miércoles, 23 de marzo de 2016

Y volamos.

A veces me rendí. Lo reconozco.

Tiré la toalla, me entregué completamente a ese odio que me consumía por dentro. Llegué a pensar que ese rencor me acompañaría siempre, que lo tendría que arrastrar toda la vida como a un lastre, y que nunca me dejaría ser completamente libre.

Me equivocaba. Y pocas veces me he alegrado tanto de equivocarme.

Supongo que el odio se acabó cansando de revolotear sobre mi existencia como un ave carroñera, ahuecó el ala, y simplemente se fue. Llovió mucho, y se diluyó con el agua de lluvia. Y no volvió.
No sé si fueron las circunstancias que me forjaron, o si realmente maduré, pero un día el tema apareció ante mí, se plantó delante de mis narices, como surgido de la nada (o lo sacaron a propósito, que tampoco es tan improbable). En otro momento me hubiera sacudido entera el huracán de la ira, embotándome los sentidos y la razón, pero me reí. Me reí. Y fue de forma totalmente franca y natural, sin pensarlo, sin plantearme si realmente me debía reír o no. Tan espontáneo  fue aquello, que provocó algunas miradas de intriga entre los que me rodeaban. Quizá estaban esperando que yo, al oír hablar de lo que ocurrió, hubiese agachado la cabeza, apretado los puños y girado la cara para que nadie pudiese ver mi semblante dolido, en vez de reírme a carcajadas, como si alguien acabase de contarme el chiste más gracioso del mundo. Quizá pensaron que estaba loca. Pero no estaba loca. Simplemente estaba feliz.

Y, entonces, me di cuenta de que era más ligera. Me había vuelto un poco más libre.

Fue en ese instante, en que fui capaz de reír de algo que no demasiado tiempo atrás casi me había matado de dolor, en que descubrí todo lo que había crecido como persona, en lo que la experiencia me había moldeado.
Esa risa abrió la puerta a un mundo  desconocido. Era el comienzo de algo nuevo, una página en blanco. Aunque, pensándolo mejor, más que una página en blanco, era un libro en blanco. Una novela larguísima esperando a ser escrita, a ser pensada, a ser narrada por mí.

Esa novela era yo. Una novela de millones de palabras entre las que, afortunadamente, la palabra “odio” no cabía.


-3:50 AM

jueves, 18 de febrero de 2016

Ojalá que el fin del mundo nos pille bailando.

Si me dejas darte un consejo, yo te recomiendo que bailes.

Sí, que bailes. Y no me vale la excusa de que no sabes bailar. Tampoco hace falta saber de qué va la vida para poder vivir.

Baila en cualquier sitio. A resguardo en tu habitación, con público o sin él, iluminado/a por el sol, o con la luna como testigo.

Baila como si no hubiera nadie delante, como si estuvieras a solas en medio de un escenario gigantesco, en un auditorio oscuro que tú tuvieras la obligación de encender con tu luz.

Muévete como si fueras una llama que necesitara crecer hasta convertirse en una hoguera. Fúndete al compás de la música. Como si no hubiese más momento ni más lugar que ese instante. Como si el mundo se acabara al final de la canción.

Baila descalzo/a, palpando el suelo, tocándolo con la punta de los dedos: el mármol frío, la madera suave, la arena, la hierba. Quítate los zapatos y siéntete volar,  nota cómo te elevas y te vas de este mundo por unos segundos.

No necesitas música para la danza. Deja que te mueva el dolor, el sentimiento, deja salir lo que te consume por dentro, conviértete en una jaula y deja libres a todos los pajarillos que mantenías cautivos.

No bailes para los demás. No bailes para nadie.

Baila para ti, única y solamente. Para impresionarte a ti, hazlo hasta llegar a un punto en que te maravilles, te superes, un punto que nunca imaginaste que podrías llegar.

Baila hasta quemarte, hasta consumirte, hasta agotar tus fuerzas, hasta quedarte sin aire; déjalo por el camino, en tus movimientos, en la fuerza dibujada en cada paso que has dado.

Baila y siéntete libre, porque quizá nunca llegues a serlo tanto como lo eres cuando bailas.


