Sé todo lo que piensas cuando callas,
cuando crees que estás sola,
y vuelves a levantar tus murallas,
y en fría soledad tú lloras.
Sé todo lo que callas cuando piensas,
y te encierras en tus mundos de hielo,
cierras herméticamente las puertas,
y dejas que gane la partida el miedo.
Te empeñas en esconder y tu lamento callar
y entonces
tengo sed de tus lágrimas
y hambre de tu pesar.
Haría cualquier cosa por librarte de tu dolor
aunque implicara bajarte la luna
y conseguir apagar por tí el sol.
Traerte la primavera aunque haga mucho frío
con tal de verte sonreír
y devolverle a tus ojos el brillo.
Sé todo lo que lloras cuando temes
y te crees débil y frágil
y la tristeza con dolor te muerde.
y pierdes la partida casi.
Sé todo lo que eres cuando crees que no
y te niegas y te enfadas
por crees no ser mejor
y poco a poco tú te apagas.
Te empeñas en esconder y tu lamento callar
y entonces
tengo sed de tus lágrimas
y hambre de tu pesar.
Quiero abrazarme y fundirme a ti
rememorar tantos tiempos felices
y volver a oírte reír
Si una puerta se cierra se cierra se abre un ventanal
sin estas nubes negras y sin esta tormenta glacial
como lo malo, créeme, estos tiempos pasarán.
lunes, 29 de septiembre de 2014
miércoles, 20 de agosto de 2014
Y conseguí escapar.
Estaba perdida. Completamente perdida, sin la menor idea de absolutamente
nada. Nada de nada.
Tampoco sabía cuánto tiempo llevaba perdida. A lo mejor semanas, a lo
mejor meses. Puede que llevase perdida toda mi vida y este fuera tan sólo el
momento en el que me había dado cuenta.
Mi mundo se había perdido, se había congelado en el tiempo, mientras el
exterior seguía girando alegremente, con su amanecer, su puesta de sol y su
luna, y con la población riendo y viviendo y continuando su camino. El mundo
avanzaba de forma casi cruel, como si me restregara por la cara que todos
fueran capaces de seguir con su vida mientras yo me estancaba.
Pero, sin embargo, ni pegaba patadas a la pared de furia y frustración,
ni me enterraba a mí misma en una fosa de lágrimas.
En mí reinaba una calma debida a la falta de emociones. No era una calma
agradable y apacible, en la que una se puede a llegar a encontrar a gusto
consigo misma e irradiar felicidad. Era una calma inquietante que olía a
peligro, como los minutos antes de que se desencadene una tormenta o los
segundos antes de que la ola negra de un tsunami encolerizado se trague a una
población.
Me ví convertida en un híbrido entre un zombie y un fantasma, dando pasos
torpes como un espíritu errante por el mismo lugar que me vio crecer y en el
que ahora me sentía como una desconocida en una casa ajena.
Subía los escalones de forma pesada, como si estuviera acarreando un gran
peso en la espalda. Y en ese momento dudaba sobre qué pesaba más, si mi cuerpo
o mi alma.
Me desplomé en una silla al verse agotada mi reserva de energías y cerré
los ojos.
Cuando volví a abrirlos, me dí cuenta de que ante mí había una puerta en
la que no me había fijado antes. Estaba pintada de vistosos colores, y
resultaba viva y alegre, como una isla de color y vida en este océano de
oscuridad y desasosiego en el que yo empezaba a verme como náufraga.
Sin pensarlo dos veces, abrí la puerta y me adentré en aquel extraño universo
paralelo, sintiéndome como Alicia cuando llega al País de las Maravillas.
Y aquel lugar, desde luego, no se quedaba corto. Era sobretodo verde,
verde la hierba y verdes los árboles. Un lago cristalino se dejaba ver
tímidamente entre la arboleda, y el cielo empezaba a ocultarse tras las
montañas. El día llegaba a su fin, pero parecía que la fauna de este fascinante
lugar no estaba de acuerdo.
Animales de todo tipo correteaban por todas partes. Animales normales y
otros fantásticos; algunos que había visto en libros o películas y algunos que
tan sólo existían en mis sueños. Criaturas fantásticas de cualquier tamaño y
forma. Hadas en las flores. Centauros trotando por las colinas. Unicornios
inclinándose para beber las puras aguas del lago. Dragones surcando el cielo
anaranjado.
Algo se estimuló dentro de mí. Parecía como si mi corazón se estuviera
desperezando después de haber estando poca o ninguna sangre por mis venas.
Empezaba a sentirme viva otra vez, y era maravilloso.
Seguía sintiéndome cansada, así que fui a echarme bajo un sauce llorón
que crecía cerca de la orilla del lago. Nada más recostarme, una sirena de ojos
grandes color avellana, boca pequeña y carnosa y el cabello del color del
chocolate surgió de las agua y se aproximó a mí todo lo que su condición de
chica pez le permitía.
Me observó con sus ojos limpios, y sin yo esperármelo, comenzó a cantar.
Había leído en algún sitio que las sirenas de la antigua mitología engatusaban
a los hombres con sus cantos para luego matarlos, pero ni la sirena planeaba
acabar conmigo, ni era un canto seductor.
Más bien se parecía a una canción de cuna, pero más que adormilarme, me
espabilaba más.
Y despertó una parte de mí que estaba profundamente dormida: mis
sentimientos. De golpe regresaron las ganas de reír por lo viva que me sentía
en aquel momento y las ganas de llorar por lo perdida que realmente estaba; la
rabia, la impotencia, la esperanza…
No pude aguantar más y rompí a llorar, y cuanto más lloraba, sentía que
iba deshaciendo un nudo detrás de otro y me quitaba un peso de encima, y me
volvía más y más ligera.
Mi llanto no cesó, y tampoco lo hizo la sirena con su dulce canto, que
era como un abrazo, un masaje, y una caricia para mí, todo a la vez.
Poco a poco me sentí dominada por un profundo sopor, y, derrotada, cerré
los ojos bajo el amparo de aquella hermosa criatura y aquel sauce llorón que me
cobijaba.
No sé cuánto tiempo dormí ni qué hora era cuando abrí los ojos. Desperté,
aturdida, sobre mi escritorio, en una postura incómoda que mis hombros y mi
cuello corroboraron con un agudo dolor, usando mi cuaderno como una especie de
almohada y los auriculares conectados. El móvil estaba sin batería, como si
hubiera estado funcionando toda la noche.
La hoja estaba escrita, salpicada de criaturas mágicas y un mundo con el
que no sabía si acababa de soñar o si del que había regresado hacía unos pocos
minutos.
lunes, 4 de agosto de 2014
Canciones.
Esa canción no la componían acordes. Podía sentirlo. Esa canción estaba hecha de odio y pesar, resentimiento y dolor.
