En ocasiones, fantaseo. No puedo evitarlo. Ya me conoces, a mí, y a mis maneras de eterna soñadora.
Y me imagino que de vez en cuando te dejas caer por aquí, te asomas a mi ventana. y te sonríes por dentro, al ver que sigo dando guerra de vez en cuando. Que ni tu frío ni mi cansancio han conseguido callar mi voz o desgastarme las palabras.
También incluso llego a imaginarme que me echas de menos. Y alguna que otra vez, hasta me lo creo.
jueves, 10 de noviembre de 2016
domingo, 6 de noviembre de 2016
Amigos para siempre.
A la gente le encanta hablar sobre la soledad. Escribir
sobre la soledad. Quejarse de la soledad. Alabarla.
Yo no puedo hablar sobre la soledad. Sencilla y lógicamente,
porque no tengo con quién. Estoy solo.
Por favor, por favor. No se compadezcan de mí. No me tengan
lástima. Hay personas sociables y personas que no, personas a las que se les da
bien estar rodeadas de otras personas, y personas a las que se les da mal. Y a
mí se me da mal.
Sea como fuere, llegó un punto en el que me ví tan
solitario, y con tan pocos amigos, que tuve que inventármelos.
Sorprendentemente, todo fue mejor a partir de esa decisión tan acertada.
Vivía sólo en un apartamento pequeño y sencillo. Sin
mascotas. Ya tenía de sobra con los 13 cactus repartidos por toda la estancia.
Pero no podía vivir de pasarme el día viendo crecer a mis cactus, así que me vi
obligado a buscar un empleo. Me pateé la ciudad mil veces: de arriba abajo, de
izquierda a derecha, en diagonal, de puntillas, y a la pata coja; pero no me
aceptaron en ninguna de las entrevistas. Creo que veían algo en mí que no les
convencía. No voy a mentirles, me suele ocurrir.
Un día, pasé por delante del Gran Teatro, interesado en
conocer el cartel de conciertos de la próxima temporada. El Gran Teatro es una
inmensa construcción de estilo neoclásico con una enorme cúpula, que, en
conjunto, intimida o asombra al espectador. A mí me encantaba dejarme caer por
el lugar. Me gustaba mucho sentirme minúsculo e insignificante al flanquear sus
puertas, que parecían engullirte y trasladarte a otra dimensión.
Bien, pues me hallaba absorto viendo los distintos carteles,
cuando un anuncio llamó por completo mi atención. Resulta que había un puesto
vacante como vigilante de seguridad en horario nocturno. ¿Era una broma? ¿Un
trabajo en un lugar que adoraba, sin nadie que me incordiase, en el que podría
disfrutar de muchísimas horas en la inmensidad y negrura de la noche? Sin
pensarlo dos veces, saqué mi destartalado teléfono del bolsillo y marqué el
número que adjuntaban debajo. Acordamos una entrevista al día siguiente. Estaba
tan nervioso y excitado, que apenas dormí esa noche. Para qué engañarnos, yo no
suelo dormir nunca.
· · ·
A la mañana siguiente, intenté arreglarme lo mejor que pude.
Tampoco quería ir hecho un pimpollo, y que no me creyeran capaz de resistir
noches y noches de silencio y oscuridad. Tenía que dar una imagen seria y
formal.
Al llegar allí, todo fue como la seda. Pude notar un deje de
desesperación en las maneras y en las voces de los entrevistadores. Me comía la
curiosidad, pero me pareció algo descarado preguntarles. Quería que vieran
delante suya a un vigilante de seguridad, no a una señora mayor y chismosa de
sala de espera de una peluquería.
Conseguí el puesto sin dificultad, instantáneamente, así que
me llevaron en un pequeño tour a revelarme la compleja red de sótanos,
bambalinas y pasadizos que se escondían en las entrañas del edificio.
Como mero espectador, nunca me hubiera podido imaginar que,
detrás de las lujosas butacas de terciopelo, detrás del impoluto escenario de
asombrosos decorados, detrás del fragrante vestíbulo y de los amplios pasillos
de rojas alfombras, había tantos cuartuchos oscuros, llenos de polvo y
telarañas, tantos rincones olvidados, ahora propiedad de las ratas que se
paseaban por allí como Pedro por su casa; y yacían, abandonados como muertos
sin funeral, tantos trajes y decorados viejos, con aspecto tétrico y fantasmal,
gracias al cruel paso del tiempo.