Ojalá, y sólo ojalá, que el fin del mundo nos pille bailando.

sábado, 6 de febrero de 2016

No cuentos, tampoco juegos.

Me gustan las cosas de verdad; qué le voy a hacer.

Me gusta el café de verdad, bien cargado y negro como el carbón, que puede llegar a saberte amargo si te quedas en su sabor. Ese café que podría resucitar a un muerto y mantenerte en pie toda la noche. Ese café al que te aferras un día frío mientras contemplas las nubes a través de los cristales.

Me gustan los besos de verdad, esos en que notas que el alma se te desborda y se te desdibuja, y te acaban mareando, pero mareando de felicidad; no esos besos de aire que no saben a nada, que son mecánicos y se mueven por inercia.

Me gusta llorar de verdad y sentir cómo lluevo por dentro y por fuera, cómo desahogo así los nudos que me comprimen el corazón, cómo hago real mi tristeza o mi dolor en forma de lágrimas que me manchan la cara.

Me gustan los amigos de verdad, que continúan a tu lado al pie del cañón y contra viento y marea, sin importar que tu pronóstico del tiempo indique tormenta, nieve, viento o sol. Esas amistades que no tienen en cuenta la distancia, pues, cuando vuelven a unirse, nada ha cambiado.

Me gusta reír de verdad, hasta quedarme sin aire y notar cómo mis pulmones protestan; hasta que me duelan las costillas, hasta que mi risa aguda y estrepitosa sobresalte a todos y me escudriñen con su mirada al no entender qué ocurre.

Me gustan los abrazos de verdad, esos que son más que simple contacto físico y transmiten lo que las palabras no llegan a alcanzar. Esos abrazos tras una ausencia prolongada, o de reconciliación (que son la paz tras acabar la guerra), o que simplemente dicen “te quiero.”

Me gustan las conversaciones de verdad, en las que también cabe el silencio, y aprendes sobre el interlocutor: la historia detrás de su canción favorita, por qué le brillan los ojos al hablar sobre esa persona, anécdotas de sus años en el instituto, el motivo de que se lleve así con su hermano, cuáles son los sueños que desea dedicarse a perseguir. Pero lo mejor de este tipo de conversaciones no es lo que se dice, sino precisamente lo que no, y esa persona te cuenta a través de sus gestos, de su mirada, de las palabras que se guarda sin saber muy bien por qué.

Me gustan los sentimientos de verdad; cuando no se reprimen y fluyen como un torrente que lo arrasa todo a su paso, porque de nada sirve reprimirlos ni convertir en un estigma algo tan natural como el sentir.

Me gusta dar de verdad, dar, aunque eso signifique la posibilidad de quedarme con las manos vacías. Apuesto todo a una carta, y pongo el corazón en su totalidad en lo que hago. Puede sonar arriesgado, y quizá, hasta temerario, pero así consigo sentirme bien, bien viva.

Me gusta la verdad;  aunque sea cruda, aunque duela tanto que consiga romperme el alma en mil pedazos. Nunca dolerá menos que una mentira.

Quizá digo todo esto, porque estoy cansada. Estoy cansada y aburrida de cuentos, de lo que aparenta ser y no es; de máscaras de cartón-piedra que se resquebrajan con tocarlas, de muros que no aguantan, de corazones que tienen miedo a romperse.


Los fantasmas ya no me asustan ni me fascinan. Ahora quiero cazarlos. Quiero atrapar las estrellas y subirme en la Luna para tirarme de cabeza. Quiero volar con unas alas tan grandes que me sirvan de abrigo y coraza. Por eso no necesito nada que me las pueda cortar.

viernes, 29 de enero de 2016

La niña que llora.

No seas tan llorica. No es para tanto. Eres muy borde.
No te pongas así. ¿En serio vas a echarte a llorar por esto?
No se puede ser tan sensible en la vida. Tienes que aprender a controlarte.
Tranquilízate. No llores. Qué malafollá tienes.

Soy una persona muy sensible. Y me siento orgullosa de ello.

Llevo toda mi vida siendo sentimental. Desde que tengo uso de memoria, recuerdo llorar por lo más mínimo y ser, muchas veces, reprendida.