Era como desgarrarte el pecho para dejar salir algo que te ha estado oprimiendo durante años. Como sacarte una estaca que te estaba pudriendo por dentro y no recuerdas desde cuándo la llevabas clavada, pero que al extirparla, te provocó un dolor que te obligó a caer de rodillas y doblarte como a una marioneta que le han cortado las cuerdas.
Sabes que es lo adecuado, que te sentirás mejor, pero no sabes cuándo.
Puedo sentir el olor a pólvora y a quemado, a los recuerdos quedando reducidos a miserables cenizas. Puedo oír el sonido de una puerta cerrándose para siempre en un sonoro portazo, encerrando dentro a demonios que nunca debieron salir. Que nunca debieron existir.
Puedo notar las frías gotas de lluvia sobre mi piel y una amargura en la boca. Sabor a adios.
La lluvia se llevará el ayer y el sabor amargo me traerá el mañana.
Puedo sentir todo eso y más, emociones desbocadas que se desdibujan en cuanto la canción llega a su fin y me dejan presa de la agitación, como un mar embravecido una noche de tormenta.
Era como desgarrarte el pecho para dejar salir algo que te ha estado oprimiendo durante años. Como sacarte una estaca que te estaba pudriendo por dentro y no recuerdas desde cuándo la llevabas clavada, pero que al extirparla, te provocó un dolor que te obligó a caer de rodillas y doblarte como a una marioneta que le han cortado las cuerdas.
Sabes que es lo adecuado, que te sentirás mejor, pero no sabes cuándo.
Puedo sentir el olor a pólvora y a quemado, a los recuerdos quedando reducidos a miserables cenizas. Puedo oír el sonido de una puerta cerrándose para siempre en un sonoro portazo, encerrando dentro a demonios que nunca debieron salir. Que nunca debieron existir.
Puedo notar las frías gotas de lluvia sobre mi piel y una amargura en la boca. Sabor a adios.
La lluvia se llevará el ayer y el sabor amargo me traerá el mañana.
Puedo sentir todo eso y más, emociones desbocadas que se desdibujan en cuanto la canción llega a su fin y me dejan presa de la agitación, como un mar embravecido una noche de tormenta.
martes, 29 de julio de 2014
Matilde.
Tienes que ser fuerte. Tienes que serlo y lo serás. Porque eres una guerrera.
Aunque estés a miles de kilómetros de mí, cuando quieras llorar, piensa en mí y ríete, ríete de mi forma de cantar y bailar Dancing Queen mientras doy saltos en la cama, de nuestras historias, de las mil y una tonterías que compartimos. Cada una de ellas es un tesoro, un pequeño tesoro que vale más que cualquier otra cosa. ¿Y sabes por qué vale tanto? Porque eres tú. Siempre has sido tú, y lo serás. Mi compañera, la pieza que complementa el rompecabezas. Tú y yo, el equipo perfecto. Siempre juntas, la alta y la bajita.Únicas como nadie y tontas como cualquiera. Nuestras propias bromas, nuestros propios secretos. Nuestro pequeño gran universo interno, construido de una complicidad y una confianza que crece cada día.
Tú y yo. Contra el mundo.
Pasándonos notas en clase. Cantando a gritos en el pasillo. Nadando como señoras en la piscina. Marujeando a las 4 de la mañana.Quemando muñecos en san Juan. Cocinando pasteles arcoiris. Riendo. Llorando.
Quiero tejer una manta, usando como tela todos los recuerdos que compartimos, y como hilo, toda la confianza, el aprecio, y el amor que mi corazón es capaz de darte, para arroparte en ella y que sepas que voy a echarte muchísimo de menos y que no voy a olvidarte.
Quiero que eches esa manta en la maleta y que te abrigues con ella en los momentos fríos,cuando te sientas sola o cuando creas que la tristeza te gana la partida.
Teñiré esa manta con el color de la esperanza, para asegurarte que todo va a ir bien, y que yo voy a estar bien aquí, esperando tu regreso.
¿Recuerdas el trato que hicimos antes de que fueras a Alemania? Tú disfrutabas al máximo allí, y yo a cambio me esforzaba todo lo posible en el concurso de escritura. Tú te lo pasaste genial y yo me llevé el premio.
Pues ahora quiero que hagamos otro pacto. Tú disfrutas Canadá, quiero que le saques todo el jugo como si fuera una naranja, y yo a cambio, seré fuerte, le plantaré cara a todo lo que me venga y representaré lo mejor que pueda al tridente tan bueno que formamos Yixi, tú y yo.
Ya no sé qué más decir.Que te voy a echar de menos. Aunque creo que no hace falta realmente que lo diga.
Cat, te quiero.
Aunque estés a miles de kilómetros de mí, cuando quieras llorar, piensa en mí y ríete, ríete de mi forma de cantar y bailar Dancing Queen mientras doy saltos en la cama, de nuestras historias, de las mil y una tonterías que compartimos. Cada una de ellas es un tesoro, un pequeño tesoro que vale más que cualquier otra cosa. ¿Y sabes por qué vale tanto? Porque eres tú. Siempre has sido tú, y lo serás. Mi compañera, la pieza que complementa el rompecabezas. Tú y yo, el equipo perfecto. Siempre juntas, la alta y la bajita.Únicas como nadie y tontas como cualquiera. Nuestras propias bromas, nuestros propios secretos. Nuestro pequeño gran universo interno, construido de una complicidad y una confianza que crece cada día.
Tú y yo. Contra el mundo.
Pasándonos notas en clase. Cantando a gritos en el pasillo. Nadando como señoras en la piscina. Marujeando a las 4 de la mañana.Quemando muñecos en san Juan. Cocinando pasteles arcoiris. Riendo. Llorando.
Quiero tejer una manta, usando como tela todos los recuerdos que compartimos, y como hilo, toda la confianza, el aprecio, y el amor que mi corazón es capaz de darte, para arroparte en ella y que sepas que voy a echarte muchísimo de menos y que no voy a olvidarte.
Quiero que eches esa manta en la maleta y que te abrigues con ella en los momentos fríos,cuando te sientas sola o cuando creas que la tristeza te gana la partida.
Teñiré esa manta con el color de la esperanza, para asegurarte que todo va a ir bien, y que yo voy a estar bien aquí, esperando tu regreso.
¿Recuerdas el trato que hicimos antes de que fueras a Alemania? Tú disfrutabas al máximo allí, y yo a cambio me esforzaba todo lo posible en el concurso de escritura. Tú te lo pasaste genial y yo me llevé el premio.
Pues ahora quiero que hagamos otro pacto. Tú disfrutas Canadá, quiero que le saques todo el jugo como si fuera una naranja, y yo a cambio, seré fuerte, le plantaré cara a todo lo que me venga y representaré lo mejor que pueda al tridente tan bueno que formamos Yixi, tú y yo.