Todo eso me iba a encargar yo de vigilar. Y no hubiera
podido estar más contento.
Finalizamos la visita y me entregaron el uniforme, linterna
y llaves. Me encontraba en el vestíbulo, hablando con el personal, cuando me di
cuenta de que estaba siendo observado. Una viejecita fingía fregar el suelo,
mientras me miraba de reojo, con una mezcla de curiosidad y hostilidad en la
mirada. –Buenas tardes, señora- dije cortésmente, mientras me aproximaba a
ella.- Mi nombre es Thomas Spook. Soy el nuevo vigilante nocturno.
Como respuesta, la señora se limitó a mirarme de arriba abajo
despectivamente, intentando sopesar si yo era digno de sus palabras o su
tiempo. –Tu nombre no importa, muchacho.-¿muchacho?- No me va a dar tiempo a
aprendérmelo antes de que te vayas y abandones el puesto.
¿De qué estaba hablando esta vieja? Su insolencia empezaba a
irritarme. Pero decidí tirar por la vía pacífica. No me apetecía empezar con
mal pie.
-¿Ah, sí? ¿Y eso por qué?- pregunté, a lo que la anciana
respondió encogiéndose de hombros.-Nadie aguanta trabajando aquí. Supuestamente
es un trabajo demasiado duro.-dijo, y se rió con una carcajada seca, casi
estentórea. –Estoy seguro de que eso es porque hasta hoy no ha trabajado aquí
alguien como yo.-dije, inflando el pecho como el gallo más altanero de todo el
corral.-Ya lo veremos, chico, eso ya lo veremos…-respondió, mientras se alejaba
y volvía a reír con esas carcajadas de hojalata oxidada.
No le dí demasiada importancia a aquello. De todas formas,
tenía cosas más importantes en las que pensar en ese momento.
Mi turno empezaba a las 23, y terminaba a las 7, así que esa
misma noche fui a trabajar, temblando de la emoción. El uniforme me quedaba
demasiado holgado, y parecía más un adolescente larguirucho y flaco disfrazado
para una fiesta de Halloween, que un adulto yendo al trabajo. Llegué al Gran
Teatro cuando el resto de trabajadores se iba, agotados tras una larga jornada.
Lo primero que hice fue dirigirme a mi despacho, un cuartillo de escobas situado
en un pasillo escondido en medio de algún sitio. Me senté en la butaca con un
termo de café en la mano, y empecé a registrar los cajones. En uno de ellos
había una carpeta a rebosar, que abrí y empecé a revisar su contenido. Todo lo
que había allí eran fichas de los anteriores vigilantes. En total, había
quince. Quince vigilantes en lo que iba de año. Ninguno se había quedado allí
más de un mes. Tragué saliva nerviosamente.
Desde hacía un rato había dejado de oír al personal del
teatro. El reloj marcaba las 1 y 35 de la madrugada, hora perfecta para la
primera de mis muchas expediciones nocturnas. Cogí mi linterna y el manojo de
llave, y me zambullí en la densa oscuridad. Aquel silencio hubiera inquietado a
cualquiera. Pero era muy difícil que yo me asustara por algo. Me encontraba en
mi salsa.
La noche transcurrió en total tranquilidad. Esa noche, la
siguiente, la siguiente….la limpiadora se equivocó, eso era seguro. Yo estaba
hecho de una pasta diferente a todos los gallinas que habían pasado por el
puesto antes que yo.
Una ocasión, pasados algunos meses de que empezara a
trabajar allí, acudí a mi despacho, como era costumbre, con un capuccino
humeante con crema y mucha canela, justo como a mí me gusta. Alguien había
dejado algo en mi escritorio. Era un periódico viejo, de la década de los años
20, recién inaugurado el teatro. El titular denunciaba, escandalosamente, el
avistamiento de un espíritu en el lugar. Lo habían bautizado como “el fantasma
de la Ópera”. Qué sensacionalista me pareció todo. Sin embargo, aquello había
despertado mi curiosidad. Pondría más atención en mis rondas nocturnas.