Soy sensible. Pero sensible y débil no son sinónimos.

Cuando estoy triste, es como si la vida se me escurriera de entre los dedos y mis ojos, medio escondidos, observaran al mundo desde el fondo de una madriguera.
Cuando estoy feliz, me siento como la luz de la mañana, y tengo ganas de convertirme en una melodía clara, en un abrazo cálido, en una bandada de pajarillos o mariposas que revolotean surcando el cielo al comenzar la primavera.
Y cuando me enfado…cuando me enfado soy un incendio que asola todo a su paso, soy veneno, soy el humo que contamina el aire.

Suelo pensar que llevo las emociones a la máxima potencia. Y no ha sido fácil aprender que eso no es algo por lo que martirizarme, que no debería sentirme avergonzada por ello. Que llorar no es malo, y que nadie debería sofocarse por hacerlo.

Supongo que un día conseguí hacer las paces con esa parte de mí, aunque siento decir que no todo lo hice sola.

Me dijeron que hiciera un arma de lo que yo creía mi mayor flanco por el que recibir hachazos, mi mayor debilidad. No lo entendí. Y, aunque no lo comprendiera en el momento, esa idea prendió una llama que logró no sólo no apagarse con el tiempo, sino crecer, y hacerse más grande y poderosa.
Lo acabé entendiendo. Lo acabé deseando. Y me hice una promesa. Haría de mi corazón mi coraza, escucharía a mi instinto, y nunca más renegaría de mis sentimientos, me arrepentiría de albergarlos, ni trataría de reprimirlos, pues esa es de las peores traiciones que podría cometer contra mí misma, y ya tenía suficiente con todo lo que había hecho.

Lo acabé logrando.

Un día descubrí la existencia de un colectivo formado por personas que se denominan altamente sensibles, y se abrió la puerta de un mundo nuevo para mí. Fue como ver los primeros rayos de sol de después de una tormenta abriéndose paso entre nubarrones grises. Es difícil describir con palabras lo que sentí, pero saber que hay más gente como yo hizo que me sintiera todavía más en armonía conmigo y con mi forma de ser.

Gracias a mi sensibilidad soy quien soy.  Siento una necesidad de notarlo todo, sentirlo todo, experimentar todo lo que pueda y más. Reír, llorar, enfadarme; cuidar mi amor y aprender de mi odio. Leer los silencios e interpretar miradas y gestos. Deleitarme con lo que mis sentidos me puedan brindar. Destruir para volver a crear con las ruinas y edificar el comienzo de algo nuevo.

Que no me malinterprete nadie. No se trata de poner mis sentimientos por encima de los de nadie. Se trata, simplemente, de no ponerlos por debajo. Nunca más.


Soy una persona muy sensible. Y me siento orgullosa de ello.

martes, 25 de agosto de 2015

Día de playa.

El agua está helada, y al entrar en contacto con mi piel, un escalofrío recorre mi cuerpo. Pero no me importa, no es una sensación desagradable, es el tipo de frío que te despierta de una pesadilla.

Sé que me están observando, están mirándome con cautela por si me tropiezo o hago cualquier cosa para lastimarme. No me importa, me siento libre como un pájaro, yo soy un colibrí, y tengo ganas de batir mis alas.

Delicadamente, desato el lazo que me recogía el cabello, y lo dejo agitarse suavemente por la brisa marina. Con paso vacilante, comienzo a moverme con zancadas gráciles, de pequeña bailarina, a saltar entre las olas. Cierro los ojos, de verdad quiero sentir este momento. Soy una ninfa, soy una energía.
Puedo sentir cómo me fundo con la naturaleza, con la arena que estoy pisando y con el mar que me baña los pies.

Ejecuto una pirueta y me doy la vuelta. Desde aquí veo a mis hermanas, repartidas por toda la playa. Me ven, pero, al contrario de lo que pensaba, no me miran. Bueno, Milena sí me observa fijamente.

Le doy la espalda y sigo danzando mientras me adentro en el agua y noto cómo el frío me llega hasta las rodillas.