Ya no sé qué más decir.Que te voy a echar de menos. Aunque creo que no hace falta realmente que lo diga.
Cat, te quiero.
sábado, 26 de julio de 2014
Y se nos fue.
Todos juntos formábamos un puzzle,del que cada uno de nosotros era pieza.
Al comenzar todo, el tiempo pasaba lento, y nos sentíamos grandes, invencibles, capaces de cualquier cosa; pero caímos en la trampa del que no sabe agarrar el momento y aprovechar el día en el que vive, y los días, meses, y años, empezaron a galopar, y nos dimos cuenta de que todo aquello no era sino tan efímero como el vuelo de una estrella fugaz, pero a la vez, tan poderoso, y sobretodo, tan bonito.
Y el destino revolvió las piezas del puzzle, las mezcló, y las desperdigó; las perdió, como un niño despistado que no sabe cuidar de sus juguetes.
Quizá solo quería enseñarnos que cada cual pertenecía a un rompecabezas, uno diferente, en el cual las demás piezas no encajaban. El caso es que lo que un día fue rutina se convirtió en un lejano recuerdo, sólo mantenido por un par de fotografías y recuerdos en la memoria que se emborronaban poco a poco.
Las caras cambian, las voces se olvidan, y los lugares se dejan atrás, pero esa emoción y ese sentimiento, que nos mantenía unidos y que entre todos formábamos, como piezas al puzzle, nunca morirá, ya que es lo único que el tiempo es incapaz de eliminar.
Dicen que, cuando una puerta se cierra, se abre una ventana, pero eso no implica que no vayas a quedarte mirando aquella puerta cerrada, cuya llave el tiempo (o qué sé yo, dolor,orgullo, cualquiera que fuera la causa) perdió, deshaciéndote en suspiros y dejando que la nostalgia te devore, cuestionándote qué darías por volver a cruzarla, volver a vivir aquella época, aquellos días llenos de color; sentirte tan viva de nuevo, oír tu propia risa mezclada con la de los demás, aquellos que en su momento eran partes esenciales de tu día a día y ahora no son más que extraños,personas que se fueron de tu vida y dejaron huella, huella que los años nunca podrán llevarse.
Nunca se olvidará lo que se ha sido.
Al comenzar todo, el tiempo pasaba lento, y nos sentíamos grandes, invencibles, capaces de cualquier cosa; pero caímos en la trampa del que no sabe agarrar el momento y aprovechar el día en el que vive, y los días, meses, y años, empezaron a galopar, y nos dimos cuenta de que todo aquello no era sino tan efímero como el vuelo de una estrella fugaz, pero a la vez, tan poderoso, y sobretodo, tan bonito.
Y el destino revolvió las piezas del puzzle, las mezcló, y las desperdigó; las perdió, como un niño despistado que no sabe cuidar de sus juguetes.
Quizá solo quería enseñarnos que cada cual pertenecía a un rompecabezas, uno diferente, en el cual las demás piezas no encajaban. El caso es que lo que un día fue rutina se convirtió en un lejano recuerdo, sólo mantenido por un par de fotografías y recuerdos en la memoria que se emborronaban poco a poco.
Las caras cambian, las voces se olvidan, y los lugares se dejan atrás, pero esa emoción y ese sentimiento, que nos mantenía unidos y que entre todos formábamos, como piezas al puzzle, nunca morirá, ya que es lo único que el tiempo es incapaz de eliminar.
Dicen que, cuando una puerta se cierra, se abre una ventana, pero eso no implica que no vayas a quedarte mirando aquella puerta cerrada, cuya llave el tiempo (o qué sé yo, dolor,orgullo, cualquiera que fuera la causa) perdió, deshaciéndote en suspiros y dejando que la nostalgia te devore, cuestionándote qué darías por volver a cruzarla, volver a vivir aquella época, aquellos días llenos de color; sentirte tan viva de nuevo, oír tu propia risa mezclada con la de los demás, aquellos que en su momento eran partes esenciales de tu día a día y ahora no son más que extraños,personas que se fueron de tu vida y dejaron huella, huella que los años nunca podrán llevarse.
Nunca se olvidará lo que se ha sido.
viernes, 6 de junio de 2014
Querido nadie.
Querido nadie,
No te escribo para que me leas, pues sé que no lo harás. A lo mejor no escribo para tí, ni para mí, ni para ellos. No escribo para nadie hoy.
Escribo, pero no. Respiro, pero no vivo. Veo, pero no miro.
Nada es lo que parece. Las apariencias nos están engañando todo el tiempo. Somos actores de una obra que nunca se acaba, danzamos en un baile de máscaras que no nos quitamos.
El acero quiere ser cristal, sin saber que es más frágil. La porcelana es bonita pero se rompe si la miras, sin embargo el metal resistirá los golpes.
Y tú, querido nadie, que me lees o no, seguramente no entenderás por qué te estoy hablando ahora de acero, metal, cristal, porcelana,y demás.
Pensarás: "¡no te vayas por los cerros de Úbeda!" Y yo te digo, que a veces las nimiedades y las tonterías esconden las cuestiones más importantes.
Los asesinatos pueden ser resueltos por las pistas insignificantes en las que unos ojos normales no se detendrían.
Una canción no es lo mismo sin el bajo, aunque no se note o creas que no.
Y verás, amiga o amigo, te escribo o no, mientras voy camino de los cerros de Úbeda, de la parra, o de la Luna, porque alguien me dijo una vez: "¡piérdete!", y yo ahora he decidido hacer caso, porque he andado tanto por los senderos marcados y he acabado más perdida que Marco el día de la madre, que voy a ir contra corriente a ver si encuentro las respuestas y soluciones.
Sí que saben esconderse, ojalá yo lo hiciera tan bien.
Quiero darle patadas al reloj de arena para que deje de girar, drenar la clepsidra y parar las agujas del reloj para que no avancen más, pero no puedo.
No tengo fuerzas.
¿Podría tenerlas? ¿No puedo? ¿No quiero?
Estoy encerrada en un invernadero, de cristal también, lleno de fantasmas, mariposas, que no tienen alma y vuelan a suspiros, y yo cultivo fresas que no tienen sabor pero te dejan la boca fría, y la puerta está cerrada con llave...la llave está en algún sitio escondida que yo sé, o no, o la llevo yo encima, no lo sé.
Si realmente quisiera podría salir de aquí rompiendo las paredes, pues el vidrio es fácil de quebrar y el oxígeno se me acaba aquí dentro, pero me siento segura teniendo un techo encima que me deje ver las estrellas por la noche.
Y no,querido nadie, no te cuento esto pidiéndote ayuda, ni quiero ni puedo que me ayudes. Realmente no sé por qué te lo he contado, ha sido de esas veces que simplemente necesitas contar algo, abrir el cofre, dejarlo libre, volar por el cielo.
