domingo, 25 de enero de 2026

Estampa de invierno en un jardín cualquiera

 Casi todas las plantas del jardín se habían helado. Era lógico, pues el invierno había llegado cruel e inclemente, con unas temperaturas que no se habían alcanzado en muchos años. El frío cortaba el aire, la nieve contemplaba plácidamente al mundo desde las cumbres de las montañas, y las noches se habían convertido en una pesadilla gélida para toda criatura que hubiese tenido la desgracia de no haber encontrado un lugar en el que resguardarse. 

El sol de invierno, débil y lejano como el fulgor de una estrella muerta, arrojaba su luz sobre las hojas mustias de las plantas que habían sucumbido a las bajas temperaturas. Me sorprendió comprobar que todavía quedaban algunas con vida. Eran como las últimas guerreras que se sostenían en pie después de una contienda, decididas a enfrentarse a un enemigo ante el que eventualmente caerían. Sus tallos tiernos y verdes contrastaban con el marrón de la tierra seca y dura y el blanco de la escarcha que se había esparcido delicadamente por el jardín. Me produjeron una profunda ternura, y me acordaría de esas plantas en las noches venideras, cuando ya no me quedaran más mantas con las que abrigarme y las termómetros descendiesen en picado. 

Al fondo del jardín, el cerezo parecía esperar algo que nunca llegaba. Desnudas sus ramas salvo por un puñado de hojas secas, era la representación perfecta de lo que el invierno le hace a las criaturas. Llevaba enfermo muchos meses, y aunque habíamos hecho todo lo posible por curarlo, el mal que lo aquejaba se había seguido extendiendo por su interior, impasible ante nuestros esfuerzos. Pero, igual que con las plantas que se habían resistido a helarse, todavía le quedaban algunas ramas en las que numerosos tallos nuevos, símbolos inconfundibles de la vida nueva, habían brotado. 

Mientras haya vida habrá esperanza, pensé conforme volvía al interior, pues el aire gélido había empezado a entumecerme las manos. Quizá, de la misma manera que el jardín sobrevivirá al invierno y recuperará todo su esplendor, los gorriones regresarán al cerezo hoy enfermo. Quizá quedaba esperanza después del mal, vida tras la enfermedad. 

Todo eran peticiones al aire, preguntas ante la incertidumbre. La única opción era esperar. 

Todas las respuestas las traería la primavera.