viernes, 10 de junio de 2016

Me dijeron poeta

 Me dijeron bonita y no les hice caso. Seguramente el sonido de la lluvia en mi ventana una noche de invierno me hubiera resultado más agradable.
No es por ser desagradecida, ¡en absoluto! Las palabras  amables siempre son bienvenidas.
Puedo contar con los dedos de una mano y conseguir que aun así me sobren, las veces que alguien me ha dicho bonita y me lo he creído.

Pero una vez me llamaron poeta. Me llamaron poeta y admito que me acabé emocionando. Y, de todos los halagos que me han dedicado en la vida, ese es mi favorito.

No me gustan las personas que se denominan a sí mismas como "escritores" o "poetas"; pienso que has debido gastar mucho tus zapatos y tus bolígrafos como para adjudicarte un adjetivo de semejantes proporciones. Nunca me había visto a mí misma de esa manera, y creo que nunca lo haré.

La poesía no está hecha para ser bonita (aunque pueda tener una función estética). La poesía intenta transmitir, hacer sentir al que la lee. Y esa es una de mis mayores aspiraciones.

La belleza es efímera, aleatoria, caduca. No tiene ningún mérito ser bello o bella. Espera unos años y comprobarás qué queda de aquella guapura de la que un día te enorgulleciste.

Para hacer sentir hacer falta algo más. Hace años, quizá el chico más introvertido y tímido sobre la faz de la Tierra me dio las gracias por haber plasmado en palabras lo que él sentía pero era incapaz de expresar. Volé tan alto con aquella confesión, que casi me convierto en Ícaro y acabo con las alas fundidas.

Yo no quiero ser bonita. No quiero ser la belleza frágil que recubra una estructura vacía.
Yo quiero ser lo que inspire. Lo que mueva. Motivación. Apoyo. Fuerza.

Quiero ser la rosa más salvaje de todo el jardín. Esa que es casi más espinas que rosa, pero una rosa, al fin y al cabo.

Gracias, B.

miércoles, 4 de mayo de 2016

En un lugar de la Mancha...

Despertó, estirándose perezosamente. Se sentía ligeramente mal, le dolía todo el cuerpo, como si un ente maligno le hubiera convertido durante la noche en un ovillo de lana y ahora estuviese completamente enredado.

Se acercó al espejo, para poder observarse y quizá intentar arreglarse un poco, pero se dio cuenta de que este ya no estaba. Esa fue suficiente señal para darse cuenta de que había despertado en uno de esos días. Realmente, luego era imposible distinguir si había sido real o tan sólo un sueño, o recordar con detalle lo ocurrido, pero, cuando era un día así, no le quedaba más remedio que obligar a sus piernas a avanzar por el mundo, a vestirse con agallas, y a esperar,espectante, las nuevas de la jornada.

Hoy su identidad se había difuminado completamente. No era Miguel de Cervantes Saavedra. Era el ilustre hidalgo don Miguel de Quijote Saavedra.

Sobre la silla se hallaban sus vestiduras, junto a su lanza y su casco. Se vistió cuidadosamente, mirando de reojo su escritorio, sobre el que descansaban unas cuartillas adornadas con unos versos bucólicos que había escrito días antes,

La puerta estaba cerrada, pero nadie sabía qué le aguardaba detrás. Bien podía aparecer en el pasillo de su humilde morada, que en alguna posada, que en la cárcel, o en mitad de algún campo de Castilla donde unos molinos gigantescos le esperaban para batirse en duelo con él...

No quiso pensarlo más, así que cogió su lanza y abandonó el dormitorio. Su mujer se hallaba en la escalera (don Miguel suspiró, aliviado), como pudo suponer al llegarle su dulce voz en forma de una melodía que despertaría la envidia del ruiseñor más bello. Esta le oyó cerrar la puerta y se dirigió a él:

-¡Amado! Tienes visita, te aguarda en el comedor.

Temor e intriga abrazaron las entrañas del hidalgo-escritor. ¿Qué hora era? Por la luz que se colaba por los ventanales supuso que era temprano. ¿Quién había ido a visitarlo a su casa tan de mañana?
Curioso, se dirigió a la sala. Pasó al lado de su esposa, esperando que ella hiciese algún comentario sobre su indumentaria, pero no fue así. Se limitó a mirarle como si llevase toda su vida contemplando a su marido vestido de caballero andante, con lanza y todo.
Aunque, más bien, no parecía mirarlo a él, sino a través de él.

