamente y en un parpadeo invadían la zona. No nos hacían ni caso, pues iban a beber a un abrevadero que había, pero nos asustábamos igualmente.
A veces, cuando volvíamos de allí, mi prima y yo nos adentrábamos en el cementerio y recogíamos los ramos de flores que yacían tirados y abandonados en el camino. Nos las llevábamos a casa de la abuela y a ella no le gustaba nada. La verdad es que la comprendo, y no entiendo en qué estaba pensando, pero para justificarme diré que tenía unos 7 añitos. Supongo que siempre he tenido un lado un poco tétrico, no me escondo.
No se me olvida la voz de mi abuela Carmen, los rulos rosas que se ponía o cómo se arreglaba cuando cada año llegaban las fiestas patronales. Del "¿y tú de quién eres?", y de verla rodeada de las vecinas y otras señoras, sentadas en el banco de su puerta las noches estivales. Ahora ese banco está vacío y nadie ha vuelto a llamarme "prenda" desde entonces.
No se me olvida el día en que mi tía nos llevó a mi prima y a mí al pueblo minero abandonado. Tengo un recuerdo muy lejano y borroso de aquello, pero lo conservo en un lugar muy preciado de mi ser. No he podido volver desde entonces, pero el querer visitarlo es una idea que me obsesiona. Tampoco se me olvida aquella tarde de otoño, pateándonos el monte en busca de níscalos. Llenamos varios cubos, pero la tierra estaba húmeda y resbaladiza y me vi varias veces rodando ladera abajo. Cuando fuimos a venderlas, no las quisieron por estar estropeadas, y yo me pillé un berrinche descomunal. Tanto fue así, que no probé los níscalos ni volví a salir en busca de setas hasta el año pasado, que en una temporada muy prolífica de setas mi madre consiguió arrastrarme con ella al monte para que buscáramos níscalos. Fue un momento mágico, a solas ella, la montaña y yo. El silencio nos envolvió como un manto. Pareció que en ese instante el mundo se detuvo y no existió nada más.
No se me olvidan las tardes de toros, que eran los días grandes de las fiestas de septiembre. Yo odiaba asistir a aquello y me sentía totalmente fuera de lugar (por mucho que tuviera que ir todos los años), pero me gustaba el ambiente festivo, los pasodobles que tocaba la banda municipal y sentarme al lado de mi tía abuela Encarna. Siempre he adorado a esa señora, que decía que yo era una muñeca de porcelana china y me lo sigue diciendo ahora, que la visito con 21 años. Cuando era pequeña, iba a su casa y nos tirábamos la tarde en el brasero, viendo Juan y Medio. Merendaba galletas maría con colacao, y tenía una perra a la que yo misma puse nombre con 6 años, Negri. El día que me enteré que Negri había muerto (ya tenía yo los 17), no pude evitar sentir que el capítulo de mi infancia finalmente se cerraba.
No se me olvidan todas esas cosas, ni tantas otras que guardo en el tintero y en rincones desperdigados de la memoria. Y es por eso que cada vez que vuelvo a Lanteira, siento que retrocedo en el tiempo y hago silenciosamente un recorrido por mis recuerdos con la nostalgia asida a mi brazo. Y me pongo triste y feliz a la vez. Supongo que rememorar siempre conlleva ese tipo de efectos.
No se me olvida, no. Nunca podría.
martes, 22 de octubre de 2019
La chispa adecuada
Casi no me quedan palabras que dedicarte. Ni ganas de escribirte. Las huellas que dejas cada vez son más débiles y se diluyen con mayor facilidad, como lágrimas en la lluvia.
La última vez fue diferente. Había algo distinto. No me refiero a las palabras ni a las formas -que al fin y al cabo acaban siendo siempre las mismas-. Fue algo casi imperceptible, que flotaba en el aire. Algo que, efectivamente, me decía que aquella vez sí iba a ser definitivamente la última.
Espero que el tiempo barra toda la ceniza que se nos ha quedado dentro. Que deshaga nuestros recuerdos y los estropee como fotografías antiguas. Y que llegue el día en que no nos recordemos el uno al otro y seamos felices y comamos perdices.
Fin
La última vez fue diferente. Había algo distinto. No me refiero a las palabras ni a las formas -que al fin y al cabo acaban siendo siempre las mismas-. Fue algo casi imperceptible, que flotaba en el aire. Algo que, efectivamente, me decía que aquella vez sí iba a ser definitivamente la última.
Espero que el tiempo barra toda la ceniza que se nos ha quedado dentro. Que deshaga nuestros recuerdos y los estropee como fotografías antiguas. Y que llegue el día en que no nos recordemos el uno al otro y seamos felices y comamos perdices.