Espero que te cuides, persona que me lee o no, que piensa que soy tonta o lista, que me he perdido o que me he encontrado. Que te cuides como si fueras la persona que más quieres del mundo,porque deberías serlo.
Que sueñes por la noche y vivas durante el día. Que rías cuando puedas y llores cuando lo necesites.
Yo no puedo cuidarte ni velar por tí, igual que tú tampoco puedes por mí.
No sé quién eres, puede que nunca llegue a verte, aunque, ¿quién sabe? A lo mejor acabamos de cruzarnos por la calle y no nos hemos dado cuenta.
De todas formas, gracias por leerme, y lo siento si te he hecho perder el tiempo, a veces sólo necesitas hablar sabiendo que alguien te escucha, y escribir sabiendo que alguien va a leerte.Espero volver a contar contigo otra vez cuando mis serpientes se hayan enredado entre sí y tenga miedo de que me piquen, cuando me imagine ver un conejo gigante que me aterre y me diga cosas, para que tú le hagas callar.
A veces pienso que la realidad no existe y vivo en un mundo de sueño -o pesadilla- que yo he creado sin querer y vivo sin poder despertar.
Gracias,
Saoirse.
No te escribo para que me leas, pues sé que no lo harás. A lo mejor no escribo para tí, ni para mí, ni para ellos. No escribo para nadie hoy.
Escribo, pero no. Respiro, pero no vivo. Veo, pero no miro.
Nada es lo que parece. Las apariencias nos están engañando todo el tiempo. Somos actores de una obra que nunca se acaba, danzamos en un baile de máscaras que no nos quitamos.
El acero quiere ser cristal, sin saber que es más frágil. La porcelana es bonita pero se rompe si la miras, sin embargo el metal resistirá los golpes.
Y tú, querido nadie, que me lees o no, seguramente no entenderás por qué te estoy hablando ahora de acero, metal, cristal, porcelana,y demás.
Pensarás: "¡no te vayas por los cerros de Úbeda!" Y yo te digo, que a veces las nimiedades y las tonterías esconden las cuestiones más importantes.
Los asesinatos pueden ser resueltos por las pistas insignificantes en las que unos ojos normales no se detendrían.
Una canción no es lo mismo sin el bajo, aunque no se note o creas que no.
Y verás, amiga o amigo, te escribo o no, mientras voy camino de los cerros de Úbeda, de la parra, o de la Luna, porque alguien me dijo una vez: "¡piérdete!", y yo ahora he decidido hacer caso, porque he andado tanto por los senderos marcados y he acabado más perdida que Marco el día de la madre, que voy a ir contra corriente a ver si encuentro las respuestas y soluciones.
Sí que saben esconderse, ojalá yo lo hiciera tan bien.
Quiero darle patadas al reloj de arena para que deje de girar, drenar la clepsidra y parar las agujas del reloj para que no avancen más, pero no puedo.
No tengo fuerzas.
¿Podría tenerlas? ¿No puedo? ¿No quiero?
Estoy encerrada en un invernadero, de cristal también, lleno de fantasmas, mariposas, que no tienen alma y vuelan a suspiros, y yo cultivo fresas que no tienen sabor pero te dejan la boca fría, y la puerta está cerrada con llave...la llave está en algún sitio escondida que yo sé, o no, o la llevo yo encima, no lo sé.
Si realmente quisiera podría salir de aquí rompiendo las paredes, pues el vidrio es fácil de quebrar y el oxígeno se me acaba aquí dentro, pero me siento segura teniendo un techo encima que me deje ver las estrellas por la noche.
Y no,querido nadie, no te cuento esto pidiéndote ayuda, ni quiero ni puedo que me ayudes. Realmente no sé por qué te lo he contado, ha sido de esas veces que simplemente necesitas contar algo, abrir el cofre, dejarlo libre, volar por el cielo.
Espero que te cuides, persona que me lee o no, que piensa que soy tonta o lista, que me he perdido o que me he encontrado. Que te cuides como si fueras la persona que más quieres del mundo,porque deberías serlo.
Que sueñes por la noche y vivas durante el día. Que rías cuando puedas y llores cuando lo necesites.
Yo no puedo cuidarte ni velar por tí, igual que tú tampoco puedes por mí.
No sé quién eres, puede que nunca llegue a verte, aunque, ¿quién sabe? A lo mejor acabamos de cruzarnos por la calle y no nos hemos dado cuenta.
De todas formas, gracias por leerme, y lo siento si te he hecho perder el tiempo, a veces sólo necesitas hablar sabiendo que alguien te escucha, y escribir sabiendo que alguien va a leerte.Espero volver a contar contigo otra vez cuando mis serpientes se hayan enredado entre sí y tenga miedo de que me piquen, cuando me imagine ver un conejo gigante que me aterre y me diga cosas, para que tú le hagas callar.
A veces pienso que la realidad no existe y vivo en un mundo de sueño -o pesadilla- que yo he creado sin querer y vivo sin poder despertar.
Gracias,
Saoirse.
jueves, 8 de mayo de 2014
Relato ganador del premio de narrativa.
Aquel tipo tenía un gesto indescifrable. Parecía que solo le hubieran dado a elegir entre la tristeza y la soledad, y se hubiera quedado con la tristeza.
Claro está, que nunca conseguía estar completamente solo. Las voces de su interior nunca callaban, el martilleo nunca cesaba, los dolores nunca remitían. Los fantasmas se burlaban de él escondidos tras los muebles y el mundo entero parecía señalarle con el dedo.
Arrancó de cuajo la hoja de la partitura. Había empezado a cavilar y había llenado el papel de garabatos, otra vez. Contempló el escritorio, lleno a rebosar de otros papeles desechados. No conseguía escribir una canción en condiciones. Hubo tiempos mejores en los que llegó a ser un auténtico prodigio capaz de componer auténtica obras de arte, pero al parecer había perdido facultades. Ya no era capaz de nada, ni tan siquiera de tareas cotidianas; el alcohol, las drogas y el paso de los años había hecho mella en él.
Ella había sido la detonante de su caída. Giulia.
Para poder comprender el declive de Hans, hay que remontarse más de 25 años atrás,a una época que, aunque ahora nos resulte teñida de color sepia, ajada y amarilleada como un puñado de fotografías maltratadas por el tiempo, fue alegre y llena de color,como un bosque al comenzar la primavera.