En la mesa del comedor encontró, dando buena cuenta de un plato de gachas de harina, al escudero Sancho Panza. Parpadeó un par de veces hasta darse cuenta de que lo que veía era real, que sus ojos no le estaban engañando.
¡Era justo como se lo imaginaba, justo como lo había descrito en su obra!

Sancho acabó de comer y eructó, justo antes de reparar en su señor, que lo contemplaba perplejo.
-¡Señor! ¡Mil perdones y buenos días! Tuve que venir tan temprano, que no me dio tiempo ni siquiera a desayunar, y la buena de su mujer me ha ofrecido este plato de gachas que me han sabido a gloria. ¿Quiere usted comer algo antes de que le exponga el motivo de una visita tan temprana?.-preguntó, mientras se limpiaba la comisura de los labios con la manga de su humilde y raída camisa.

Don Miguel de Quijote, que desde que despertó no había notado sensación de hambre alguna, negó con la cabeza, y tomó asiento en un taburete que había a la vera de Sancho. -Adelante, por favor. Cuéntame. ¿Qué ha ocurrido?-preguntó, intrigado. -Verá...señor. No van a gustarle las noticias, ni que le cuente todo de forma tan repentina. Le juro por Dios que, en cuanto me he enterado, he venido galopando a lomos de mi fiel mula a informarle. Resulta que su fama, según me ha llegado, se ha extendido tanto que ha llegado a conocerle un caballero (desconozco su nombre) a quien sus obras han ofendido tanto, que le ha retado a usted a un duelo.-dijo, con el semblante ensombrecido.

El corazón de don Miguel se encogió unos instantes. Él no sabía nada de duelos. Don Quijote quizá sí (al menos, algo más), pero él no. Además, ¿a quién podía haber ofendido tanto como para haberle desafiado de esa forma?
Puesto que no le quedaba otra opción que aceptar lo que sucediera ese día, hizo de tripas corazón y le respondió al escudero:
-Si eso es lo que desea, eso es lo que se hará. ¿Dónde se hará el combate, y a qué hora?.-dijo, enderezándose en el asiento, como un gallo envalentonado.-En la plaza del pueblo a las cinco de la tarde, señor. Todo el pueblo está avisado ya, por lo que todo el mundo se encontrará allí. Tenemos tiempo de pasear un poco e ir a almorzar a la fonda.-respondió Sancho, satisfecho.

La mujer de don Miguel, que sabe Dios cómo se había enterado de la noticia, apareció de repente:
-¡Yo os acompañaré! ¡Le machacarás, querido!
Con sus palabras dejaba claro que nadie conseguiría hacerla cambiar de idea, así que se pusieron sus capas y los tres salieron por la puerta.
Las calles estaban vacías, a excepción de un perro que caminaba errante, buscando una sombra en la que tumbarse, y el pregonero del pueblo, que comunicaba a viva voz, ayudándose de una campana, las últimas reformas que había llevado a cabo el rey Felipe II.

A don Miguel le inquietaba ese vacío que llenaba la calle. ¿Estaría todo el mundo ya en la plaza esperando el duelo, o es que en ese mundo en que había aparecido no existían más personas que aquellas a las que ya conocía?
Sumido en estas cavilaciones caminaba junto a sus acompañantes camino de los establos, que se encontraban cercanos a un prado, a visitar a su caballo Rocinante y a prepararlo para esa tarde.
Rocinante se encontraba en perfecto estado. Peinaron, entre los tres, sus crines, dieron brillo a su pelaje, y le cambiaron las herraduras por unas nuevas, menester que quedó relegado a Sancho Panza, pues un escritor y su esposa poco sabían de cambiarle las herraduras a los caballos.

Cuando hubieron acabado de arreglarlo, surtieron al animal de todo tipo de alimentos agradables a un paladar equino: manzanas, zanahorias, hierba, semillas....
Habían trabajado con tesón y los tres estaban cansados y hambrientos, por lo que, tras dejar al corcel en su establo, se encaminaron hacia la posada.
Estaba cerrando Sancho la puerta del establo, cuando, en el prado colindante, oyó don Miguel una risa clara y fresca como la primavera, y no pudo evitar dirigir la mirada hacia el lugar de donde provenía.
Rodeada de mariposas que bailoteaban a su vera, una niña pequeña y bonita reía y deslumbraba, eclipsando así al mismo Sol. Don Miguel ya la conocía, aunque no de esta forma su nombre. De hecho, aun sin conocerla, le había escrito un poema, una poesía que esa niña inocente que correteaba por la hierba nunca llegaría a conocer. Era la gitanilla. Su gitanilla.