Hace una mañana espléndida, y me siento tan en paz conmigo y con el mundo…
Estoy en pie, en mitad de la orilla, mirando al horizonte, soñando despierta con convertirme en una pirata rebelde y surcar todos los mares.

Mis hermanas suelen decir que tengo la cabeza llena de pájaros. No me gusta esa expresión, suena a que tengo un montón de aves cautivas en una jaula. Yo, en cambio, las libero, las dejo cantar, y yo canto con ellas.

Mi hermana Gabriela se ha adentrado mucho. Tenemos que tener cuidado con ella, es la más pequeña y frágil. A mí me recuerda a un cervatillo perdido en la profundidad de un bosque.

Comienza a bailar, y yo siento como si el mundo fuera un tiovivo y empezase a girar. Se da la vuelta, me mira. No consigo descifrar su mirada. Me vuelve a dar la espalda y continúa su danza de espíritu marino.

Yo también quiero formar parte del paisaje. Doy un paso adelante y empiezo a cantar, elevo mi voz aterciopelada, que se funde con el gorgojeo de las gaviotas y el murmullo de las olas. Cierro los ojos y continúo cantando, con las manos en el pecho.

Alguien se acerca. No me doy la vuelta a ver quién es.
                                              





No sé si ha sido una buena elección venir a la playa. Pero claro, la idea ha sido de Mary, a Mary siempre se le debe hacer caso.

No me gusta el mar, él y yo nos repelemos mutuamente. En las montañas y los prados sí encajo, me gusta pensar que pertenezco a ellos, que mi lugar está entre robles, lobos, pájaros, ríos y flores. Cuando me miro en el espejo, mis ojos verde esmeralda y mi cabello rizado y de color caoba me confirman que soy más un espíritu montañés que una sirena.

No entiendo por qué me he traído el violín conmigo. Mi instinto me lo decía y lo hice por inercia, simplemente.

Mis hermanas están en la orilla. Gabriela está bailando, y Milena está parada como una estatua. No sé si Milena mira a Gabriela, o directamente está mirando a la nada. No me extrañaría, pues Milena vive en las nubes.
Oigo un sonido alejado, ahogado, casi un susurro. Milena ha empezado a cantar, pero aquí, desde donde estoy, apenas si puedo oírla. Me levanto de la toalla, y tomo mi violín con delicadeza, como si en vez de tener en mis manos un instrumento, cargase un cachorro, o a mi hijo. Y es que, a resumidas cuentas, más o menos, lo es.

Mi vestido de raso blanco acaricia la arena, y se moja cuando llego donde se encuentra Milena. Me oye llegar, pero no se gira. Coloco mi violín y las notas brotan como las primeras flores de una primavera tardía. No pienso en ninguna melodía en concreto, la música fluye sola. Estoy tocando una canción, la canción de Milena, el mar y yo, y siento cómo todo gira en torno nuestra por un momento.






                                               
El día es hermoso. Es tan hermoso, que no parece real. Más bien parece propio de un sueño o de una novela fantástica con nubes de algodón de azúcar y montañas de caramelo.
Pero es real. Tan real, que podría tocarlo con alargar el brazo; podría levantarme y participar en él.
Sin embargo, no quiero. No puedo.
Bajo de nuevo la vista hasta la novela que trato de leer. Me aburre ligeramente, este es uno de esos casos en que la realidad supera con creces la ficción. Intento concentrarme en la página, en las frases, en las palabras, en las  letras, pero no lo consigo. Sólo distingo un revoltijo de caracteres carentes de sentido.
Desfallezco, y oteo la playa, buscando el motivo de mi distracción. Tres de mis hermanas están metiendo los pies en el agua. Gabriela es la que se ha adentrado más, y baila. Se mueve como una veleta mecida por el viento, como si estuviera sola en el mundo, como si las olas, el mar, el universo, la vida y ella bailaran al mismo compás.
Milena está unos metros por detrás. Como siempre. Milena siempre está detrás de alguien, semioculta, intentando mimetizarse, pero brilla demasiado como para conseguirlo. El viento arrastra hacia mí el rumor de una melodía, y creo que Milena está cantando, pero apenas puedo oírla. Es una lástima, me encanta la voz de mi hermana, canta como si se hubiera tragado un ángel, o como si un ángel se la hubiera tragado a ella, quién sabe.
Valeria está avanzando lentamente por la arena. Lleva en las manos su violín, y su pelo del color de la sangre coagulada le cae suelto por la espalda, agitándose en el cielo estival como si fuera una bandera. Se está manchando el vestido blanco, pero seguro que le da igual. A Valeria todo le da igual. 
Comienza a tocar. Gabriela sigue bailando, y Milena sigue cantando también. Están improvisando, pero parecen piezas de un mismo engranaje, de una mecánica hecha de armonía ante la que me dan ganas de llorar. De alegría, de emoción, de pena, da igual. Pero llorar.
Me duele estar hecha de la misma materia que esas tres ninfas. Por mis venas corre la misma sangre, pero la mía no canta, tampoco baila, y menos, toca el violín.