Fin
martes, 24 de septiembre de 2019
Tenía que decirte...
Lo único que tenía claro en aquellos días frescos de verano floreciente es que él y yo teníamos que hablar. Día tras día le daba más vueltas al asunto,y con cada vuelta le conseguía dar un poco más de forma a mis palabras; a qué le quería decir y exactamente cómo. Sin embargo, y como siempre pasa en verano, el tiempo empezó a galopar y a escapárseme de entre las manos. Ora no encontraba el momento adecuado para tener tan delicada conversación (el clima entre nosotros había sido tan agradable, que temía estropearlo),ora me sentía poco capaz, indispuesta, o directamente sin muchas ganas de hablar.
Sin apenas darme cuenta llegó el momento de partir hacia el país abandonado, y cuando volví a casa, todo fue tan frenético que apenas tuve tiempo de respirar antes de subirme a otro pájaro de hojalata con destino hacia la isla esmeralda. Por supuesto, no hubo tiempo ni lugar para detenerse y conversar. En un intento un tanto patético por calmar mi desasosiego, me prometí a mí misma que en cuanto estuviese de vuelta, una de las primeras cosas que haría, antes incluso que dejar la maleta en el suelo, sería colarme en su habitación y hablar con él de una vez.
A lo largo de todo ese mes que estuve fuera le llegué a dar unas cuantas vueltas al asunto. A veces acudía a mi mente en los momentos más aleatorios y menos pensados: cruzando los prados para llevarle heno a los caballos, contemplando la lluvia torrencial irlandesa cobijada en la seguridad de la cabaña...
En el fondo no podía esquivar el presentimiento de que nunca llegaríamos a tener la dichosa conversación. Sabía que se me había acabado el tiempo, y había perdido todas las oportunidades que los días de julio me habían brindado.
Cuando terminé mi voluntariado en el refugio de animales y mi presencia en Irlanda dejó de tener sentido, me apresuré a coger un avión, con el corazón martilleándome la caja torácica y los pulmones encogidos por la ansiedad. Conseguí llegar a casa agotado el día, en una noche cálida que nada tenía que ver con las frías noches celtas salpicadas de estrellas y ruidos de animales a horas intempestivas. Subí corriendo las escaleras, todavía sacudiéndome el heno de la ropa, para encontrar,como me temía, su cama deshecha y su presencia aún flotando en el ambiente.
Se me había escapado. Esa misma mañana se había marchado, y no habíamos coincidido por una mísera cuestión de horas.
En ese momento brotaron en mi interior sendos sentimientos de impotencia y frustración. La peor parte de aquello es contemplar mis temores hacerse realidad ante mis ojos.
Pero en el fondo lo sabía. Lo llevaba sabiendo todo el verano.
Así que no me quedó otra que guardar todo ese tropel de palabras en una caja de madera, para que se conservara decentemente hasta que él regresara a casa. Tal era la necesidad que tenía yo de hablar. Todo aquello que necesitaba decirle no podía quedárseme dentro de ninguna de las maneras. Amenazaba con pudrirse, o pudrirme a mí, que era peor.
Ya hablaríamos. Por la H de mi nombre que lo haríamos.
Sin apenas darme cuenta llegó el momento de partir hacia el país abandonado, y cuando volví a casa, todo fue tan frenético que apenas tuve tiempo de respirar antes de subirme a otro pájaro de hojalata con destino hacia la isla esmeralda. Por supuesto, no hubo tiempo ni lugar para detenerse y conversar. En un intento un tanto patético por calmar mi desasosiego, me prometí a mí misma que en cuanto estuviese de vuelta, una de las primeras cosas que haría, antes incluso que dejar la maleta en el suelo, sería colarme en su habitación y hablar con él de una vez.
A lo largo de todo ese mes que estuve fuera le llegué a dar unas cuantas vueltas al asunto. A veces acudía a mi mente en los momentos más aleatorios y menos pensados: cruzando los prados para llevarle heno a los caballos, contemplando la lluvia torrencial irlandesa cobijada en la seguridad de la cabaña...
En el fondo no podía esquivar el presentimiento de que nunca llegaríamos a tener la dichosa conversación. Sabía que se me había acabado el tiempo, y había perdido todas las oportunidades que los días de julio me habían brindado.