Sancho y su esposa acudieron en su encuentro, sacándole así de su ensimismamiento. Se le colgó su mujer del brazo (don Miguel la sintió fría, como una estatua), y juntos llegaron a la posada. Estaba a rebosar de gente (una vez más, el hidalgo-escritor suspiró de alivio), como era normal a esa hora del día, pero encontraron una mesa vacía al fondo del establecimiento y se sentaron.
La mesera les tomó nota. Pidieron vino y varios platos de carne estofada con pan y queso (para algo estaban en La Mancha) y mientras esperaban, se enfrascaron en una conversación sobre la última obra del escritor. Este, sin embargo, no les estaba escuchando, puesto que toda su atención estaba concentrada en una hermosa mujer que se sentaba en la barra.
Al contrario de lo que pueda parecer, don Miguel no la observaba porque fuera agradable a la vista (bueno, no sólo por eso). Había algo más.

La mujer de la barra no era otra que Dulcinea del Toboso. ¡No podía ser! ¿O quizá sí? Tantas cosas surrealistas estaban sucediendo en el transcurso del día, que a esas alturas don Miguel estaba dispuesto a creer cualquier cosa, por extraña que pudiera parecer.
Pero ahí estaba, Alta, rubia, delicada, y terriblemente bonita, tan bonita y de apariencia tan efímera, que de pronto don Miguel sintió miedo de dejar de contemplarla, por si, al volverse para mirarla una vez más, acaso ella se hubiese esfumado.

Nada más aterrizar la comida en su mesa, sintió el hidalgo-escritor un deseo imperioso de acercarse a ella, más fuerte que el delicioso olor que desprendía la carne y los reproches de sus acompañantes al levantarse tan de repente.
Casi al trote, don Miguel se aproximó a la barra, pero no consiguió más que ver cumplido su temor, pues, cuando llegó, ella no había dejado más que su pefume.
Decepcionado, regresó a la mesa, y aunque no tenía hambre, se obligó a comer, pues no quería batirse en duelo con el estómago vacío. Al terminar, salieron de la fonda, y don Miguel no se sorprendió (pocas cosas podrían sorprenderle ya) al ver a Rocinante aguardándoles pacientemente en la puerta, preparado y engalanado con mantas y unas bridas y estribos dorados. Don Miguel se montó en su caballo y su esposa subió con él, y al paso, acompañados de Sancho Panza, se dirigieron a la plaza del pueblo.

Fueron acogidos con una fuerte ovación por parte de la multitud. El recinto se encontraba abarrotado, parecía acoger a los habitantes del pueblo y todos los pueblos cercanos.
De repente, todo el temor que don Miguel había sentido se evaporó, y, armándose de valentía, besó a su esposa, abrazó a su escudero, y se encaminó al misterioso caballero enemigo, que le aguardaba en el centro de la plaza.-¡DON MIGUEL DE QUIJOTE SAAVEDRA!.-exclamó una voz grave que se escurría a través de los orificios del yelmo.-¡Yo le reto a un duelo de vida o muerte! ¡Sólo uno de los dos podrá triunfar y lograr la fama y el reconocimiento eternos,sólo uno podrá escribir la Historia y ser eterno! La única condición, es que los dos combatiremos con estas lanzas que tengo aquí.-y le mostró a don Quijote dos lanzas iguales, plateadas y brillantes. La única anomalía de estas lanzas era la punta, a la que se había dado forma de pluma de escribir.-Acepto tu desafío.-dijo don Quijote, sereno.-Que gane el mejor.-murmuró, tomando una de las lanzas.

Los dos caballeros montaron en sus caballos y se prepararon para el ataque. Para intimidar a don Miguel, el caballero desconocido hizo que su corcel se alzase sobre dos patas, dándose así un aspecto más fiero, momento en que se le levantó ligeramente la visera del yelmo y don Miguel pudo conocer al fin la identidad de su enemigo.

¡Se trataba de Avellaneda!