No quiero seguir mirando.

Tomo impulso, y vuelvo a zambullirme en el agua estancada de palabras en las que me acabo ahogando
                                                             




Desde el montículo donde estoy situada puedo disfrutar de una panorámica deliciosa, y me afano en plasmarla sobre el lienzo con precisión, y pinceladas delicadas y pacientes. El sol brilla sobre mí, y me seco una gota de sudor que se desliza por mi sien.
Al principio, las chicas no quisieron venir a la costa, pero las acabé convenciendo, aunque me costara lo mío. Sobre todo a Valeria, con lo tozuda que es. No sé de quién ha heredado tanto carácter.

A Sofía no me fue difícil persuadirla. Últimamente parece tan débil y maleable…me preocupa. Cuando te mira, parece como si te estuviera mirando desde el fondo de su alma, y el  fondo de su alma fuera un rompecabezas con las piezas revueltas.
Me retiro unos centímetros para evaluar lo que estoy pintando. Parece un cuadro de mitología griega; una escena de ninfas en plena naturaleza, cantando, bailando, haciendo brotar mágicas melodías o haciendo cualquier extraordinaria cosa que se supone que hacían las ninfas.

Observar mi cuadro me hace feliz, pero al mirarlas a ellas, siento que el corazón va a estallarme en el pecho. Una oleada de amor y orgullo me recorre el cuerpo y tengo ganas de descender corriendo las dunas de arena para abrazarlas, pero yo no necesito formar parte, necesito ser aquella que convierta en arte un momento como este, así que cojo con cuidado un poco de pintura de mi paleta de color y continúo con mi trabajo.
Se levanta una suave corriente, que parece que mueve a mis hermanas como a un móvil de plumas. Hasta Sofía parece moverse.
Sonrío.



                                                
Empujo mi bicicleta y resoplo; hace mucho calor, y estoy agotado. El camino ahora mismo me resulta largo y duro, pero sé que en cuanto haya llegado a la pequeña playa de la bahía, todo habrá merecido la pena.

No mucha gente conoce este lugar, y quienes lo conocen, no suelen venir, pues cualquier persona normal preferiría bañarse en la playa colindante al paseo marítimo y al pueblo, que caminar 20 minutos por el acantilado para llegar a una playa cercana a un hotel abandonado, supuestamente peligrosa, y escenario de unas cuantas leyendas de viejas.
A mí me parece un lugar tan mágico, que desde que lo descubrí, es como si un hechizo me hubiera encadenado a él, y no pudiera dejar de acudir.

Conforme me voy acercando, oigo un murmullo. ¿Es eso un violín?

Llego a la colina que desciende hacia la orilla, y entonces las veo. Son cuatro chicas. No, son cinco. La quinta está en una loma a unos cuantos metros de mí.
Todas juntas forman un paisaje perfecto, un cuadro que debería estar expuesto en las paredes del mejor museo del mundo.

Una baila (la más pequeña de todas), otra canta, otra, la que tiene la apariencia más salvaje, toca el violín, otra, de mirada triste, las observa, y la quinta, la más mayor, lo plasma todo en un lienzo.