Desde muy joven, Hans había apuntado maneras como músico,demostrando un talento que era más propio de un niño prodigio que del simple hijo de un maestro de pueblo. Claro está, que había heredado el amor por la música de sus padres, que incluso antes de empezar a hablar o a andar ya trasteaba pequeños instrumentos de juguete que su padre fabricaba para él. Asímismo, Hans no tardó mucho en convertirse en el orgullo del pueblo. Dominaba numerosos instrumentos: el cura del pueblo le adoraba por tocar el órgano de la pequeña iglesia, que Hans mimaba con esmero, y dedicaba horas a abrillantar sus metálicos tubos para que luego luciera tan bien como sonaba; su casa no estaba nunca en silencio, pues su piano de cola era su juguete favorito, y cuando, en noches de verano, se oía el lejano eco de una sonata triste de violín, todo el pueblo guardaba silencio, pues Hans estaba tocando, y eso tenía más importancia que cualquier conversación superflua que pudieran estar manteniendo.
La gente lo adoraba, lo admiraban, lo respetaban, pero él, sin embargo, no quería a nadie. El único amor que tenía era por la música. No tenía amigos, tampoco los necesitaba. Era más feliz con la nariz metida entre libros y partituras, que pegándole patadas a un balón de trapo, o cortejando chicas tontas que sabía que solo lo querían por su habilidad con los instrumentos.
Pasaba días enteros encerrado en el desván de su casa. Escribía y escribía canciones hasta que se hacía dolorosos callos en los dedos y se obligaba a sí mismo a parar a descansar un rato , respirar aire fresco y de paso, comer algo.
Muchas veces el resultado eran canciones horrendas, otras veces, eran hermosas.
Ni el propio Hans sabía de dónde le salía la inspiración. Él sólo era una marioneta que se dejaba manejar por unos hilos invisibles que,en su caso,eran las voces de su cabeza.Aparte de molestarle,recordarle todo el tiempo sus defectos y no dejarle dormir por las noches, aquellas horrorosas voces le ayudaban a componer, y Hans escribía lo que le decían.
Eran a la vez las amigas y las enemigas de Hans. Hans las odiaba,muchas veces tenía que reprimirse las feroces ganas de empezar a estamparse la cabeza contra la pared para tratar de acallarlas, pero a la vez, no quería que parasen, pues, junto a la música,eran la única cosa que nunca le abandonaban.
Con 16 años, Hans tuvo que mudarse del pequeño pueblecito rural en el que se crió, a la ciudad, más concretamente a Kensington, un internado a las afueras de la ciudad. Kensington era un centro mixto, conocido en cuanto a disciplina y educación. Era célebre por la educación musical que impartía, y concedía becas a los jóvenes talentos, por lo cual los padres de Hans pensaron que su hijo tendría más posibilidades si se educaba allí. Al principio, al chico no le importó. Tanto le daba tocar en el pueblucho perdido de la mano de Dios que en un sitio como aquel. ¡Había oído que tenían un auditorio enorme con órgano, e incluso un clavecín! A lo mejor allí podría aprender a tocarlo. Puede que la experiencia del internado estuviera hasta bien.
Dentro de la medida de lo posible, Hans evitaba a la gente. Tenía que compartir dormitorio con un chico que tocaba el oboe, Martin, pero Martin tenía una pandilla de amigos y no era frecuente que se pasase las horas muertas en el cuarto.
Pasó los primeros meses tocando su violín al acabar las clases en la sala de música, e incluso supo aprovecharse del afecto que rápidamente desarrolló por él su profesora, estricta con todos salvo con él, para que le dejase tocar el clavecín. Era un instrumento de finales del siglo XVIII extremadamente delicado,pero Hans era muy cuidadoso y tenía mucha labia. Y él lo sabía.
Ninguna chica le había llamado la atención.Los amigotes de Martin solían incordiarle con eso, pero a Hans le daba igual. Prefería tener la cabeza en otras cosas.
Hasta ese día.
Ese día, Hans había salido de una aburridísima clase de Geografía, había regresado a su dormitorio a recoger su violín,y había acudido al aula de música. Mientras bajabas las escaleras de piedra,se dio cuenta de que ese día no sólo escuchaba el repiqueteo de sus zapatos, sino que había presente el susurro tímido de un instrumento. Un violoncello, dictaminó. La melodía se hacía más fuerte a cada paso que se aproximaba. La puerta estaba entreabierta y entró, sin hacer ruido.
La señora Nolltz,la profesora, se encontraba de espaldas a él, mirando hacia la tarima,donde una chica morena y menuda tocaba el cello sin apartar la mirada. Así que era ella la causa de aquel sonido. La chica emitía un aura de misterio que al joven cautivó, y cuando la chica acabó de tocar dio unas palmadas huecas, que resonaron como un eco por toda la sala.
-¡Hans, estabas ahí! Ven, quiero presentarte a una alumna nueva, y muy buena, por cierto. Hans, esta es Giulia. Giulia, él es Hans. Giulia, ha estado muy bien, pero seguro que puedes dar aún más de tí, habrá que pulir eso. Puedes marcharte.- los presentó la profesora.
Giulia era todavía más bajita de lo que le había parecido antes. Tenía los ojos grandes y azules, casi grises, que parecían estar pintados de tristeza, misterio y miedo. Su cara estaba salpicada de pecas y el uniforme le quedaba grande. No era especialmente guapa, pero Hans vio algo en ella, de eso estaba seguro. La chica le dedicó una sonrisa tímida y salió volando por la puerta, presa de la vergüenza.
Aquel día,Hans intentó concentrarse en la nueva canción que debía practicar, mas no pudo, y eso le hizo ganarse una buena reprimenda por parte de la señora Nolltz. Pero era incapaz de pensar en algo más que en Giulia y en la melodía que ella había tocado. No estaba seguro de saber cuál de las dos era más hermosa.
Se dedicó a buscarla,y averiguó sus apellidos, su clase, su número de dormitorio, el nombre de su mejor amiga,e incluso el lugar donde antes vivía. Era una lucha interna constante: por una parte, las voces se encargaban de recordarle lo feo e inútil que era,pero, por otra parte, no podía evitar obsesionarse con ella. Nunca antes se había enamorado ni le había gustado nadie, esa chica era especial.
Poco a poco, haciendo uso de su labia y de sus dotes con el violín, empezó a ganársela. Giulia no estaba acostumbrada a recibir atenciones de nadie, y lentamente acabó enamorada de aquel joven de pelo castaño y largo y de sonrisa desigual,pero bonita.
Cuando, por fin, la chica aceptó su propuesta de salir, Hans no cabía en sí de gozo. No sabía si había conseguido una novia o una obsesión, pero daba igual. Todo era maravilloso. Aunque Hans se empeñaba en respetar algunos ratos de soledad, casi siempre estaban juntos. Incluso habían modificado la canción de Giulia y la habían transformado en un dueto de violoncello y violín, y dedicaban horas y horas a tocarla y pulirla. Era su canción.
Aproximadamente dos años más tarde, los dos consiguieron una beca para cursar Estudios relacionados con la Música y la Danza en una prestigiosa universidad.