Aprovechando el instante de confusión, Avellaneda arremetió, al galope, contra don Miguel, clavándole en el costado derecho la lanza estilográfica.
Lo último que vio don Miguel de Quijote Saavedra antes de perder el conocimiento, fue la herida de su costado, de la que manaba abundante sangre roja, roja escarlata, roja fuego...



Despertó, pero esta vez no se estiró. Miró alrededor con cautela, desconfiando de lo que se hallaba en la habitación.
Una vez seguro, se levantó de la cama y se dirigió al espejo, que esta vez sí se encontraba colgado en su lugar.
Se contempló. Tenía un aspecto muy cansado, como si acabase de volver de la guerra o de un largo viaje. Pero volvía a ser él. Miguel de Cervantes Saavedra.
Comenzó a quitarse la camisa con la que dormía, cuando percibió un dolor agudo. Se la quitó, completamente, y advirtió una cicatriz en el costado derecho.

Debería haberse asustado, o al menos, sorprendido.
Pero no lo hizo.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Y volamos.

A veces me rendí. Lo reconozco.

Tiré la toalla, me entregué completamente a ese odio que me consumía por dentro. Llegué a pensar que ese rencor me acompañaría siempre, que lo tendría que arrastrar toda la vida como a un lastre, y que nunca me dejaría ser completamente libre.

Me equivocaba. Y pocas veces me he alegrado tanto de equivocarme.

Supongo que el odio se acabó cansando de revolotear sobre mi existencia como un ave carroñera, ahuecó el ala, y simplemente se fue. Llovió mucho, y se diluyó con el agua de lluvia. Y no volvió.
No sé si fueron las circunstancias que me forjaron, o si realmente maduré, pero un día el tema apareció ante mí, se plantó delante de mis narices, como surgido de la nada (o lo sacaron a propósito, que tampoco es tan improbable). En otro momento me hubiera sacudido entera el huracán de la ira, embotándome los sentidos y la razón, pero me reí. Me reí. Y fue de forma totalmente franca y natural, sin pensarlo, sin plantearme si realmente me debía reír o no. Tan espontáneo  fue aquello, que provocó algunas miradas de intriga entre los que me rodeaban. Quizá estaban esperando que yo, al oír hablar de lo que ocurrió, hubiese agachado la cabeza, apretado los puños y girado la cara para que nadie pudiese ver mi semblante dolido, en vez de reírme a carcajadas, como si alguien acabase de contarme el chiste más gracioso del mundo. Quizá pensaron que estaba loca. Pero no estaba loca. Simplemente estaba feliz.

Y, entonces, me di cuenta de que era más ligera. Me había vuelto un poco más libre.

Fue en ese instante, en que fui capaz de reír de algo que no demasiado tiempo atrás casi me había matado de dolor, en que descubrí todo lo que había crecido como persona, en lo que la experiencia me había moldeado.
Esa risa abrió la puerta a un mundo  desconocido. Era el comienzo de algo nuevo, una página en blanco. Aunque, pensándolo mejor, más que una página en blanco, era un libro en blanco. Una novela larguísima esperando a ser escrita, a ser pensada, a ser narrada por mí.

Esa novela era yo. Una novela de millones de palabras entre las que, afortunadamente, la palabra “odio” no cabía.


-3:50 AM

jueves, 18 de febrero de 2016

Ojalá que el fin del mundo nos pille bailando.

Si me dejas darte un consejo, yo te recomiendo que bailes.

Sí, que bailes. Y no me vale la excusa de que no sabes bailar. Tampoco hace falta saber de qué va la vida para poder vivir.

Baila en cualquier sitio. A resguardo en tu habitación, con público o sin él, iluminado/a por el sol, o con la luna como testigo.

Baila como si no hubiera nadie delante, como si estuvieras a solas en medio de un escenario gigantesco, en un auditorio oscuro que tú tuvieras la obligación de encender con tu luz.

Muévete como si fueras una llama que necesitara crecer hasta convertirse en una hoguera. Fúndete al compás de la música. Como si no hubiese más momento ni más lugar que ese instante. Como si el mundo se acabara al final de la canción.

Baila descalzo/a, palpando el suelo, tocándolo con la punta de los dedos: el mármol frío, la madera suave, la arena, la hierba. Quítate los zapatos y siéntete volar,  nota cómo te elevas y te vas de este mundo por unos segundos.