De repente, ya no tengo ganas de alcanzar la orilla, ni de tumbarme en la arena a observar las nubes pasar. No quiero estropear ese micro universo, esa red de seda que han tejido las chicas. Me siento mal por estar aquí, me siento un intruso, un invasor, así que vuelvo a subirme en mi bicicleta y me alejo pedaleando rumbo al pueblo, mientras una lágrima silenciosa se desliza por mi mejilla.

lunes, 20 de julio de 2015

El día en que mis ojeras y yo nos hicimos amigas.

A veces paso tanto tiempo sin escribir, que se me olvida, o al menos, creo que lo hago. Después vuelvo a empuñar mi bolígrafo como si fuera un arma (puesto que para mí lo es), y la magia fluye, las palabras brotan y el papel se mancha, y me doy cuenta de que eso nunca se me marchitará.

Hoy quiero hablar de las batallas. Largas, cortas, todas aparentan ser eternas en el momento en el que explotan y comienzan a arder, exhalando nubes de dolor e ira. Las batallas duelen. Pero no luchar normalmente acaba doliendo más. Batallas que gritan, que lloran, que aúllan en dirección al cielo, rompiéndose en alaridos desgarradores.

Pero también hay guerras en silencio. Y esas suelen ser las peores.

Menciono tanto las batallas hoy, porque no hay sentimiento más liberador ni más gratificante, que el que queda cuando te das cuenta de que has acabado de pelar, y sólo sientes paz, una paz tranquila y blanca que te acaricia el pecho.
Suelo pensar que soy una guerra con muchos frentes abiertos, y me siento bien de poder decir que acabo de cerrar uno de ellos. Recordaré este día como el día en que mis ojeras y yo nos hicimos amigas, y parpadeando las abracé, considerándolas de una vez por todas como un atributo más, y no como dos imperfecciones enormes cosidas en mi cara.

Toda mi vida las he aborrecido y criticado de una forma en la que debería estar prohibida criticarse a uno/a mismo/a. Solía pensar que tenía más ojeras que cara, y que algún día, de tan inmensas que las veía, las pisaría y me tropezaría con ellas. Ahora lo pienso y me río. No me río de haber estado tan acomplejada, eso es un horror. Me río de observar cómo podemos llegar a deformar un rasgo nuestro hasta el extremo de ver el rasgo antes que a nosotros/as mismos/as, y no al revés.

Sí, tengo ojeras, en ningún momento lo voy a negar. De pequeña ya las tenía, y el hecho de que al crecer, creciera mi amor por trasnochar, no ayudó a reducirlas. No recuerdo un momento en el que yo no estuviera acomplejada por ellas. Pensaba que la gente no me miraba a mí, sino a ellas, cuando la única que las veía así de inmensas, era yo.

Mientras escribo esto tengo a mi lado un pequeño espejo de mano, para poder verlas mientras escribo esto. El espejito tiene un marco azul.

Mis ojos también.

Las ojeras son mudas, pero tienen mucho que contar.
Son de escribir. De leer. De concentrarse, de jugar. Son un rasgo característico de las criaturas nocturnas cuyo corazón se enciende cuando todo se apaga, como yo.

Son de poetas y artistas, de los que piensan mucho, sueñan mucho y duermen poco. De los que se mueren, de amor o de pena, a las 4 de la mañana. De insomnio. De nervios. De ilusión.

Las ojeras saben a café, bien oscuro y cargado, y a mar salado y azul.

Mis ojeras me hacen ser quien soy, por eso me gustan tanto.


¿Moraleja? Parece mentira la de alto que somos capaces de volar cuando dejamos de aferrarnos a algo que nos corta las alas y nos deja sin aire.

domingo, 28 de junio de 2015

El mar ardió.

El suceso que voy a narrar, ocurrió en un “día”, así, entre comillas. Fue uno de esos días, que no sabes muy bien si denominar como tal, pues no tienen ni pies ni cabeza; uno de esos días en que andas calladito/a y de puntillas, con mucho cuidado de no romper nada.