Transcurrieron los meses sin que detectase ninguna anomalía,
ninguna pista que indicase que el “fantasma de la ´´Ópera” era algo más aparte
de una leyenda para asustar a los niños. Pero una noche, rompiendo el silencio
sepulcral permanente, escuché, en la lejanía, el goteo tímido de algún grifo
que se había quedado abierto. Ya me conocía el teatro como la palma de mi mano,
así que fui directo al baño, iluminando el camino con la linterna.
Cerré el grifo y no pude evitar el susto inicial al ver que
alguien había escrito un mensaje en el espejo: “estamos juntos en esto.” No me
hizo falta darme la vuelta. Sabía que estaba ahí. Quería que lo viera. Quería
que me acercara a él, que le hablara. ¿Cómo se habla con un fantasma?
Giré sobre mis talones, hasta quedar frente a él. No había
visto un fantasma en mi vida. El espectro gruñó y desapareció. Yo no estaba
asustado. ¡Estaba emocionado!
A partir de aquella noche, acudí con ilusión renovada a
trabajar. Notaba –no siempre se dejaba ver- al fantasma casi a diario, y nos
comunicábamos constantemente. Me contó que se llamaba Antoine, y que murió en
la construcción del teatro, cuando le cayó una viga en la cabeza. Yo también le
confié muchas cosas, y me acostumbré a su compañía. Pese a ser un ermitaño, no
podía evitar echar de menos a veces estar con alguien. Y él me confesó que
también se sentía muy solo. Me sorprendía lo mucho que nos parecíamos.
Al preguntarle por los demás vigilantes, Antoine me confesó
que, cuando uno no le gustaba o no le caía bien, por pura píllería, se dedicaba
a asustar al pobre infeliz hasta que este no podía más y dimitía.
No pude evitar reírme. Yo hubiera hecho lo mismo.
También me contó que la anciana limpiadora era su nieta, que
sólo contaba con unos pocos meses cuando él falleció.
De esa manera transcurrieron los años. Pero de repente, dejé
de ver a Antoine. Busqué a su nieta, pero tampoco pude encontrarla por ninguna
parte. Esperé y esperé, con la esperanza de que aquello sólo fuera un berrinche
del fantasma. Antoine era muy temperamental. Pero no volví a verlo nunca más.
Mi desesperación iba en aumento. ¡Antoine era mi mejor
amigo! Salí en su búsqueda, gritando y aullándole a la noche como un lobo
enloquecido. Apenas recuerdo lo que ocurrió. Me despertó el personal a la
mañana siguiente, yo había quedado enredado en un amasijo de telas rotas del
telón y sangre de alguna herida que me había hecho al tropezarme.
Me despidieron, por supuesto. Pero fueron muy amables
conmigo. Me ayudaron a trasladarme y a encontrar un nuevo empleo. Es en un
complejo enorme y luminoso. El resto del personal va vestido de blanco. Y tengo
mi propia habitación, desde donde les estoy escribiendo. Es grande y cómoda.
Aunque echo de menos a mis cactus.
Tengo que tomar pastillas varias veces al día. Todavía no sé
para qué.
domingo, 23 de octubre de 2016
La última vez.
La última vez que la vi estaba cansada. Aunque sonreía. Pero lo hacía con una sonrisa sutil, que te
deja entrever matices sólo perceptibles a los que afinan. Yo era de esos, de
los que afinaban. Pero tuve que afinar con cuidado, con alfileres, como un niño
que se mete un caramelo prohibido en el bolsillo y teme que alguien lo pille.
Justo así me sentía yo, mirándola de reojo, robándole segundos, con miedo de
tropezarme en su mirada. Tuve suerte, pues eso no ocurrió.
La última vez que la vi, seguía tan guapa como siempre.
Siempre me lo ha parecido, y sé que siempre me lo parecerá. Pero la suya es una
belleza especial, salvaje; de naturaleza indomable, de tormenta eléctrica y
bestia galopando en la inmensidad de la noche. Nunca me solía creer cuando le
decía todas estas cosas.
La última vez que la vi, reaccioné de la misma manera que
llevaba tiempo temiéndome reaccionar: de ninguna. No haciendo nada. Observando
cómo mi corazón se me escurría lentamente a los pies y formaba un charquito de
sentimientos inesperados y totalmente predecibles. Las palabras se volvieron
sonidos. Zumbidos. El barullo de una estática que se oye de fondo y a la que no
le prestas atención.