No necesitas música para la danza. Deja que te mueva el dolor, el sentimiento, deja salir lo que te consume por dentro, conviértete en una jaula y deja libres a todos los pajarillos que mantenías cautivos.

No bailes para los demás. No bailes para nadie.

Baila para ti, única y solamente. Para impresionarte a ti, hazlo hasta llegar a un punto en que te maravilles, te superes, un punto que nunca imaginaste que podrías llegar.

Baila hasta quemarte, hasta consumirte, hasta agotar tus fuerzas, hasta quedarte sin aire; déjalo por el camino, en tus movimientos, en la fuerza dibujada en cada paso que has dado.

Baila y siéntete libre, porque quizá nunca llegues a serlo tanto como lo eres cuando bailas.


Ojalá, y sólo ojalá, que el fin del mundo nos pille bailando.

sábado, 6 de febrero de 2016

No cuentos, tampoco juegos.

Me gustan las cosas de verdad; qué le voy a hacer.

Me gusta el café de verdad, bien cargado y negro como el carbón, que puede llegar a saberte amargo si te quedas en su sabor. Ese café que podría resucitar a un muerto y mantenerte en pie toda la noche. Ese café al que te aferras un día frío mientras contemplas las nubes a través de los cristales.

Me gustan los besos de verdad, esos en que notas que el alma se te desborda y se te desdibuja, y te acaban mareando, pero mareando de felicidad; no esos besos de aire que no saben a nada, que son mecánicos y se mueven por inercia.

Me gusta llorar de verdad y sentir cómo lluevo por dentro y por fuera, cómo desahogo así los nudos que me comprimen el corazón, cómo hago real mi tristeza o mi dolor en forma de lágrimas que me manchan la cara.

Me gustan los amigos de verdad, que continúan a tu lado al pie del cañón y contra viento y marea, sin importar que tu pronóstico del tiempo indique tormenta, nieve, viento o sol. Esas amistades que no tienen en cuenta la distancia, pues, cuando vuelven a unirse, nada ha cambiado.

Me gusta reír de verdad, hasta quedarme sin aire y notar cómo mis pulmones protestan; hasta que me duelan las costillas, hasta que mi risa aguda y estrepitosa sobresalte a todos y me escudriñen con su mirada al no entender qué ocurre.

Me gustan los abrazos de verdad, esos que son más que simple contacto físico y transmiten lo que las palabras no llegan a alcanzar. Esos abrazos tras una ausencia prolongada, o de reconciliación (que son la paz tras acabar la guerra), o que simplemente dicen “te quiero.”

Me gustan las conversaciones de verdad, en las que también cabe el silencio, y aprendes sobre el interlocutor: la historia detrás de su canción favorita, por qué le brillan los ojos al hablar sobre esa persona, anécdotas de sus años en el instituto, el motivo de que se lleve así con su hermano, cuáles son los sueños que desea dedicarse a perseguir. Pero lo mejor de este tipo de conversaciones no es lo que se dice, sino precisamente lo que no, y esa persona te cuenta a través de sus gestos, de su mirada, de las palabras que se guarda sin saber muy bien por qué.

Me gustan los sentimientos de verdad; cuando no se reprimen y fluyen como un torrente que lo arrasa todo a su paso, porque de nada sirve reprimirlos ni convertir en un estigma algo tan natural como el sentir.

Me gusta dar de verdad, dar, aunque eso signifique la posibilidad de quedarme con las manos vacías. Apuesto todo a una carta, y pongo el corazón en su totalidad en lo que hago. Puede sonar arriesgado, y quizá, hasta temerario, pero así consigo sentirme bien, bien viva.

Me gusta la verdad;  aunque sea cruda, aunque duela tanto que consiga romperme el alma en mil pedazos. Nunca dolerá menos que una mentira.

Quizá digo todo esto, porque estoy cansada. Estoy cansada y aburrida de cuentos, de lo que aparenta ser y no es; de máscaras de cartón-piedra que se resquebrajan con tocarlas, de muros que no aguantan, de corazones que tienen miedo a romperse.


Los fantasmas ya no me asustan ni me fascinan. Ahora quiero cazarlos. Quiero atrapar las estrellas y subirme en la Luna para tirarme de cabeza. Quiero volar con unas alas tan grandes que me sirvan de abrigo y coraza. Por eso no necesito nada que me las pueda cortar.

viernes, 29 de enero de 2016

La niña que llora.