Cuando terminé mi voluntariado en el refugio de animales y mi presencia en Irlanda dejó de tener sentido, me apresuré a coger un avión, con el corazón martilleándome la caja torácica y los pulmones encogidos por la ansiedad. Conseguí llegar a casa agotado el día, en una noche cálida que nada tenía que ver con las frías noches celtas salpicadas de estrellas y ruidos de animales a horas intempestivas. Subí corriendo las escaleras, todavía sacudiéndome el heno de la ropa, para encontrar,como me temía, su cama deshecha y su presencia aún flotando en el ambiente.
Se me había escapado. Esa misma mañana se había marchado, y no habíamos coincidido por una mísera cuestión de horas.
En ese momento brotaron en mi interior sendos sentimientos de impotencia y frustración. La peor parte de aquello es contemplar mis temores hacerse realidad ante mis ojos.
Pero en el fondo lo sabía. Lo llevaba sabiendo todo el verano.
Así que no me quedó otra que guardar todo ese tropel de palabras en una caja de madera, para que se conservara decentemente hasta que él regresara a casa. Tal era la necesidad que tenía yo de hablar. Todo aquello que necesitaba decirle no podía quedárseme dentro de ninguna de las maneras. Amenazaba con pudrirse, o pudrirme a mí, que era peor.
Ya hablaríamos. Por la H de mi nombre que lo haríamos.
martes, 17 de septiembre de 2019
viernes 13
Algo se ha roto, nada queda en pie,
los fantasmas se esconden en cada esquina.
El reloj marca las 5 de la madrugada
y en esta casa vacía nadie duerme.
La ansiedad que me aprieta el pecho me mantendrá
con los ojos abiertos esperando el peligro.
Esta noche hay tormenta eléctrica,
otra razón más para no dormir
(los truenos y los monstruos sacuden las puertas)
Y seré testigo de todo lo innombrable,
y me quedaré aquí hasta que ya no quede nada.
El viento recorrerá las habitaciones desiertas.
los fantasmas se esconden en cada esquina.
El reloj marca las 5 de la madrugada
y en esta casa vacía nadie duerme.
La ansiedad que me aprieta el pecho me mantendrá
con los ojos abiertos esperando el peligro.
Esta noche hay tormenta eléctrica,
otra razón más para no dormir
(los truenos y los monstruos sacuden las puertas)
Y seré testigo de todo lo innombrable,
y me quedaré aquí hasta que ya no quede nada.
El viento recorrerá las habitaciones desiertas.
miércoles, 31 de julio de 2019
Pictures of you (la noche en que se abrió la caja de Pandora)
¿Qué hubiera pasado si yo hubiera dicho las palabras adecuadas en el momento adecuado?
(Era la eterna pregunta que tanto me hice. Nunca acababa de desaparecer de mi mente. Se repetía una y otra vez. Siempre volvía en el momento menos pensado.)
¿Qué hubiera pasado?
Absolutamente nada.
Tardé tanto en llegar a esa conclusión, que parecía hasta ridículo. ¿Cómo podía no haber visto con claridad algo que era tan sencillo, tan ovio, y que había tenido tan a la vista?
No lo sé. Lo único que tuve claro es que yo no tenía, ni había tenido nunca, una varita mágica que pudiera arreglar lo que ya estaba más que tocado y hundido de un tiempo a esa parte.
La noche en que se abrió la caja de Pandora, yo llevaba un vestido gris. Nunca pensé que algo de color gris pudiera resultar bonito o favorecedor. Y sin embargo, ese vestido me quitaba todas las dudas, derramándose sobre mis hombros en delicadas olas de encaje y ciñéndose a mi cintura.
Esa noche estaba bonita, pero más importante aún: me sentía bonita. El día había estado envuelto en una brisa fresca y el verano aún se antojaba largo y lleno de sorpresas, que titilaban como luciérnagas en el horizonte.
Subí al último autobús para volver a casa, como una princesita volviendo a su castillo, y me senté en el primer asiento, el de siempre. Coloqué mi bolso en el regazo (qué raro se me hace esto de usar bolso) y las manos enguantadas de encaje negro encima.
Y entonces entraste tú.
La noche en que se abrió la caja de Pandora, yo me quedé petrificada, como si hubiera visto a todos los fantasmas del mundo corriendo en tropel para robarme el alma. No recuerdo si pestañeé, seguramente no. Como por arte de magia, numerosos engranajes empezaron a correr y a girar dentro de mí, activando un mecanismo que ya daba por obsoleto. Mil cosas se me pasaron por la cabeza. Y ninguna de ellas era girarme y mirarte.
Al pasar al lado mía, me miraste. Dos veces. Yo seguí con la mirada fija al frente, como si el coche que estaba aparcado delante del autobús fuera la cosa más importante del mundo. O como si en ese momento me hallara inmersa en complejas meditaciones sobre el origen del universo.