Fue un día de mar e islas, y barcos a la deriva en mitad de una tormenta. Yo dirigía uno de esos barquitos insignificantes por un mar de incertidumbre y cansancio que fue mi último día antes de cumplir 17 años. Iba pensando y sin pensar al mismo tiempo, con tantas cosas flotando en mi cabeza, que me era imposible pescar una sola. Yo navegaba en mi propio mar, a la vez que navegaba en uno mayor, un campo enorme, ese tipo de campo, que más que parecer un campo, parece la tierra de nadie. Normalmente, los campos están sembrados de vida y esperanza, y te susurran sus planes de un futuro pintado de color verde.  Este no. No había nadie. No había nada. Nada, aparte de un olor a vacío, desesperanza y resignación.
Yo batallaba por no naufragar (si acaso no lo había hecho ya), cuando, desde mi pequeña embarcación, avisté una isla. A simple vista, parecía pequeña, mas cuando me fui acercando, crecía más y más. Tampoco era una isla normal.(¿acaso algo lo fue ese día?)  Era una isla compuesta de kilos y kilos de objetos abandonados, en su mayoría, ropa.

Si ese campo antes me transmitió desesperanza, la aparición de esa isla no hizo que me sintiera mejor. Siempre me he sentido intrigada y curiosa (¡bendita curiosidad y su ansia infatigable!)  por los objetos abandonados, pero esos…me removieron algo por dentro. No sabría decir exactamente qué.
En ese paisaje abandonado a su suerte, había algo fuera de lugar. Era como cuando miras un cuadro y te chirría porque sabes que un elemento no encaja, pero no sabes decir cuál.

Pero reparé en él, hubiera sido muy difícil no haberlo hecho. En medio de esa marea de caos y desamparo, un perro descansaba tendido en un colchón abandonado por Dios sabe quién. Pero ya tenía un nuevo dueño. El perro (o perra) estaba tumbado en una postura de amo, de señor, de dueño del lugar. No había lugar, no había dueño. Ni siquiera había nada. Pero el perro, ese maldito chucho de ahí, era el rey de todo aquello.
Yo permanecí unos segundos parada, contemplando la estampa. Después, continué a la deriva, sintiendo por dentro, que incluso en los lugares más feos nacen flores bonitas, que incluso en la nada, podría encontrarse una algo valioso, como un perro descansando en un colchón, y que, a lo mejor, el camino aparecería cuando dejara de intentar encontrarlo.

Nunca olvidé aquel perro, ni su porte regio, ni su reino, ni su isla, ni aquel día perdido lleno de mares agitados. Pero nunca, por muchas veces que volví a dejarme caer por allí, volví a ver todo aquello.

Pasó más de un mes. Quizá el mar inmenso seguía igual de agitado, pero yo caminaba con mi propio mar un poco más en calma. Ya no llovía, los truenos se habían callado, y en vez de rayos enfadados, era el sol lo que alumbraba mi camino. Llevaba el timón de mi barco con tranquilidad, mientras una suave brisa, de esa que sólo se puede saborear en las puestas de sol veraniegas, me acariciaba el rostro y me alborotaba el pelo.

De repente, como un interruptor al apagarse, la brisa cesó, y fue sustituida por un acre olor. Olía a muerto.

Alcé la vista. Y no, no me encontré ningún cadáver. Ninguna persona estaba muerta. Pero el mar sí. Ese campo tan inmensamente insulso, vacío, y de color amarillo, ahora era negro como el carbón, y negro como la muerte.
No sólo había ardido el campo. El lugar donde antes se encontraba la isla de objetos abandonados  del Rey Can también se había quemado, y no había quedado nada. Ni una pierna de una muñeca, ni un trozo de tela. Nada. Nada de nada.

En ese momento quedé paralizada, como esos gigantes postes eléctricos que habían permanecido impasibles. La diferencia, es que yo no pude permanecer impasible. Por mucho calor que hiciera en ese momento, yo empecé a temblar de forma algo violenta, mientras un trozo del alma se me caía lentamente a los pies.

Ya no habría isla, ya no habría perro, ya no habría barcos, y sobre todo, ya no habría mar. Había ardido.


Mecánicamente, dirigí mi barco de vuelta al puerto, y cuando llegué a casa, escupí toda esa quemazón, esa náusea, y esa desesperanza en un papel, dejándolo todo perdido de tinta de color azul.