No seas tan llorica. No es para tanto. Eres muy borde.
No te pongas así. ¿En serio vas a echarte a llorar por esto?
No se puede ser tan sensible en la vida. Tienes que aprender a controlarte.
Tranquilízate. No llores. Qué malafollá tienes.

Soy una persona muy sensible. Y me siento orgullosa de ello.

Llevo toda mi vida siendo sentimental. Desde que tengo uso de memoria, recuerdo llorar por lo más mínimo y ser, muchas veces, reprendida.

Soy sensible. Pero sensible y débil no son sinónimos.

Cuando estoy triste, es como si la vida se me escurriera de entre los dedos y mis ojos, medio escondidos, observaran al mundo desde el fondo de una madriguera.
Cuando estoy feliz, me siento como la luz de la mañana, y tengo ganas de convertirme en una melodía clara, en un abrazo cálido, en una bandada de pajarillos o mariposas que revolotean surcando el cielo al comenzar la primavera.
Y cuando me enfado…cuando me enfado soy un incendio que asola todo a su paso, soy veneno, soy el humo que contamina el aire.

Suelo pensar que llevo las emociones a la máxima potencia. Y no ha sido fácil aprender que eso no es algo por lo que martirizarme, que no debería sentirme avergonzada por ello. Que llorar no es malo, y que nadie debería sofocarse por hacerlo.

Supongo que un día conseguí hacer las paces con esa parte de mí, aunque siento decir que no todo lo hice sola.

Me dijeron que hiciera un arma de lo que yo creía mi mayor flanco por el que recibir hachazos, mi mayor debilidad. No lo entendí. Y, aunque no lo comprendiera en el momento, esa idea prendió una llama que logró no sólo no apagarse con el tiempo, sino crecer, y hacerse más grande y poderosa.
Lo acabé entendiendo. Lo acabé deseando. Y me hice una promesa. Haría de mi corazón mi coraza, escucharía a mi instinto, y nunca más renegaría de mis sentimientos, me arrepentiría de albergarlos, ni trataría de reprimirlos, pues esa es de las peores traiciones que podría cometer contra mí misma, y ya tenía suficiente con todo lo que había hecho.

Lo acabé logrando.

Un día descubrí la existencia de un colectivo formado por personas que se denominan altamente sensibles, y se abrió la puerta de un mundo nuevo para mí. Fue como ver los primeros rayos de sol de después de una tormenta abriéndose paso entre nubarrones grises. Es difícil describir con palabras lo que sentí, pero saber que hay más gente como yo hizo que me sintiera todavía más en armonía conmigo y con mi forma de ser.

Gracias a mi sensibilidad soy quien soy.  Siento una necesidad de notarlo todo, sentirlo todo, experimentar todo lo que pueda y más. Reír, llorar, enfadarme; cuidar mi amor y aprender de mi odio. Leer los silencios e interpretar miradas y gestos. Deleitarme con lo que mis sentidos me puedan brindar. Destruir para volver a crear con las ruinas y edificar el comienzo de algo nuevo.

Que no me malinterprete nadie. No se trata de poner mis sentimientos por encima de los de nadie. Se trata, simplemente, de no ponerlos por debajo. Nunca más.


Soy una persona muy sensible. Y me siento orgullosa de ello.

martes, 25 de agosto de 2015

Día de playa.

El agua está helada, y al entrar en contacto con mi piel, un escalofrío recorre mi cuerpo. Pero no me importa, no es una sensación desagradable, es el tipo de frío que te despierta de una pesadilla.

Sé que me están observando, están mirándome con cautela por si me tropiezo o hago cualquier cosa para lastimarme. No me importa, me siento libre como un pájaro, yo soy un colibrí, y tengo ganas de batir mis alas.

Delicadamente, desato el lazo que me recogía el cabello, y lo dejo agitarse suavemente por la brisa marina. Con paso vacilante, comienzo a moverme con zancadas gráciles, de pequeña bailarina, a saltar entre las olas. Cierro los ojos, de verdad quiero sentir este momento. Soy una ninfa, soy una energía.
Puedo sentir cómo me fundo con la naturaleza, con la arena que estoy pisando y con el mar que me baña los pies.

Ejecuto una pirueta y me doy la vuelta. Desde aquí veo a mis hermanas, repartidas por toda la playa. Me ven, pero, al contrario de lo que pensaba, no me miran. Bueno, Milena sí me observa fijamente.