Pero las cosas no iban tan bien como parecían. Hacía algunos meses que Hans había dejado de ser el mismo. Siempre había sido una persona introvertida y algo difícil, pero nunca se había comportado así. Pasaba cada vez más ratos solo, era muy brusco y su humor había empeorado, tocaba el violín de forma casi violenta... A la pregunta de si todo iba bien, Hans reuía de ella, y a veces, por la noche, cuando pensaba que Giulia estaba dormida, ella le oía hablar solo.
El profesorado de la universidad también se había dado cuenta, y por los alumnos había empezado a correr un rumor de que Hans había perdido el juicio,de lo que él mismo se reía.
Una vez, al salir de clase, Giulia le preguntó a Hans a qué hora pensaba pasarse por su habitación. Él no recordaba haber quedado con ella y como excusa argumentó que debía estudiar. Giulia hizo un mohín y empezó a quejarse, motivo por el cual Hans perdió los nervios y empezó a zarandearla por los hombros violentamente. Ella rompió a llorar y él se alejó, camino de su dormitorio. Le asqueaba ver a alguien llorar.
Un profesor los observaba desde la puerta del aula. Tan pronto como presenció la escena, acudió al psicólogo del centro a contarle lo sucedido.
El psicólogo le hizo un análisis a Hans el día siguiente, y como no presentía nada bueno, le derivó a una consulta psiquiátrica para que le diagnosticaran. Había sufrido un brote de esquizofrenia paranoide. Heredó la enfermedad genéticamente, y en los últimos meses se había desarrollado a un ritmo vertiginoso. Se le comunicó que sería ingresado en una clínica a espera de recibir tratamiento, y se le dejó que recogiera sus enseres personales. Giulia estaba en el dormitorio, y se sorprendió de verlo entrar. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos, se notaba que había llorado. A ella le asustó la mirada del joven. Estaba serena, vacía, carente de emociones.
Ni se alegraba de verla ni le entristecía el ser ingresado.
Ni un beso, ni un abrazo, ni siquiera una palabra.
El silencio empezó a calar en ellos, que se miraban sin decirse nada.
De repente, Hans dijo, con una voz de hielo, fría, pero a la vez ardiente de rabia:
-Fuiste tú.
No era una pregunta, sino una afirmación.
-¡Fuiste tú la que me mandó al puto psicólogo, porque me odias y no me quieres! ¡No intentes negarlo, yo lo sé! ¡Sucia perra!
Hans estaba fuera de sí. Tenía los ojos inyectados en sangre. Se abalanzó sobre la chica y comenzó a golpearla, a pegarle patadas, a abofetearla. Giulia respondía con aullidos de dolor y gritos de auxilio, y no tardaron en aparecer por la puerta dos enfermeros que se llevaron a Hans de los brazos.
Fue ingresado aquella misma noche en el psiquiátrico.
El único objeto que Hans pudo llevarse y le permitían tener en su habitación era su violín, que él tocaba sin parar. No tenía ninguna fotografía de Giulia, así que,para recordarla, tocaba su canción. Tanto la practicó, que hasta el gato del cocinero del hospital se la aprendió.
Pasaron años hasta que el personal médico consideró que las medicinas podrían mantenerlo a raya y le dejaron salir
Cuando salió, Hans se dedicó a intentar relanzar su carrera, pues los años ingresado le habían hecho dar pasos atrás como los cangrejos. Se embarcó en interminables giras. Él sabía que, en el fondo, no hacía otra cosa que buscar a su musa. Durante los conciertos, tocaba su dueto con esperanzas de que alguna chica del público fuera ella.
Hans se sentía desesperanzado, agotado, cansado de vivir y atormentado siempre por sus demonios. Sustituyó las pastillas por alcohol, los conciertos por borracheras, sus compañeros músicos por borrachos con los que compartir botellas de licor.
En sueños todavía veía el terror en los ojos de su amada el día que él le pegó. Podía saborear sus lágrimas saladas, notar el dulce perfume de su piel, nadar durante horas en el océano de aquellos ojos tan lejanos y familiares.
A veces pensaba que había sido un estúpido por perderla de esa manera, porque ella sí que le amaba, y en ocasiones, pensaba que había hecho lo correcto, porque ella era tan sólo una arpía que le utilizó.
Habían pasado tantos años que ya no recordaba bien cómo era, y los pocos rasgos que atesoraba de ella en el baúl de su memoria se volvían un poco más borrosos día a día a causa del maltrato que él mismo se causaba.
Tras un intento de suicidio -había intentado abrirse las venas con un cuchillo de cocina- volvió a ser ingresado durante un año. Salió limpio de alcohol y drogas, pero se llevó consigo unas secuelas perpetuas.
Nunca volvería a ser el mismo. Sus dosis de pastillas serían estrictamente controladas.
Hans se sentía demasiado viejo para seguir buscando a Giulia por el mundo, así que regresó a la pequeña casita del pueblo de su infancia.
Intentó volver a componer, pero no pudo. Ya no era capaz de pensar con claridad. Ni siquiera recordaba la canción de Giulia.
A ratos todavía pensaba en ella. Se preguntaba dónde estaría.
Había noches en las que sentía un frío terrible, un frío en el corazón, de ese tipo de frío que no se puede quitar, y lo abordaba el miedo.
Miedo por ella.
Una vez, cuando todo fue oscuridad, Hans salió a dar un paseo por el bosque. Miró hacia el cielo, y creyó ver a Giulia. Rompió a llorar desconsolado, lloró y lloró, todo lo que no había llorado en su vida. Mareado, cayó al suelo, y al tocar la tierra cálida, sintió el contacto de Giulia.
Es verdad lo que temía. Ella estaba muerta.
En ese mismo instante, empezó a oír la canción de Giulia. Su canción.
Se levantó, tembloroso, y comenzó a bailar solo, mientras lloraba y gritaba. Bailó durante horas, hasta quedar agotado. Se desplomó sobre el suelo, la música paró, su cabeza se fue a dormir, y las voces por fin callaron.
Claro está, que nunca conseguía estar completamente solo. Las voces de su interior nunca callaban, el martilleo nunca cesaba, los dolores nunca remitían. Los fantasmas se burlaban de él escondidos tras los muebles y el mundo entero parecía señalarle con el dedo.
Arrancó de cuajo la hoja de la partitura. Había empezado a cavilar y había llenado el papel de garabatos, otra vez. Contempló el escritorio, lleno a rebosar de otros papeles desechados. No conseguía escribir una canción en condiciones. Hubo tiempos mejores en los que llegó a ser un auténtico prodigio capaz de componer auténtica obras de arte, pero al parecer había perdido facultades. Ya no era capaz de nada, ni tan siquiera de tareas cotidianas; el alcohol, las drogas y el paso de los años había hecho mella en él.