Cualquier invento menos pensar en que acababa de entrar en el bus la única persona que alguna vez me había roto el corazón.
(Dos veces.)
Y la caja de Pandora se abrió y se desparramaron fotos viejas y pañuelos bordados, canciones prohibidas y sentimientos atrapados en frascos con etiquetas que han amarilleado con el paso del tiempo. El polvo de estrellas se quedó flotando en el aire. Y sobre mi vestido gris, igual que aquel vestido azul, se derramó el perfume de los recuerdos que se acumulan en los áticos de las casas antiguas.
Cuántas cosas te hubiera dicho si no hubiera sido por el hecho de que tú y yo ahora hablamos idiomas distintos.
Rato después, cuando por fin llegué a mi destino y me apeé del autobús, noté que me mirabas otra vez. Y ni siquiera te dirigí la mirada cuando empecé a caminar por la acera, antes de que el bus arrancara de nuevo. Puede que pensaras que ni siquiera fui consciente de que estabas ahí. A decir verdad, creo que lo prefiero así.
Lo único que importaba era que la caja de Pandora había sido abierta de nuevo.
Y a ver quién era la persona bienaventurada que la conseguía volver a cerrar.
(Era la eterna pregunta que tanto me hice. Nunca acababa de desaparecer de mi mente. Se repetía una y otra vez. Siempre volvía en el momento menos pensado.)
¿Qué hubiera pasado?
Absolutamente nada.
Tardé tanto en llegar a esa conclusión, que parecía hasta ridículo. ¿Cómo podía no haber visto con claridad algo que era tan sencillo, tan ovio, y que había tenido tan a la vista?
No lo sé. Lo único que tuve claro es que yo no tenía, ni había tenido nunca, una varita mágica que pudiera arreglar lo que ya estaba más que tocado y hundido de un tiempo a esa parte.
La noche en que se abrió la caja de Pandora, yo llevaba un vestido gris. Nunca pensé que algo de color gris pudiera resultar bonito o favorecedor. Y sin embargo, ese vestido me quitaba todas las dudas, derramándose sobre mis hombros en delicadas olas de encaje y ciñéndose a mi cintura.
Esa noche estaba bonita, pero más importante aún: me sentía bonita. El día había estado envuelto en una brisa fresca y el verano aún se antojaba largo y lleno de sorpresas, que titilaban como luciérnagas en el horizonte.
Subí al último autobús para volver a casa, como una princesita volviendo a su castillo, y me senté en el primer asiento, el de siempre. Coloqué mi bolso en el regazo (qué raro se me hace esto de usar bolso) y las manos enguantadas de encaje negro encima.
Y entonces entraste tú.
La noche en que se abrió la caja de Pandora, yo me quedé petrificada, como si hubiera visto a todos los fantasmas del mundo corriendo en tropel para robarme el alma. No recuerdo si pestañeé, seguramente no. Como por arte de magia, numerosos engranajes empezaron a correr y a girar dentro de mí, activando un mecanismo que ya daba por obsoleto. Mil cosas se me pasaron por la cabeza. Y ninguna de ellas era girarme y mirarte.
Al pasar al lado mía, me miraste. Dos veces. Yo seguí con la mirada fija al frente, como si el coche que estaba aparcado delante del autobús fuera la cosa más importante del mundo. O como si en ese momento me hallara inmersa en complejas meditaciones sobre el origen del universo.
Cualquier invento menos pensar en que acababa de entrar en el bus la única persona que alguna vez me había roto el corazón.
(Dos veces.)
Y la caja de Pandora se abrió y se desparramaron fotos viejas y pañuelos bordados, canciones prohibidas y sentimientos atrapados en frascos con etiquetas que han amarilleado con el paso del tiempo. El polvo de estrellas se quedó flotando en el aire. Y sobre mi vestido gris, igual que aquel vestido azul, se derramó el perfume de los recuerdos que se acumulan en los áticos de las casas antiguas.
Cuántas cosas te hubiera dicho si no hubiera sido por el hecho de que tú y yo ahora hablamos idiomas distintos.
Rato después, cuando por fin llegué a mi destino y me apeé del autobús, noté que me mirabas otra vez. Y ni siquiera te dirigí la mirada cuando empecé a caminar por la acera, antes de que el bus arrancara de nuevo. Puede que pensaras que ni siquiera fui consciente de que estabas ahí. A decir verdad, creo que lo prefiero así.
Lo único que importaba era que la caja de Pandora había sido abierta de nuevo.
Y a ver quién era la persona bienaventurada que la conseguía volver a cerrar.
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