Le doy la espalda y sigo danzando mientras me adentro en el agua y noto cómo el frío me llega hasta las rodillas.






Hace una mañana espléndida, y me siento tan en paz conmigo y con el mundo…
Estoy en pie, en mitad de la orilla, mirando al horizonte, soñando despierta con convertirme en una pirata rebelde y surcar todos los mares.

Mis hermanas suelen decir que tengo la cabeza llena de pájaros. No me gusta esa expresión, suena a que tengo un montón de aves cautivas en una jaula. Yo, en cambio, las libero, las dejo cantar, y yo canto con ellas.

Mi hermana Gabriela se ha adentrado mucho. Tenemos que tener cuidado con ella, es la más pequeña y frágil. A mí me recuerda a un cervatillo perdido en la profundidad de un bosque.

Comienza a bailar, y yo siento como si el mundo fuera un tiovivo y empezase a girar. Se da la vuelta, me mira. No consigo descifrar su mirada. Me vuelve a dar la espalda y continúa su danza de espíritu marino.

Yo también quiero formar parte del paisaje. Doy un paso adelante y empiezo a cantar, elevo mi voz aterciopelada, que se funde con el gorgojeo de las gaviotas y el murmullo de las olas. Cierro los ojos y continúo cantando, con las manos en el pecho.

Alguien se acerca. No me doy la vuelta a ver quién es.
                                              





No sé si ha sido una buena elección venir a la playa. Pero claro, la idea ha sido de Mary, a Mary siempre se le debe hacer caso.

No me gusta el mar, él y yo nos repelemos mutuamente. En las montañas y los prados sí encajo, me gusta pensar que pertenezco a ellos, que mi lugar está entre robles, lobos, pájaros, ríos y flores. Cuando me miro en el espejo, mis ojos verde esmeralda y mi cabello rizado y de color caoba me confirman que soy más un espíritu montañés que una sirena.

No entiendo por qué me he traído el violín conmigo. Mi instinto me lo decía y lo hice por inercia, simplemente.

Mis hermanas están en la orilla. Gabriela está bailando, y Milena está parada como una estatua. No sé si Milena mira a Gabriela, o directamente está mirando a la nada. No me extrañaría, pues Milena vive en las nubes.
Oigo un sonido alejado, ahogado, casi un susurro. Milena ha empezado a cantar, pero aquí, desde donde estoy, apenas si puedo oírla. Me levanto de la toalla, y tomo mi violín con delicadeza, como si en vez de tener en mis manos un instrumento, cargase un cachorro, o a mi hijo. Y es que, a resumidas cuentas, más o menos, lo es.

Mi vestido de raso blanco acaricia la arena, y se moja cuando llego donde se encuentra Milena. Me oye llegar, pero no se gira. Coloco mi violín y las notas brotan como las primeras flores de una primavera tardía. No pienso en ninguna melodía en concreto, la música fluye sola. Estoy tocando una canción, la canción de Milena, el mar y yo, y siento cómo todo gira en torno nuestra por un momento.






                                               
El día es hermoso. Es tan hermoso, que no parece real. Más bien parece propio de un sueño o de una novela fantástica con nubes de algodón de azúcar y montañas de caramelo.
Pero es real. Tan real, que podría tocarlo con alargar el brazo; podría levantarme y participar en él.
Sin embargo, no quiero. No puedo.
Bajo de nuevo la vista hasta la novela que trato de leer. Me aburre ligeramente, este es uno de esos casos en que la realidad supera con creces la ficción. Intento concentrarme en la página, en las frases, en las palabras, en las  letras, pero no lo consigo. Sólo distingo un revoltijo de caracteres carentes de sentido.
Desfallezco, y oteo la playa, buscando el motivo de mi distracción. Tres de mis hermanas están metiendo los pies en el agua. Gabriela es la que se ha adentrado más, y baila. Se mueve como una veleta mecida por el viento, como si estuviera sola en el mundo, como si las olas, el mar, el universo, la vida y ella bailaran al mismo compás.
Milena está unos metros por detrás. Como siempre. Milena siempre está detrás de alguien, semioculta, intentando mimetizarse, pero brilla demasiado como para conseguirlo. El viento arrastra hacia mí el rumor de una melodía, y creo que Milena está cantando, pero apenas puedo oírla. Es una lástima, me encanta la voz de mi hermana, canta como si se hubiera tragado un ángel, o como si un ángel se la hubiera tragado a ella, quién sabe.
Valeria está avanzando lentamente por la arena. Lleva en las manos su violín, y su pelo del color de la sangre coagulada le cae suelto por la espalda, agitándose en el cielo estival como si fuera una bandera. Se está manchando el vestido blanco, pero seguro que le da igual. A Valeria todo le da igual. 
Comienza a tocar. Gabriela sigue bailando, y Milena sigue cantando también. Están improvisando, pero parecen piezas de un mismo engranaje, de una mecánica hecha de armonía ante la que me dan ganas de llorar. De alegría, de emoción, de pena, da igual. Pero llorar.
Me duele estar hecha de la misma materia que esas tres ninfas. Por mis venas corre la misma sangre, pero la mía no canta, tampoco baila, y menos, toca el violín.