Ella había sido la detonante de su caída. Giulia.
Para poder comprender el declive de Hans, hay que remontarse más de 25 años atrás,a una época que, aunque ahora nos resulte teñida de color sepia, ajada y amarilleada como un puñado de fotografías maltratadas por el tiempo, fue alegre y llena de color,como un bosque al comenzar la primavera.
Desde muy joven, Hans había apuntado maneras como músico,demostrando un talento que era más propio de un niño prodigio que del simple hijo de un maestro de pueblo. Claro está, que había heredado el amor por la música de sus padres, que incluso antes de empezar a hablar o a andar ya trasteaba pequeños instrumentos de juguete que su padre fabricaba para él. Asímismo, Hans no tardó mucho en convertirse en el orgullo del pueblo. Dominaba numerosos instrumentos: el cura del pueblo le adoraba por tocar el órgano de la pequeña iglesia, que Hans mimaba con esmero, y dedicaba horas a abrillantar sus metálicos tubos para que luego luciera tan bien como sonaba; su casa no estaba nunca en silencio, pues su piano de cola era su juguete favorito, y cuando, en noches de verano, se oía el lejano eco de una sonata triste de violín, todo el pueblo guardaba silencio, pues Hans estaba tocando, y eso tenía más importancia que cualquier conversación superflua que pudieran estar manteniendo.
La gente lo adoraba, lo admiraban, lo respetaban, pero él, sin embargo, no quería a nadie. El único amor que tenía era por la música. No tenía amigos, tampoco los necesitaba. Era más feliz con la nariz metida entre libros y partituras, que pegándole patadas a un balón de trapo, o cortejando chicas tontas que sabía que solo lo querían por su habilidad con los instrumentos.
Pasaba días enteros encerrado en el desván de su casa. Escribía y escribía canciones hasta que se hacía dolorosos callos en los dedos y se obligaba a sí mismo a parar a descansar un rato , respirar aire fresco y de paso, comer algo.
Muchas veces el resultado eran canciones horrendas, otras veces, eran hermosas.
Ni el propio Hans sabía de dónde le salía la inspiración. Él sólo era una marioneta que se dejaba manejar por unos hilos invisibles que,en su caso,eran las voces de su cabeza.Aparte de molestarle,recordarle todo el tiempo sus defectos y no dejarle dormir por las noches, aquellas horrorosas voces le ayudaban a componer, y Hans escribía lo que le decían.
Eran a la vez las amigas y las enemigas de Hans. Hans las odiaba,muchas veces tenía que reprimirse las feroces ganas de empezar a estamparse la cabeza contra la pared para tratar de acallarlas, pero a la vez, no quería que parasen, pues, junto a la música,eran la única cosa que nunca le abandonaban.
Con 16 años, Hans tuvo que mudarse del pequeño pueblecito rural en el que se crió, a la ciudad, más concretamente a Kensington, un internado a las afueras de la ciudad. Kensington era un centro mixto, conocido en cuanto a disciplina y educación. Era célebre por la educación musical que impartía, y concedía becas a los jóvenes talentos, por lo cual los padres de Hans pensaron que su hijo tendría más posibilidades si se educaba allí. Al principio, al chico no le importó. Tanto le daba tocar en el pueblucho perdido de la mano de Dios que en un sitio como aquel. ¡Había oído que tenían un auditorio enorme con órgano, e incluso un clavecín! A lo mejor allí podría aprender a tocarlo. Puede que la experiencia del internado estuviera hasta bien.
Dentro de la medida de lo posible, Hans evitaba a la gente. Tenía que compartir dormitorio con un chico que tocaba el oboe, Martin, pero Martin tenía una pandilla de amigos y no era frecuente que se pasase las horas muertas en el cuarto.
Pasó los primeros meses tocando su violín al acabar las clases en la sala de música, e incluso supo aprovecharse del afecto que rápidamente desarrolló por él su profesora, estricta con todos salvo con él, para que le dejase tocar el clavecín. Era un instrumento de finales del siglo XVIII extremadamente delicado,pero Hans era muy cuidadoso y tenía mucha labia. Y él lo sabía.
Ninguna chica le había llamado la atención.Los amigotes de Martin solían incordiarle con eso, pero a Hans le daba igual. Prefería tener la cabeza en otras cosas.
Hasta ese día.
Ese día, Hans había salido de una aburridísima clase de Geografía, había regresado a su dormitorio a recoger su violín,y había acudido al aula de música. Mientras bajabas las escaleras de piedra,se dio cuenta de que ese día no sólo escuchaba el repiqueteo de sus zapatos, sino que había presente el susurro tímido de un instrumento. Un violoncello, dictaminó. La melodía se hacía más fuerte a cada paso que se aproximaba. La puerta estaba entreabierta y entró, sin hacer ruido.
La señora Nolltz,la profesora, se encontraba de espaldas a él, mirando hacia la tarima,donde una chica morena y menuda tocaba el cello sin apartar la mirada. Así que era ella la causa de aquel sonido. La chica emitía un aura de misterio que al joven cautivó, y cuando la chica acabó de tocar dio unas palmadas huecas, que resonaron como un eco por toda la sala.
-¡Hans, estabas ahí! Ven, quiero presentarte a una alumna nueva, y muy buena, por cierto. Hans, esta es Giulia. Giulia, él es Hans. Giulia, ha estado muy bien, pero seguro que puedes dar aún más de tí, habrá que pulir eso. Puedes marcharte.- los presentó la profesora.
Giulia era todavía más bajita de lo que le había parecido antes. Tenía los ojos grandes y azules, casi grises, que parecían estar pintados de tristeza, misterio y miedo. Su cara estaba salpicada de pecas y el uniforme le quedaba grande. No era especialmente guapa, pero Hans vio algo en ella, de eso estaba seguro. La chica le dedicó una sonrisa tímida y salió volando por la puerta, presa de la vergüenza.
Aquel día,Hans intentó concentrarse en la nueva canción que debía practicar, mas no pudo, y eso le hizo ganarse una buena reprimenda por parte de la señora Nolltz. Pero era incapaz de pensar en algo más que en Giulia y en la melodía que ella había tocado. No estaba seguro de saber cuál de las dos era más hermosa.
Se dedicó a buscarla,y averiguó sus apellidos, su clase, su número de dormitorio, el nombre de su mejor amiga,e incluso el lugar donde antes vivía. Era una lucha interna constante: por una parte, las voces se encargaban de recordarle lo feo e inútil que era,pero, por otra parte, no podía evitar obsesionarse con ella. Nunca antes se había enamorado ni le había gustado nadie, esa chica era especial.