La última vez que la vi, seguía siendo la misma. Aunque todo
había cambiado. Las ventanas se habían tapiado. Las puertas se habían cerrado,
las llaves se habían perdido. Quizá ahora yacían olvidadas en el fondo del mar,
condenadas al olvido.
El mundo había seguido girando. Pero tuve que encontrármela
para poder darme cuenta de ello.
lunes, 17 de octubre de 2016
Ámbar
El café está frío, casi tanto como tus ojos.
No me mires, por favor. Me haces daño.
Cuéntame por cuál de los caminos te extraviaste para acabar justo aquí,
frente a mí,
con esas manos de madera y esa cara de cristal.
Yo te contaré, si quieres,
mis motivos para bailar de puntillas entre los silencios y el color de tus palabras.
Te contaré todo, pero no te diré nada.
Hay veces que no es necesario.
Se me rompen los cristales, y me tiembla la vida,
si me miras,
y el aire se me llena de avispas que no se ven,
de ecos que no se oyen
y de cosas que no se pronuncian en voz alta.
Deja los claveles blancos sobre la mesa,
que yo te daré por fin la paz,
tras abrir la ventana para que vuelen las golondrinas.
Lancé la moneda y me salió cruz.
No me mires, por favor. Me haces daño.
Cuéntame por cuál de los caminos te extraviaste para acabar justo aquí,
frente a mí,
con esas manos de madera y esa cara de cristal.
Yo te contaré, si quieres,
mis motivos para bailar de puntillas entre los silencios y el color de tus palabras.
Te contaré todo, pero no te diré nada.
Hay veces que no es necesario.
Se me rompen los cristales, y me tiembla la vida,
si me miras,
y el aire se me llena de avispas que no se ven,
de ecos que no se oyen
y de cosas que no se pronuncian en voz alta.
Deja los claveles blancos sobre la mesa,
que yo te daré por fin la paz,
tras abrir la ventana para que vuelen las golondrinas.
Lancé la moneda y me salió cruz.
miércoles, 21 de septiembre de 2016
Desatando lazos
Te dicen siempre que nunca dejes de sonreír. Que las chicas
tristes no son bonitas. Que nunca sabes cuándo alguien se puede enamorar de tu
sonrisa. Te lo repiten hasta la saciedad, llegando a convertir la tristeza en
un tabú. En algo que es necesario y casi obligatorio esconder, meter debajo de
la alfombra, porque ni es bonito, ni es atractivo. Y a la sociedad no le gustan
las cosas que no son bonitas o atractivas.
Estoy harta. Y estoy segura de que no soy la primera, y
tampoco seré la última. Estoy harta del optimismo artificial y edulcorado hasta
la náusea, de que te exijan una sonrisa aunque sea lo último que te apetezca en
ese momento. De que te digan lo que es bello y lo que es feo, lo que es válido
y lo que es inútil. Estoy harta de las apariencias, de los teatros y el jugar a
ser figuras de porcelana que no sufren, que no lloran, que nunca están de mal
humor y que no tienen días grises en los que solamente llueve y no hay espacio
para el sol.
“Las chicas están más guapas cuando sonríen.”
A lo mejor a las chicas les da igual lo que tú pienses.
Quizá saben que no les hace falta una sonrisa sujeta con alfileres en su
rostro, para serlo.
Quiero romper una lanza a favor de la belleza que se esconde
tras un silencio. Tras unos ojos tristes. Tras rasgos tan insignificantes y
característicos como un tic nervioso, la forma de caminar, de mirarse los
zapatos cuando se siente vergüenza, o el
brillo en la mirada cuando se habla de algo o alguien amado.
En resumen: a favor de todo aquello que no se incluye en el
saco de lo “socialmente estético”.
La belleza está en los ojos de la persona que mira. Pero no
dejes que nada ni nadie te indique nunca adónde debes mirar.
viernes, 2 de septiembre de 2016
Escarcha.
He perdido la cuenta de las veces que he rebobinado este
momento en mi mente. Tantas, que ya no estoy segura de si ocurrió de esta
forma, o mi memoria se ha encargado de alterar múltiples detalles. Sin embargo,
con el tiempo, y me alegro de poder
decir que ha pasado el suficiente como para no sentir dolor -tan sólo una pizca
de melancolía, pero creo que eso es normal, y hasta cierto punto, sano- dejé de
pensar en todo esto, quizá porque me sentí obligada a prestarle toda mi
atención a otros temas que me desgastaron cuerpo y alma por aquel entonces.