No quiero seguir mirando.

Tomo impulso, y vuelvo a zambullirme en el agua estancada de palabras en las que me acabo ahogando
                                                             




Desde el montículo donde estoy situada puedo disfrutar de una panorámica deliciosa, y me afano en plasmarla sobre el lienzo con precisión, y pinceladas delicadas y pacientes. El sol brilla sobre mí, y me seco una gota de sudor que se desliza por mi sien.
Al principio, las chicas no quisieron venir a la costa, pero las acabé convenciendo, aunque me costara lo mío. Sobre todo a Valeria, con lo tozuda que es. No sé de quién ha heredado tanto carácter.

A Sofía no me fue difícil persuadirla. Últimamente parece tan débil y maleable…me preocupa. Cuando te mira, parece como si te estuviera mirando desde el fondo de su alma, y el  fondo de su alma fuera un rompecabezas con las piezas revueltas.
Me retiro unos centímetros para evaluar lo que estoy pintando. Parece un cuadro de mitología griega; una escena de ninfas en plena naturaleza, cantando, bailando, haciendo brotar mágicas melodías o haciendo cualquier extraordinaria cosa que se supone que hacían las ninfas.

Observar mi cuadro me hace feliz, pero al mirarlas a ellas, siento que el corazón va a estallarme en el pecho. Una oleada de amor y orgullo me recorre el cuerpo y tengo ganas de descender corriendo las dunas de arena para abrazarlas, pero yo no necesito formar parte, necesito ser aquella que convierta en arte un momento como este, así que cojo con cuidado un poco de pintura de mi paleta de color y continúo con mi trabajo.
Se levanta una suave corriente, que parece que mueve a mis hermanas como a un móvil de plumas. Hasta Sofía parece moverse.
Sonrío.



                                                
Empujo mi bicicleta y resoplo; hace mucho calor, y estoy agotado. El camino ahora mismo me resulta largo y duro, pero sé que en cuanto haya llegado a la pequeña playa de la bahía, todo habrá merecido la pena.

No mucha gente conoce este lugar, y quienes lo conocen, no suelen venir, pues cualquier persona normal preferiría bañarse en la playa colindante al paseo marítimo y al pueblo, que caminar 20 minutos por el acantilado para llegar a una playa cercana a un hotel abandonado, supuestamente peligrosa, y escenario de unas cuantas leyendas de viejas.
A mí me parece un lugar tan mágico, que desde que lo descubrí, es como si un hechizo me hubiera encadenado a él, y no pudiera dejar de acudir.

Conforme me voy acercando, oigo un murmullo. ¿Es eso un violín?

Llego a la colina que desciende hacia la orilla, y entonces las veo. Son cuatro chicas. No, son cinco. La quinta está en una loma a unos cuantos metros de mí.
Todas juntas forman un paisaje perfecto, un cuadro que debería estar expuesto en las paredes del mejor museo del mundo.

Una baila (la más pequeña de todas), otra canta, otra, la que tiene la apariencia más salvaje, toca el violín, otra, de mirada triste, las observa, y la quinta, la más mayor, lo plasma todo en un lienzo.


De repente, ya no tengo ganas de alcanzar la orilla, ni de tumbarme en la arena a observar las nubes pasar. No quiero estropear ese micro universo, esa red de seda que han tejido las chicas. Me siento mal por estar aquí, me siento un intruso, un invasor, así que vuelvo a subirme en mi bicicleta y me alejo pedaleando rumbo al pueblo, mientras una lágrima silenciosa se desliza por mi mejilla.