Poco a poco, haciendo uso de su labia y de sus dotes con el violín, empezó a ganársela. Giulia no estaba acostumbrada a recibir atenciones de nadie, y lentamente acabó enamorada de aquel joven de pelo castaño y largo y de sonrisa desigual,pero bonita.
Cuando, por fin, la chica aceptó su propuesta de salir, Hans no cabía en sí de gozo. No sabía si había conseguido una novia o una obsesión, pero daba igual. Todo era maravilloso. Aunque Hans se empeñaba en respetar algunos ratos de soledad, casi siempre estaban juntos. Incluso habían modificado la canción de Giulia y la habían transformado en un dueto de violoncello y violín, y dedicaban horas y horas a tocarla y pulirla. Era su canción.
Aproximadamente dos años más tarde, los dos consiguieron una beca para cursar Estudios relacionados con la Música y la Danza en una prestigiosa universidad.
Pero las cosas no iban tan bien como parecían. Hacía algunos meses que Hans había dejado de ser el mismo. Siempre había sido una persona introvertida y algo difícil, pero nunca se había comportado así. Pasaba cada vez más ratos solo, era muy brusco y su humor había empeorado, tocaba el violín de forma casi violenta... A la pregunta de si todo iba bien, Hans reuía de ella, y a veces, por la noche, cuando pensaba que Giulia estaba dormida, ella le oía hablar solo.
El profesorado de la universidad también se había dado cuenta, y por los alumnos había empezado a correr un rumor de que Hans había perdido el juicio,de lo que él mismo se reía.
Una vez, al salir de clase, Giulia le preguntó a Hans a qué hora pensaba pasarse por su habitación. Él no recordaba haber quedado con ella y como excusa argumentó que debía estudiar. Giulia hizo un mohín y empezó a quejarse, motivo por el cual Hans perdió los nervios y empezó a zarandearla por los hombros violentamente. Ella rompió a llorar y él se alejó, camino de su dormitorio. Le asqueaba ver a alguien llorar.
Un profesor los observaba desde la puerta del aula. Tan pronto como presenció la escena, acudió al psicólogo del centro a contarle lo sucedido.
El psicólogo le hizo un análisis a Hans el día siguiente, y como no presentía nada bueno, le derivó a una consulta psiquiátrica para que le diagnosticaran. Había sufrido un brote de esquizofrenia paranoide. Heredó la enfermedad genéticamente, y en los últimos meses se había desarrollado a un ritmo vertiginoso. Se le comunicó que sería ingresado en una clínica a espera de recibir tratamiento, y se le dejó que recogiera sus enseres personales. Giulia estaba en el dormitorio, y se sorprendió de verlo entrar. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos, se notaba que había llorado. A ella le asustó la mirada del joven. Estaba serena, vacía, carente de emociones.
Ni se alegraba de verla ni le entristecía el ser ingresado.
Ni un beso, ni un abrazo, ni siquiera una palabra.
El silencio empezó a calar en ellos, que se miraban sin decirse nada.
De repente, Hans dijo, con una voz de hielo, fría, pero a la vez ardiente de rabia:
-Fuiste tú.
No era una pregunta, sino una afirmación.
-¡Fuiste tú la que me mandó al puto psicólogo, porque me odias y no me quieres! ¡No intentes negarlo, yo lo sé! ¡Sucia perra!
Hans estaba fuera de sí. Tenía los ojos inyectados en sangre. Se abalanzó sobre la chica y comenzó a golpearla, a pegarle patadas, a abofetearla. Giulia respondía con aullidos de dolor y gritos de auxilio, y no tardaron en aparecer por la puerta dos enfermeros que se llevaron a Hans de los brazos.
Fue ingresado aquella misma noche en el psiquiátrico.
El único objeto que Hans pudo llevarse y le permitían tener en su habitación era su violín, que él tocaba sin parar. No tenía ninguna fotografía de Giulia, así que,para recordarla, tocaba su canción. Tanto la practicó, que hasta el gato del cocinero del hospital se la aprendió.
Pasaron años hasta que el personal médico consideró que las medicinas podrían mantenerlo a raya y le dejaron salir
Cuando salió, Hans se dedicó a intentar relanzar su carrera, pues los años ingresado le habían hecho dar pasos atrás como los cangrejos. Se embarcó en interminables giras. Él sabía que, en el fondo, no hacía otra cosa que buscar a su musa. Durante los conciertos, tocaba su dueto con esperanzas de que alguna chica del público fuera ella.
Hans se sentía desesperanzado, agotado, cansado de vivir y atormentado siempre por sus demonios. Sustituyó las pastillas por alcohol, los conciertos por borracheras, sus compañeros músicos por borrachos con los que compartir botellas de licor.
En sueños todavía veía el terror en los ojos de su amada el día que él le pegó. Podía saborear sus lágrimas saladas, notar el dulce perfume de su piel, nadar durante horas en el océano de aquellos ojos tan lejanos y familiares.
A veces pensaba que había sido un estúpido por perderla de esa manera, porque ella sí que le amaba, y en ocasiones, pensaba que había hecho lo correcto, porque ella era tan sólo una arpía que le utilizó.
Habían pasado tantos años que ya no recordaba bien cómo era, y los pocos rasgos que atesoraba de ella en el baúl de su memoria se volvían un poco más borrosos día a día a causa del maltrato que él mismo se causaba.
Tras un intento de suicidio -había intentado abrirse las venas con un cuchillo de cocina- volvió a ser ingresado durante un año. Salió limpio de alcohol y drogas, pero se llevó consigo unas secuelas perpetuas.
Nunca volvería a ser el mismo. Sus dosis de pastillas serían estrictamente controladas.
Hans se sentía demasiado viejo para seguir buscando a Giulia por el mundo, así que regresó a la pequeña casita del pueblo de su infancia.
Intentó volver a componer, pero no pudo. Ya no era capaz de pensar con claridad. Ni siquiera recordaba la canción de Giulia.
A ratos todavía pensaba en ella. Se preguntaba dónde estaría.
Había noches en las que sentía un frío terrible, un frío en el corazón, de ese tipo de frío que no se puede quitar, y lo abordaba el miedo.
Miedo por ella.
Una vez, cuando todo fue oscuridad, Hans salió a dar un paseo por el bosque. Miró hacia el cielo, y creyó ver a Giulia. Rompió a llorar desconsolado, lloró y lloró, todo lo que no había llorado en su vida. Mareado, cayó al suelo, y al tocar la tierra cálida, sintió el contacto de Giulia.
Es verdad lo que temía. Ella estaba muerta.
En ese mismo instante, empezó a oír la canción de Giulia. Su canción.
Se levantó, tembloroso, y comenzó a bailar solo, mientras lloraba y gritaba. Bailó durante horas, hasta quedar agotado. Se desplomó sobre el suelo, la música paró, su cabeza se fue a dormir, y las voces por fin callaron.
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