Aquel entonces. Como si hubiera transcurrido toda una vida,
en vez de algunos meses. Supongo que las brechas en corazón y memoria obligan a
esto, a tomar tanta distancia con el que se era y se tuvo que dejar de ser, que
todo lo anterior parece más propio de otra vida, o de un sueño que apenas se
recuerda.
Dio la casualidad de que todo esto pasó en el día más frío
del invierno. Disfrutábamos de un invierno más bien suave, pero ese día las
temperaturas descendieron mucho, seguramente porque sabían que ese día teníamos
programada una visita a la Alhambra. Se suponía que íbamos a aprender mucho, ya
que, a propósito de la asignatura, se nos iban a explicar distintas partes de
la Alhambra. Pero yo no recuerdo más que el frío que se me enroscaba en los
huesos, y que me sentía desnuda a pesar de que entre todas mis capas y prendas
de abrigo, un astronauta habría muerto abrasado. Me recuerdo tiritar entre los
bellísimos patios y palacios. Y en medio de un océano de recuerdos en el que me
hundía, por mucho que intentase mantenerme a flote. Cada recuerdo era un
fantasma frío y vengativo que revoloteaba a mí alrededor y se me clavaba como
una esquirla de cristal en la piel.
Con todo, creo que es razonable que tras la visita, tuviera
que estudiar la Alhambra por mi cuenta, al no haberme enterado de nada.
El “tour” gélido no fue lo peor de la jornada. Dentro de lo
que cabe, mantuve el tipo, o al menos lo intenté. Bailé con mucho cuidado sobre
una cuerda floja durante todo el día, balanceándome a un lado y al otro, pero
sin acabar de caer. Sin embargo, la última parada de nuestra visita me
precipitó al vacío de cabeza. Intenté evitarlo. De veras que traté de no caerme
al océano. Pero acabé ahogándome con mi propio mar de lágrimas mientras huía
cual fugitiva por los jardines de la Alhambra,
buscando un refugio en el que poder ponerme a cubierto.
Pero no hay un lugar inalcanzable para la memoria. Ni
siquiera en nuestros sueños estamos a salvo.
Esa tarde, pese al frío, me obligué a mí misma a salir a la
calle. Me daba la impresión de que llevaba conmigo un enjambre de avispas
enfadadas y tristes -tristeza e ira, la peor combinación de todas- y que, si me
encerraba en casa, terminarían por picarme todas. Y soy alérgica a las avispas.
Así que busqué distracción a mi congoja en la tarde hostil
del frío febrero granadino. Y curioseando estaba en una tienda,cuando alcé mi mirada del suelo, que fue a
chocar con la de mi profesor, el que nos había conducido por la Alhambra aquella
mañana. Yo aún seguía algo resentida con él. No quería visitar lo que desbordó
mi cubo de tristeza. Pero él insistió.
No era un mal tipo. Me llevaba muy bien con él, de hecho. Y
no conocía los motivos por los que yo no quería ir. Eso, antes. Alguien le dio
el chivatazo después de verme huir llorando como una bellaca.
Balbució unas palabras de disculpa. "De todas formas,
ojalá fueran eso todos los problemas del mundo, ¿no?". Mi respuesta fue
una sonrisa forzada. Seguramente, la sonrisa más forzada de todas las sonrisas
que he forzado nunca. En ese momento,
podía haberle dicho muchas cosas. Podía haberle dicho, por ejemplo, que estaba
teniendo conmigo el nivel de empatía de una patata. Pero no tenía ganas o
fuerzas de ponerme beligerante. No estaba solo, iba con él su hijita pequeña,
una niña monísima que me observaba con una mezcla de curiosidad y vergüenza,
medio escondida detrás del calor y la seguridad de su padre.
Él pensaba que yo sufría de males de adolescentes, que era
una jovencita joven, ingenua e inexperta. No le pregunté, pero no me hubiera
hecho falta. Me contemplaba con esa mirada compasiva, esa que dice “te queda
mucho por aprender.”
Es evidente. Y tenía razón. Claro que aprendería, claro que
me quedaban miles y miles de palos por darme en la vida –y peores que el que me
acababa de dar, de eso estoy segura-. Por eso no añadí nada.
Pero de una cosa sí estaba segura, y hubiera sido
irrebatible en el supuesto de que lo hubiera dicho en voz alta, que a punto
estuve.
Puede que no fuera tan malo lo que a mí me ocurría, o eso creía él. Pero me hubiera apostado lo que fuera, a que él todavía recordaba
la primera vez que le rompieron el corazón.
martes, 5 de julio de 2016
Nuvole Bianche
Me sentí un intruso, un ladrón, alguien que había allanado
una morada que no era suya, que había profanado un momento íntimo y perfecto al
que, sin ninguna duda, no pertenecía.
Ella estaba de espaldas a mí, pero conseguí alcanzar a ver
de refilón la expresión que cruzó su mirada cuando se dio cuenta de que no
estaba sola, de que yo la estaba contemplando en ese estado en el que se
encontraba. Si se avergonzaba o no de que la viera así es algo que nunca podré
afirmar.
No nos dijimos nada. Supongo que los dos nos dimos cuenta de
que cualquier palabra en aquel instante hubiera sonado estúpida, ridícula.
Ella se dio la vuelta hacia mí, de forma lenta y casi
elegante, girando sobre la punta de sus pies descalzos. Llevaba el pelo suelto,
alborotado, que, sumándolo al tono acaramelado de su cabello, le daba aspecto
de león. Su rostro estaba limpio, sin rastro de maquillaje. Y, si lo había
llevado, las lágrimas que sus ojos enrojecidos delataban, se habían encargado
de borrarlo.
La prenda que vestía le hubiera quedado ridícula a
cualquiera. Pero a ella no, por motivos que quizá nunca llegue a comprender. Se
abrazaba a su cuerpo un albornoz viejo de color lila, tan viejo y gastado, que
por algunas zonas ya no era morado, sino más bien blanco. Lo llevaba
entreabierto, por lo que podía insinuarse la ropa interior que se suponía (o
no) que ese albornoz debía esconder.
Pese a todo, no era una imagen erótica. Más bien, me
conmovió. Ella era así, tenía ese poder. No podía dejar de mirarla, y ella lo
sabía.
No me acerqué a ella. No quería tocarla. Supongo que fue la
magia del momento y la atmósfera cristalina que nos envolvía a los dos, pero
tenía la sensación de que, si me rendía a la atracción que ella ejercía sobre
mí y la tomaba entre mis brazos, la rompería como a una figura de porcelana, en
un acto de un egoísmo tan repugnante que la sola idea me causó una tremenda
repulsión.
Ella tampoco hizo ningún ademán de aproximarse a donde
estaba yo; se dedicaba a observarme con esa mirada tan suya, tan azul, tan
infinita , tan celeste y tan marina al mismo tiempo, pero tan de hielo que
congelaba para hacerte arder después, como si concentrase el mundo entero en
sus ojos y todos los elementos de la naturaleza en una sola mirada.
No suspiré, aunque no porque no quisiera hacerlo. Pero eso
hubiera sido demasiado de idiota enamorado, y enamorado quizá no era la palabra
que mejor definía mis sentimientos hacia ella.
Ella para mí era como el arte. De hecho, era arte, una obra
que nunca en mi vida podría cansarme de contemplar. Concentraba en sí misma la
serenidad de la arquitectura, la armonía de la escultura y toda la fuerza
expresiva de la pintura.
Sabía de sobra que, por mucho que la contemplase, nunca
llegaría a entenderla del todo; que para mí sería siempre un enigma sin
resolver, un rompecabezas al que siempre faltarían piezas. Y quizá era por ese motivo
que ella me gustaba tanto.
Volvió a girarse y se llevó el momento con ella: se llevó la
armonía, el silencio lleno de palabras mudas y suspiros reprimidos. Se llevó su
piel suave que no toqué, su rostro claroscuro que no llegué a acariciar. Se
llevó su pelo salvaje en el que no me perdí, y sus ojos de lluvia que me
dejaron seco y perdido en mis cavilaciones, mientras cerró de un portazo y
notaba cómo el silencio se hacía a mi alrededor y me envolvía, suave y pesadamente
a la vez.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)